El 1 de octubre de 2021, San Petersburgo volvió a ser escenario de una imagen que parecía sacada de otro tiempo. La majestuosa Catedral de San Isaac acogía la boda del duque Jorge Romanov y Rebecca Bettarini, un enlace que reunió a representantes de antiguas casas reales europeas y que despertó una enorme expectación internacional.
No era una boda más. Por primera vez en más de un siglo, un miembro de la familia imperial rusa regresaba a la tierra de sus antepasados para celebrar su matrimonio. La última vez que un Romanov se había dado el 'sí, quiero' en Rusia había sido en 1918, cuando el príncipe Andréi Aleksándrovich Romanov se casó en Crimea, pocos meses antes del asesinato del zar Nicolás II, su esposa Alejandra Fiódorovna —la última zarina rusa que lució un vestido nupcial con más de 10 kilos de plata— y sus cinco hijos.
La Revolución rusa había puesto fin en 1917 a más de tres siglos de reinado de los Romanov y obligó a muchos miembros de la familia a abandonar el país. Desde entonces, las distintas ramas que sobrevivieron mantuvieron viva la memoria de aquella dinastía lejos de Rusia. De hecho, la propia madre de Jorge, la duquesa María Vladímirovna —actual jefa de la Casa Imperial de Rusia—, celebró su boda religiosa en 1976 en la Capilla Ortodoxa Rusa de Madrid con el príncipe Francisco Guillermo de Prusia. Un detalle que conecta la historia de esta familia con España y que convirtió el regreso de Jorge a San Petersburgo en un capítulo especialmente simbólico.
Jorge Romanov pertenece a la rama Vladímirovich de la Casa Imperial rusa, una de las líneas familiares que sobrevivieron a la Revolución. Hijo de María Vladímirovna y del príncipe Francisco Guillermo de Prusia, es desciende del zar Alejandro II a través del gran duque Vladímir Aleksándrovich. Durante generaciones, su familia conservó en el exilio los recuerdos, símbolos y costumbres asociados a la antigua corte rusa.
A su lado estaba Rebecca Bettarini, una italiana que llegó a formar parte de esta historia desde un camino muy diferente. Hija del diplomático Roberto Bettarini, desarrolló su carrera en el ámbito de las relaciones internacionales antes de conocer a Jorge durante su etapa profesional en Bruselas. Tras varios años de relación, la pareja anunció su compromiso en 2020. Antes de la boda religiosa, la entonces prometida dio un paso importante para poder casarse siguiendo la tradición ortodoxa rusa: se convirtió a esta fe y recibió el nombre de Victoria Romanovna Bettarini. Aunque desde entonces aparece vinculada a la familia Romanov con este nombre, continúa siendo conocida públicamente como Rebecca Bettarini.
Un vestido de novia de alta costura y cola de seis metros
Uno de los grandes protagonistas de aquella cita fue el vestido de la novia, quien apostó por un diseño clásico firmado por Reem Acra, una elección que buscaba unir sus raíces italianas con la tradición rusa que marcaba una ceremonia tan especial. Estaba confeccionado en mikado de seda italiana y recuperaba la estética de las novias más clásicas del siglo XX: una silueta de falda amplia y voluminosa, manga larga y escote redondo. El detalle más espectacular era su enorme cola de seis metros, pensada para acompañar una ceremonia celebrada en un escenario tan majestuoso como aquel.
Al look no le faltaban detalles, como el de la capa que lo completaba, creada por la diseñadora rusa Elina Samarina y decorada con bordados tradicionales de Torzhok en hilo dorado y pedrería, un guiño a la artesanía rusa y a la historia del país al que se vinculaba la novia.
El estilismo nupcial se completó con la espectacular tiara Lacis de Chaumet, confeccionada en oro blanco a modo de ligera malla y más de 438 diamantes brillantes de diferentes tamaños en pavé, una pieza de inspiración kokoshnik, el tradicional tocado ruso. Rebecca no pudo lucir ninguna de las antiguas joyas familiares de los Romanov, ya que las piezas históricas de la colección de los zares forman actualmente parte del patrimonio del estado ruso.
Las curiosidades de una boda histórica: del paseo de espadas al menú con sabor ruso e italiano
La ceremonia religiosa tuvo lugar en la Catedral de San Isaac, uno de los edificios más emblemáticos de San Petersburgo, y reunió a miembros de distintas familias reales y aristocráticas europeas. Entre los 1.500 invitados estuvieron representantes de monarquías como la familia real española, con la presencia de la reina Sofía —Jorge Romanov es su ahijado y el del rey Juan Carlos— , además de miembros de otras casas reinantes y familias históricas, como Simeón de Bulgaria y su esposa, Margarita Gómez-Acebo, el rey Fuad II de Egipto o el príncipe Leka de Albania.
A las puertas se congregaron curiosos, prensa y fotógrafos mientras el novio hacía su entrada flanqueado por guardias uniformados, una imagen que reforzaba la solemnidad de una ceremonia marcada por la historia. Tras darse el 'sí, quiero', los recién casados abandonaron el templo bajo un espectacular paseo de espadas antes de enfrentarse a las cámaras y micrófonos de los medios rusos e internacionales que esperaban sus primeras palabras.
Uno de los momentos más simbólicos de la jornada llegó después, cuando la pareja visitó las tumbas de los Romanov en la Catedral de San Pedro y San Pablo, un gesto de recuerdo hacia sus antepasados.
La celebración continuó esa misma noche en el Museo Etnográfico Ruso de San Petersburgo. El menú quiso ser un homenaje a los orígenes de los novios: platos tradicionales rusos acompañados de vinos italianos y champán francés. El momento más dulce llegó con la tarta Victoria Romanovna, creada por el chef Michael Lewis en honor al nombre ortodoxo que había recibido la novia, que para la ocasión estrenó un segundo vestido. Las celebraciones se prolongaron durante tres días y tuvieron como broche final un brunch en el Palacio Constantino, antiguo hogar de una rama de la familia Romanov.
Un encuentro más informal al que estaba previsto que acudieran alrededor de 700 invitados y que incluía una subasta benéfica y un concierto con motivo de la inauguración de la Sociedad Musical Imperial Rusa. Cinco años después, la boda de Jorge Romanov y Rebecca Bettarini continúa siendo recordada por la combinación de historia, moda y tradición que envolvió cada detalle. Un enlace que convirtió durante unos días a San Petersburgo en el escenario de una historia que parecía llegada de otra época.













