El 4 de noviembre de 1926, Astrid de Suecia y Leopoldo de Bélgica celebraban la primera de sus dos bodas, inaugurando un matrimonio que la prensa internacional no tardó en bautizar como un auténtico "cuento de hadas". Un siglo después, aquel enlace sigue guardando curiosidades sorprendentes, especialmente en lo que respecta al estilismo de una novia que fue adelantada a su tiempo y que, sin proponérselo, influyó con su elección en las tendencias más actuales.
Por su espontaneidad, bondad y cercanía con el pueblo, e incluso por una belleza serena similar, Astrid ha sido comparada inevitablemente con Diana de Gales. Ambas conquistaron el corazón de sus respectivos países, aunque sus relaciones fueron muy diferentes. Porque, a diferencia de Lady Di, cuya boda con el entonces príncipe Carlos resultó ser bastante menos romántica de lo que prometían las apariencias —ya sabemos cómo terminó aquello—, Astrid sí se casó por amor. Así se encargaron de dejarlo claro los novios y así lo confirmó el propio rey Alberto I al anunciar el compromiso de su hijo y la princesa sueca, asegurando que querían estar juntos sin presiones ni razones de Estado.
¿Y cómo empezó todo? Astrid, hija del príncipe Carlos de Suecia y de Ingeborg de Dinamarca, conoció a Leopoldo, heredero del trono belga, durante las visitas que este realizó a Estocolmo con su madre, la reina Isabel, en busca de candidatas para una futura unión. Los encuentros continuaron durante 1926, algunos de incógnito, acompañados de cartas y escapadas discretas. En septiembre anunciaron su compromiso y apenas unas semanas después llegaría el esperado 'sí, quiero'.
Dos vestidos de novia, un velo familiar y flores en lugar de tiara
Astrid celebró dos bodas y, para cada una, eligió un vestido diferente. La primera tuvo lugar el 4 de noviembre en el Palacio Real de Estocolmo, mediante una ceremonia civil. La segunda, de carácter religioso, se celebró seis días después en Bruselas, una fórmula acordada para conciliar las diferencias entre la tradición luterana sueca y la católica belga.
Para su primera boda, la princesa escogió un vestido blanco de satén, de escote redondeado y falda con detalles de encaje, fiel a la silueta de los años veinte, sin volumen en la parte inferior, aunque con sutiles volantes.
Lo acompañó con una corona de mirto, una planta tradicionalmente vinculada al amor, la fidelidad y la fertilidad. Su presencia en las bodas reales viene de lejos: la reina Victoria popularizó su uso entre las novias de la familia real británica y, generaciones después, Diana de Gales, Kate Middleton y Meghan Markle también incorporaron ramitas de mirto a sus ramos.
El otro gran protagonista fue su velo de encaje de Bruselas, una pieza familiar que ya habían llevado su madre y su hermana Margarita. Ajustado delicadamente a la cabeza, recuerda a los velos tipo Julieta o casquete, por los que las novias se siguen decantando en la actualidad. Y es que Astrid tenía algo de visionaria: su estética romántica y ligeramente bohemia conecta incluso con looks nupciales tan inolvidables como el de la supermodelo Kate Moss durante su boda en 2011.
El 10 de noviembre, para la segunda boda en la catedral de San Miguel y Santa Gúdula de Bruselas, volvió a deslumbrar con un vestido blanco de reflejos plateados, escote en pico y una larga cola, que fue sostenida por cuatro niñas vestidas de blanco. Recuperó su velo familiar, esta vez acompañado de flores de azahar, y completó el conjunto con un ramo de flores blancas. ¿Lo más curioso? Pese a pertenecer a la realeza, no lució tiara en ninguna de las dos ceremonias.
Un beso que desafió las normas y dos tiaras de regalo
Las celebraciones también tuvieron sus momentos inesperados. El primero lo protagonizó nada menos que Alberto I de Bélgica, padre del novio, quien estuvo a punto de perderse la ceremonia civil porque se desorientó mientras paseaba por Estocolmo, según recogió la prensa belga. Por suerte, consiguió llegar a tiempo.
Pero la escena digna de una película que sin duda causó sensación ocurrió el 8 de noviembre. Tras la primera boda, Leopoldo había regresado a Bélgica, mientras Astrid emprendía el viaje por mar a bordo del Fylgia. Cuando el barco llegó al puerto de Amberes, la princesa bajó emocionada a reunirse con su marido y ambos se fundieron en un apasionado abrazo y un beso público, algo insólito para el protocolo de entonces. Tanto, que un corresponsal de The New York Times bromeó con que aquel beso no habría superado la censura estadounidense.
La expectación fue extraordinaria: más de 200.000 personas acudieron a saludar a los príncipes durante las celebraciones, una concentración pública sin precedentes en el país.
Y los regalos estuvieron a la altura. Astrid recibió dos tiaras, un collar rivière de diamantes de su tío Gustavo V de Suecia y un conjunto de esmeraldas y diamantes de sus padres. Entre las joyas destacó la tiara de las Nueve Provincias, creada con once grandes diamantes y entregada meses después del enlace. Con el tiempo, se convertiría en una de las piezas más emblemáticas de las reinas belgas.
Tras la boda llegaron tres hijos y, en 1934, el trono. Sin embargo, aquel cuento de hadas tuvo un final inesperado. El 29 de agosto de 1935, Astrid falleció a los 29 años en un accidente de coche en Suiza, mientras viajaba con Leopoldo. Su muerte conmocionó a Bélgica, que perdía a una reina especialmente querida.











