La psicóloga Leticia Martín Enjuto, sobre ir a terapia en la adolescencia, como Julia Janeiro: "El objetivo es que tengan un espacio seguro donde expresar sus emociones"


La hija de Jesulín de Ubrique y María José Campanario ha reconocido que ha ido al psicólogo desde pequeña


Julia Janeiro se sinceró en redes sociales sobre lo mal que lo pasó en su infancia y adolescencia© julsjaneiro
25 de septiembre de 2026 a las 18:02 CEST

"Pedir ayuda me ayudó a salvar mi vida". Con esta profunda reflexión, Julia Janeiro, hija de Jesulín de Ubrique y María José Campanario, ha recordado la figura de su psicólogo, una pieza clave en su proceso de reconstrucción personal tras años expuesta al juicio público. Su testimonio visibiliza una realidad cada vez más extendida entre las nuevas generaciones: la necesidad de contar con un espacio seguro ante el dolor emocional.

"Con 16 años llegó Adri a mi vida. Mi psicólogo. Y decir que ha sido importante para mí se queda corto. Él forma parte de todo aquello que, de una manera u otra, salvó mi vida. Desde pequeña he ido al psicólogo y siempre lo diré con muchísimo orgullo", explicaba la joven.

Teniendo en cuenta su experiencia, hemos querido profundizar en las claves de la salud mental en la adolescencia con la psicóloga Leticia Martín Enjuto, quien nos explica cómo detectar las señales de alerta invisibles, así como las barreras que frenan a los jóvenes a la hora de acudir a terapia.

Leticia Martín Enjuto, psicóloga clínica sanitaria
Leticia Martín Enjuto, psicóloga clínica sanitaria

Hay adolescentes que afirman que ir al psicólogo “les salvó la vida”. Desde tu experiencia clínica, ¿qué es exactamente lo que encuentra un adolescente en consulta que no halla en su entorno habitual?

Creo que una de las cosas más importantes es que encuentran un espacio en el que puede hablar con libertad, sin sentir que tiene que proteger a nadie ni preocuparse por cómo va a reaccionar la otra persona. En la adolescencia hay muchas emociones que cuesta identificar y todavía más expresar. Poder sentarse delante de alguien que escucha, que no juzga y que intenta comprender qué hay detrás de aquello que está sintiendo puede ser muy importante.

En consulta no buscamos decirle lo que tiene que hacer. Intentamos entender con él qué le está pasando, por qué se siente de determinada manera y qué recursos necesita para afrontar esa situación. Muchas veces el adolescente llega pensando que “hay algo mal en él” y empieza a descubrir que lo que está viviendo tiene una explicación y que existen herramientas para sentirse mejor.

¿Por qué a un adolescente le resulta a menudo tan difícil abrirse con sus padres o amigos sobre su malestar y, en cambio, sí puede hacerlo con un profesional?

Los padres son las personas más importantes para un adolescente, pero precisamente por eso puede resultar complicado contarles determinadas cosas. Puede existir miedo a preocuparles, a decepcionarles, a que reaccionen con enfado o a que, a partir de ese momento, estén constantemente pendientes de él. Con los amigos también puede aparecer el miedo a sentirse diferente, a que no le entiendan o incluso a que lo juzguen.

Yo como psicóloga ocupo un lugar diferente. Soy una persona que no forma parte de su entorno cotidiano y que está ahí específicamente para escucharle y ayudarle. Eso puede hacer que hablar de determinadas preocupaciones, inseguridades o situaciones que le avergüenzan resulte mucho más sencillo. Además, desde el principio se puede explicar al adolescente cómo funciona la confidencialidad y en qué situaciones sería necesario pedir ayuda a los adultos responsables.

Para mí, la terapia no sustituye a la familia ni a los amigos. Cada uno cumple una función diferente. El objetivo es que el adolescente tenga un espacio seguro donde pueda expresarse y, a partir de ahí, podamos ayudarle también a mejorar la comunicación con las personas que forman parte de su vida.

Podemos tener una familia que nos quiere, buenas notas, amigos o unas condiciones de vida favorables y, aun así, estar sufriendo psicológicamente. Una cosa no invalida la otra

Leticia Martín Enjuto, psicóloga

¿Qué diferencia hay entre atravesar la “turbulencia emocional” típica de la edad y estar frente a un problema de salud mental que requiere intervención profesional inmediata?

Como sabemos, la adolescencia es una etapa de muchos cambios y no todo cambio emocional significa que exista un problema psicológico. Es normal que haya momentos de mayor irritabilidad, discusiones, inseguridades, necesidad de estar solo o cambios de humor. Lo que debemos valorar es la intensidad, cuánto tiempo se mantiene y hasta qué punto está interfiriendo en su vida.

Cuando vemos que el malestar empieza a afectar de forma clara al sueño, a los estudios, a las relaciones, a la alimentación, a la autoestima o a las cosas que antes le hacían disfrutar, ya debemos prestar atención. Y hay determinadas señales, como las autolesiones, hablar de la muerte, expresar que no quiere seguir viviendo o presentar una desesperanza muy intensa, ante las que no debemos esperar pensando que simplemente “es una fase”.

En estos casos es importante pedir ayuda profesional cuanto antes. Una intervención temprana permite comprender qué está ocurriendo, valorar el nivel de riesgo y poner en marcha los recursos necesarios. No debemos esperar a que el sufrimiento llegue a un punto extremo para considerar que merece atención.

Julia Janeiro© julsjaneiro
Julia Janeiro

Aunque se habla más de salud mental que antes, ¿cuáles son los mayores miedos o prejuicios que todavía frenan a un adolescente a la hora de decir “necesito ayuda”?

Todavía existe la idea de que pedir ayuda significa no ser suficientemente fuerte o no ser capaz de solucionar los propios problemas. Algunos adolescentes sienten que deberían poder manejar solos lo que les ocurre y les cuesta reconocer que necesitan apoyo. También puede existir mucho miedo a ser etiquetados o a que sus compañeros les vean de otra manera.

A esto se añade que algunos jóvenes no saben realmente qué se van a encontrar cuando acuden a un psicólogo. Pueden pensar que les van a juzgar, que van a tener que contar cosas que no quieren contar o que todo lo que digan llegará inmediatamente a sus padres. Por eso es fundamental explicarles de una manera clara y adaptada a su edad cómo va a ser el proceso.

Cuando son los propios padres quienes minimizan el malestar (“son cosas de la edad”, “lo tiene todo para ser feliz”), ¿cómo afecta esto al joven y cómo se aborda en terapia?

Cuando un adolescente escucha constantemente que lo que siente “son cosas de la edad”, puede terminar pensando que sus emociones no son válidas. Y si además escucha que “lo tiene todo para ser feliz”, puede aparecer mucha culpa: puede llegar a pensar que no tiene derecho a sentirse mal porque, objetivamente, su vida parece estar bien.

En terapia es importante que pueda entender que una emoción no deja de ser real porque desde fuera no encontremos un motivo evidente para ella. Podemos tener una familia que nos quiere, buenas notas, amigos o unas condiciones de vida favorables y, aun así, estar sufriendo psicológicamente. Una cosa no invalida la otra.

Poder sentarse delante de alguien que escucha, que no juzga y que intenta comprender qué hay detrás de aquello que está sintiendo puede ser muy importante

Leticia Martín Enjuto, psicóloga

¿Qué señales sutiles de alerta (más allá de los cambios drásticos de conducta) deberían hacer sospechar a la familia o al entorno escolar de que un adolescente necesita apoyo psicológico?

No siempre vamos a encontrarnos con un cambio radical. A veces las señales son mucho más discretas. Podemos ver a un adolescente que está progresivamente más apagado, que participa menos, que deja de hacer cosas que antes disfrutaba, que parece cansado constantemente o que empieza a preocuparse excesivamente por hacerlo todo bien.

También pueden aparecer problemas de concentración, dificultades para dormir, irritabilidad, dolores físicos recurrentes, inseguridad excesiva o una necesidad constante de aprobación. Hay adolescentes que no expresan su tristeza llorando, sino estando más enfadados, aislándose o mostrando un perfeccionismo muy elevado.

Por eso es importante conocer al adolescente y observar cambios respecto a su comportamiento habitual. No significa que una de estas señales implique necesariamente un trastorno, pero sí que merece la pena acercarse, preguntar y escuchar. Muchas veces el primer paso no es diagnosticar, sino simplemente decirle: “Te noto diferente, ¿quieres contarme qué te está pasando?”.

Julia Janeiro, en una imagen en sus redes© julsjaneiro
Julia Janeiro, en una imagen en sus redes

En casos donde el sufrimiento es extremo (autolesiones, ideación suicida, depresión severa), ¿de qué manera concreta la intervención psicológica temprana previene desenlaces trágicos?

Cuando hablamos de autolesiones o ideación suicida debemos tomarnos siempre la situación en serio. Lo primero es realizar una valoración adecuada del riesgo para conocer qué está ocurriendo, con qué frecuencia aparecen esas ideas o conductas, qué factores las están manteniendo y qué elementos de protección existen alrededor del adolescente.

A partir de ahí podemos trabajar herramientas para gestionar las emociones más intensas, identificar pensamientos asociados a la desesperanza, buscar alternativas a las conductas autolesivas y establecer estrategias concretas para afrontar los momentos de crisis. También es fundamental trabajar coordinadamente con la familia y, cuando la situación lo requiere, con otros profesionales sanitarios.

¿Qué herramientas emocionales o cognitivas se lleva un adolescente de la terapia que le servirán no solo para superar la crisis actual, sino para su vida adulta?

Una de las herramientas más importantes es aprender a reconocer qué está sintiendo y poder ponerle nombre. Muchos adultos llegan a consulta con dificultades para identificar sus emociones porque durante años han aprendido a ignorarlas o a esconderlas. Trabajar esto durante la adolescencia puede ayudarles a relacionarse de una manera mucho más saludable con lo que sienten.

También aprenden a cuestionar determinados pensamientos, a no interpretar cada dificultad como un fracaso y a buscar respuestas diferentes cuando algo no sale como esperaban. Trabajamos habilidades como la regulación emocional, la comunicación, la resolución de problemas, el establecimiento de límites y la capacidad para pedir ayuda cuando la necesitan.

¿Cómo debe ser el papel de la familia durante el proceso terapéutico del joven para acompañar sin invadir su espacio de confidencialidad?

La familia debe estar presente, pero no necesariamente tiene que saber absolutamente todo lo que el adolescente habla en consulta. Para que exista una relación terapéutica de confianza, el joven necesita saber que tiene un espacio propio donde puede expresarse. Si siente que todo lo que diga será trasladado inmediatamente a sus padres, puede ser mucho más difícil que se abra.

Esto no significa que los padres queden fuera del proceso. Al contrario, su colaboración suele ser fundamental. Podemos trabajar con ellos determinadas pautas, explicarles cómo pueden ayudar desde casa y, cuando sea conveniente, realizar sesiones familiares. La idea es que sepan cómo acompañar sin convertir la terapia en un interrogatorio.

Y hay algo que debemos tener muy presente: la confidencialidad tiene límites cuando existe un riesgo para la seguridad del adolescente. Si aparecen autolesiones graves, ideación suicida u otras situaciones que puedan poner en peligro su integridad, la prioridad es protegerle e implicar a los adultos y profesionales necesarios. La familia debe convertirse en una red de seguridad, no en una fuente adicional de presión.