Dra. Laura Pérez, odontóloga: "Cuando al niño se le rompe un diente hay que conservarlo en leche, no tocar la raíz y acudir a una clínica cuanto antes"


Tanto en los dientes de leche como en los definitivos puede haber traumatismos que rompan el diente o parcialmente o de forma total. La forma de actuar es muy importante para que el resultado sea el idóneo.


Dra. Laura Pérez, odontóloga
© Antonio Martín Acitores
21 de septiembre de 2026 a las 13:02 CEST

En un juego, en una caída, practicando un deporte, al golpearse con un vaso... Hay muchas situaciones que pueden provocar un traumatismo total o parcial en los dientes de un niño. Aunque sean de leche, se deben seguir unas consignas, pues de esa actuación puede depender el estado de los definitivos.

Hablamos con la Dra. Laura Pérez, directora médica de la Clínica Dental Pérez Saavedra, en Málaga, para que nos detalle, paso a paso, cómo actuar bien.

Un diente de leche que se ha desprendido por completo no se recoloca nunca. Aun así, el impacto puede dejar secuelas visibles años después en el diente definitivo

Dra. Laura Pérez, odontóloga

¿Cuáles son los dientes más expuestos a golpes y roturas en niños y a qué edad suelen producirse estos accidentes con más frecuencia? 

Los que más se lesionan son los incisivos centrales superiores, es decir, los dos dientes de delante de la arcada superior, seguidos de los incisivos laterales superiores (que están a continuación de los centrales) y de los incisivos inferiores. El motivo es su posición: al ocupar la parte más adelantada de la boca, reciben de lleno cualquier impacto frontal, y el riesgo crece cuando sobresalen más de lo habitual o cuando al niño le cuesta cerrar los labios en reposo.

Los accidentes se concentran en dos etapas: entre los dos y los tres años, con los golpes domésticos de quien acaba de aprender a andar, y entre los ocho y los diez, cuando el juego y el deporte ya forman parte del día a día. Esta segunda franja es la que más nos preocupa, porque los dientes implicados ya son definitivos. A partir de ahí, el origen habitual es cualquier actividad con riesgo de impacto, y conviene entenderlo en sentido amplio: el fútbol, el baloncesto o el balonmano concentran muchos casos por el número de niños que los practican, pero una parte importante de lo que atendemos llega del patinaje, la bicicleta o el patinete, que rara vez figuran en la lista mental de deportes peligrosos para los dientes.

Niña patinando en el parque© Getty Images

¿Cuál es la diferencia entre que el golpe o la rotura se produzca en un diente de leche o en un diente definitivo con respecto al resultado de la intervención odontológica?

La diferencia es de planteamiento, y sorprende a muchos padres. Ante un diente de leche que ha sufrido un traumatismo, la prioridad no es ese diente, sino el definitivo que se está formando justo encima de su raíz. De ahí el protocolo: no manipular el diente temporal más de lo imprescindible y extraerlo si ha quedado muy desplazado o con mucha movilidad, porque cualquier maniobra sobre él se transmite al germen del diente definitivo. Por la misma razón, un diente de leche que se ha desprendido por completo, lo que llamamos avulsión, no se recoloca nunca. Aun así, el impacto puede dejar secuelas visibles años después en el diente definitivo, desde manchas o defectos del esmalte hasta una erupción desviada.

En un diente definitivo el objetivo se invierte: la prioridad es conservarlo, porque no hay recambio. En función del caso, se puede inmovilizar el diente con una férula durante unos días, tratar de recolocar el fragmento desprendido o hacer una reconstrucción con composite y vigilar la vitalidad del nervio durante los años siguientes, ya que dicha vitalidad puede perderse bastante después del golpe.

Niño al aire libre enseñando sus dientes© Getty Images

¿Cuáles son los pasos básicos a seguir cuando hay un problema de este tipo?

Lo primero es comprobar que no hay nada más grave y urgente que el diente: si ha habido pérdida de conocimiento, vómitos o un golpe fuerte en la cabeza, hay que ir a urgencias médicas antes que al dentista. Descartado un problema de mayor gravedad, los pasos son estos:

  • Buscar el diente o el fragmento y cogerlo siempre por la corona, la parte blanca y visible, sin tocar la raíz.
  • Conservarlo en leche. Si no es posible, en suero fisiológico o en la propia saliva del niño.
  • Recolocar el diente en su alveolo (solo si se ha desprendido entero y es definitivo), empujándolo con suavidad hasta su posición y pidiéndole al niño que muerda una gasa para mantenerlo en su sitio. Lo habitual, sin embargo, no es la avulsión, sino la fractura: si hay una parte del diente que sigue en su sitio, no se toca.
  • Enjuagar la boca, comprimir con una gasa si hay sangrado y aplicar frío por fuera, en el labio o en la mejilla.
  • Llamar a la clínica para que atiendan al niño lo antes posible, aunque no le duela.
Niña en consulta del dentista© Getty Images/Connect Images

¿Y los errores que no se deben cometer?

El más frecuente es tirar el fragmento dando por hecho que ya no sirve, cuando en muchos casos puede readherirse al diente con un resultado estético superior al de cualquier reconstrucción.

Los demás errores comparten una misma explicación. Lo que hay que conservar es el ligamento periodontal, el tejido que une la raíz del diente al hueso y el que permite que el diente vuelva a integrarse. Sus células son muy frágiles: se arrancan al frotar o cepillar la raíz, se congelan con el hielo y se secan en pocos minutos dentro de un pañuelo. El agua también las destruye, porque no tiene las sales que sí tienen la leche o el suero fisiológico. Por eso, el fragmento de diente desprendido nunca se debe conservar en agua.

Hay, además, un error de criterio más que de maniobra: esperar porque el niño no se queja. Una fractura puede alcanzar la pulpa, el tejido del interior del diente que contiene el nervio y los vasos sanguíneos, sin doler en las primeras horas. Tras un traumatismo en la boca se debe acudir al dentista para que haga una exploración clínica y radiológicaaunque no se haya producido una fractura visible.

Si no se dispone de leche para conservar el diente roto, se pone en suero fisiológico o en la propia saliva del niño hasta llegar a la clínica dental

Dra. Laura Pérez, odontóloga

¿Qué sucede si no se puede intervenir en los primeros 30 minutos o si no se encuentra el trozo de diente roto?

Los 30 minutos son decisivos solo cuando el diente se ha desprendido entero, que es justamente la situación menos frecuente. Lo más habitual es que se desprenda un pequeño trozo y el diente siga en su sitio, y en ese caso no hay cuenta atrás de 30 minutos. No obstante, sigue siendo imprescindible que el niño acuda a la clínica dental en las primeras horas para poder tratarle con éxito.

Si no aparece el fragmento, el diente se puede reparar igualmente. Se reconstruye con composite, un material del color del diente, y si la fractura es grande se recubre el diente natural con una corona. El resultado es muy bueno, si bien conviene revisarlo cada cierto tiempo y renovar el composite con los años, porque se desgasta y se oscurece.

Cuando el diente sí se ha salido por completo y se llega tarde, se recoloca de todas formas, porque siempre merece la pena intentarlo, pero tiene menos recorrido: es probable que con los años haya que sustituirlo. De ahí que insistamos tanto en el vaso de leche y en el reloj.

Adolescente en la consulta del dentista© Getty Images

¿Desde qué edad el niño puede recibir un implante?

Antes de los 17 o 18 años, prácticamente nunca, y en los chicos suele ser algo más tarde. El motivo es que el implante, una vez integrado en el hueso, se queda fijo en el punto donde se colocó, mientras los dientes de alrededor siguen acompañando el crecimiento de la cara. Poner un implante antes de tiempo tiene una consecuencia difícil de corregir más adelante: los dientes vecinos siguen acompañando el crecimiento y el implante no, así que con los años puede quedar en una posición más baja que el resto y notarse al sonreír. Por eso, el momento no lo marca la edad del paciente, sino las radiografías de control que confirman que el crecimiento se ha completado.

Conviene aclarar que el niño no se queda con el hueco a la vista durante todo ese tiempo. Lo habitual es colocar un mantenedor de espacio fijo: una pequeña barra que se cementa a los molares y lleva incorporado el diente que falta. Al ir fijo, el niño no se lo quita ni lo pierde, mantiene el espacio para que los dientes vecinos no se desplacen y recupera el aspecto de la sonrisa desde el primer día.

Niño con protector dental en un campo deportivo© Getty Images

Una vez que se rompe un diente, ¿se aconseja utilizar protector dental cuando se practica deporte?

Sí, y con más razón que antes del traumatismo. Un diente reconstruido no recupera la resistencia del diente natural: el composite y el esmalte no responden igual ante un impacto, y la línea de unión entre ambos es siempre el punto débil. Un segundo golpe en esa zona suele obligar a un tratamiento más complejo que el primero y, si la fractura alcanza la raíz, la pieza dental puede no ser recuperable.

Dicho esto, lo deseable es no llegar a ese punto: el protector bucal debería formar parte del equipamiento habitual de muchos deportes desde el primer entrenamiento, no incorporarse después de la primera fractura.

Niño practicando rugby con protector dental© Getty Images

¿Qué deportes exigen el uso de protector dental y cómo ha de ser este protector? 

En España, la obligación alcanza a pocos deportes, como el boxeo y el rugby. En cambio, en los deportes que más niños y adolescentes practican no es obligatorio. El Consejo General de Dentistas lo recomienda en todas las artes marciales, baloncesto, voleibol, balonmano, ciclismo, fútbol, gimnasia, lucha libre, hockey, squash, deportes ecuestres y waterpolo.

Sobre cómo debe ser, tiene que cubrir toda la arcada superior hasta los últimos molares, tener grosor suficiente en la zona de delante y sostenerse por sí solo, sin que el niño apriete los dientes para que no se mueva. Se desaconsejan los que se venden hechos en farmacias o por internet, ya que los fabricados a medida son los únicos que cumplen los criterios de protección, estabilidad y retención. Y como en un niño la dentición y los huesos maxilares siguen desarrollándose, el ajuste hay que revisarlo de forma periódica: un protector bucal que se ha quedado pequeño se desplaza, incomoda y termina por no usarse.