Estoy aquí (Ed. Plataforma) es el valiente testimonio en primera persona de Maria Crivillé sobre cómo ha ido enfrentando a lo largo de los años su TCA hasta llegar a la curación. Lo hace en forma de diario, que comenzó a escribir durante el primer ingreso hospitalario, y en el que se abre, permitiendo al lector ser testigo de las sucesivas fases por las que se pasa en la enfermedad, de la dureza de la misma, de los miedos, de las recaídas, y del papel que juegan los que rodean al paciente.
Superado ya el TCA, ahora estudia para ayudar a otros y aporta una visión esperanzadora, a pesar de las dificultades del camino, que quiere dar luz a los que están pasando por lo que vivió. Hemos charlado con ella.
Los padres de un paciente con TCA deben dejarse acompañar, pedir ayuda y confiar en profesionales especializados. Es una forma de cuidar mejor de su hijo
Al comienzo del libro relatas a tu diario cómo no te reconoces en el diagnóstico de bulimia que te dan a los 14 años. "No me reconozco en ninguna de esas etiquetas. Yo solo quiero adelgazarme y eso no es una enfermedad. Es un objetivo, una meta y una decisión", comentas. Realmente, por tu experiencia, hasta que la persona con un TCA no acepta que pasa por ese trastorno, ¿no comienza el camino de la curación?
Por mi experiencia, creo que en los TCA pasamos por muchos procesos, y uno de ellos es precisamente la negación. No reconocer lo que te está pasando o no querer ponerle nombre también forma parte del camino, aunque desde fuera cueste entenderlo. Al final, cuando estás ahí dentro, de verdad sientes que tienes el control y que no es una enfermedad, sino una decisión. Pero sí que es verdad que hay un punto de inflexión. En el momento en que realmente entiendes y aceptas que te pasa algo, es cuando, de alguna forma, te abres a empezar a curarte. Es como si le dieras permiso a tu mente y a tu cuerpo para empezar a entender el porqué de todo y a trabajar en ello. Para mí, ese momento no lo es todo, pero sí marca un antes y un después en el proceso de recuperación.
Tuviste dos ingresos en dos centros diferentes y en el segundo fue en el que conseguiste superar el TCA. ¿Hay que seguir insistiendo hasta encontrar el espacio y el equipo médico que puedan ayudar a niños y adolescentes que están como tú estabas, sin tirar la toalla?
Sí, es verdad que yo tuve dos ingresos y que los centros eran completamente diferentes. Y en mi caso, encontrar el espacio adecuado y el equipo que realmente supo entenderme marcó muchísimo la diferencia. Creo que en este tipo de trastornos es clave dar con profesionales especializados en TCA, que no solo traten la parte física, sino también todo lo que hay detrás.
También soy muy consciente de que yo tuve mucha suerte. Mi familia pudo permitirse un tipo de ingreso que no está al alcance de todo el mundo, y entiendo perfectamente que hay muchas familias que no tienen esos recursos. Por eso, más que hablar de un lugar concreto, creo que lo importante es insistir en encontrar ayuda dentro de las posibilidades de cada uno, y sobre todo que sea una ayuda especializada.
Y sí, sin duda, no tirar la toalla. Porque aunque el primer intento no funcione como esperas, no significa que no haya un espacio o un equipo que sí pueda ayudarte. A veces, simplemente hay que seguir buscando hasta dar con ese acompañamiento que realmente conecta contigo.
"Me he dado cuenta, una vez más, de que este infierno no solo lo sufro yo, sino que mi enfermedad arrastra a las personas que más quiero, y eso me duele mucho", confiesas a tu diario. Las personas con TCA también viven otros sentimientos como la culpa. ¿Complican esas emociones la curación o ayudan a intentar curarse?
Creo que al final es algo muy personal, porque cada uno vive el proceso de una manera distinta y todas las emociones que aparecen son válidas. En mi caso, y por lo que he ido viendo, la culpa es una emoción muy presente en los TCA. Por un lado, puede ser un motor. Ese darte cuenta de que las personas que quieres están sufriendo por ti puede hacerte reaccionar, pensar “no quiero esto” y darte fuerzas para intentar salir adelante, también por ellos. Pero, al mismo tiempo, también es una emoción muy dura.
En la misma línea hablas de tus padres y de cómo "ellos no pueden hacer nada, solo ver cómo su hija lucha contra un monstruo que no pueden ver ni tocar. Y esto... me destroza por dentro". ¿Qué le dirías, tras haber pasado por tu proceso, a unos padres que están en esa situación para que acompañen de la mejor manera a un hijo con un TCA?
Es una pregunta que he hablado muchas veces con mi madre, porque para ella una de las cosas más duras fue entender que esto se le escapaba de las manos. Que no podía “salvar” a su hija por sí sola, y que tenía que dejarme en manos de profesionales para que me pudieran ayudar. Y eso, para unos padres, es durísimo.
A unos padres que están pasando por esto les diría, sobre todo, que no intenten poder con todo solos. Que se dejen acompañar ellos también, que pidan ayuda y que confíen en profesionales especializados. Eso no les hace peores padres, al contrario, es una forma de cuidar mejor a su hijo.
También les diría que tengan muchísima paciencia, porque es un proceso largo y con altibajos. Que intenten escuchar sin juzgar, aunque a veces cueste entender lo que está pasando, y que estén ahí, presentes, desde el cariño y la constancia.
Y, sobre todo, que no se olviden de ellos mismos. Porque para poder sostener a alguien que está pasando por un TCA, también necesitas estar mínimamente bien tú. No hay una fórmula perfecta, pero el amor, la paciencia y el apoyo adecuado marcan una gran diferencia.
Dices que el TCA es solo la punta del iceberg de lo que pasa. En tu caso, sufriste acoso escolar, aislamiento, burlas sobre tu cuerpo que te llevaron a ese control sobre la comida, a una autoexigencia extrema sobre tu cuerpo, como forma de compensar ese dolor emocional. Al final del libro escribes una carta perdonando a quienes te acosaron a pesar del daño. ¿Te ha costado costó mucho llegar hasta ese perdón?
Me ha costado mucho llegar a ese perdón. Muchísimo. Porque al final, las personas que me hicieron daño siguieron con su vida, y yo sentía que, de alguna forma, a mí me habían quitado la mía, o al menos las ganas de vivirla con normalidad. Durante mucho tiempo viví con esa rabia, y no era solo hacia ellos, sino que era algo que llevaba dentro y que no me dejaba estar en paz. Y ahí es cuando empiezas a darte cuenta de que vivir desde ese lugar no te deja avanzar.
Creo que el perdón es un proceso muy largo y de mucho trabajo personal. No es algo que llegue de un día para otro. Y, sobre todo, entiendes que no tienes que esperar nada de la otra persona, ni unas disculpas ni una reparación. El perdón no va de ellos, va de ti.
En mi caso, escribir el libro también fue parte de ese proceso. Fue como decir: al igual que ellos han seguido con su vida, yo también merezco seguir con la mía. Ellos no son dueños de mi historia, ni de mi cuerpo, ni de mi vida. Y al final, perdono no por ellos, sino por mí. Porque necesito estar en paz y poder pasar página de verdad.
Cuando ibas a recibir el alta del centro experimentaste mucho miedo, porque allí te sentías segura, sin tener que enfrentarte al mundo exterior. Pero tu psicóloga, con la que estableciste una relación muy cercana, te dice 'tienes que ir a buscar la vida', y finalmente es fuera donde acabas tu proceso. ¿Cómo fue ese volver a vivir fuera?
El momento del alta lo recuerdo como un momento de muchísimo miedo, de mucha incertidumbre. Al final, llevaba tanto tiempo dentro, sintiéndome segura, protegida y cuidada, que salir era como… ¿y ahora qué? ¿Qué pasa conmigo ahí fuera?
Me daba mucho vértigo enfrentarme de nuevo a la vida real, pero a la vez fue un proceso muy bonito, aunque también de mucho trabajo. Porque es cuando realmente tienes que empezar a aplicar todo lo que has aprendido: las herramientas, la manera de gestionar lo que te pasa, y enfrentarte a las cosas sin recurrir al TCA.
No fue fácil, pero sí muy transformador. Con el tiempo, y con perspectiva, lo veo como un regalo. Un regalo que me dio la vida y que también conseguí gracias al acompañamiento de mi psicóloga. Salir fuera me permitió empezar a conocerme de verdad, a entender qué quería, qué no, y a construir mi vida poco a poco. Y al final, te das cuenta de que vivir —de verdad— estaba ahí fuera esperándote. Y que, aunque siga siendo un camino, merece muchísimo la pena.
Tras lo vivido, ¿cuál sería tu consejo para un niño o un adolescente que está empezando con un TCA?
Es una pregunta que parece muy sencilla, pero para mí siempre ha sido de las más difíciles de responder. Porque cuando estás dentro de un TCA, todo lo que te digan desde fuera muchas veces no llega igual. Pero si tuviera que decir algo, sería sobre todo que se dejen ayudar. Sé que cuesta muchísimo, porque aceptar ayuda también es aceptar que no estás bien, y eso da miedo. Pero de verdad, dejarse acompañar es el primer paso para poder salir.
También les diría que hablen, que no se lo guarden. Que intenten ser lo más honestos posible con lo que sienten, aunque no sepan explicarlo del todo. Hablar, comunicar y pedir ayuda no te hace más débil, al contrario, te hace mucho más fuerte.
Y algo que para mí es muy importante: vale la pena curarse. Aunque ahora no lo vean, aunque parezca imposible, se puede salir de un TCA. No es una condena para siempre. Es un proceso duro, sí, pero hay luz al final. Así que, sobre todo, que no se queden solos. Que pidan ayuda, que se dejen querer y acompañar, porque de verdad que hay una vida mucho más bonita esperándoles fuera de eso.
Quieres dedicar tu vida profesional a acompañar a personas que pasan por situaciones difíciles. Haber pasado por la enfermedad, ¿te ha hecho más empática y cercana al sufrimiento humano?
Creo que siempre he sido una persona a la que le ha nacido ayudar a los demás, pero es verdad que haber pasado por la enfermedad le ha dado otro sentido a todo eso. Me ha hecho darme cuenta de que quiero ofrecer la ayuda que a mí, en su momento, me costó tanto recibir. Quiero convertirme, de alguna forma, en la profesora que yo no tuve. En alguien que pueda acompañar, escuchar y entender de verdad a personas que están pasando por momentos difíciles, porque sé lo que es estar ahí.
También siento que hablar de mi historia ya es una manera de ayudar. De dar visibilidad, de romper el silencio y de hacer que otras personas sientan que no están solas. Porque algo que a mí me faltó fue precisamente eso: alguien que me dijera “yo he pasado por esto y se puede salir”. Y si yo puedo ser esa persona para alguien, ese referente o ese pequeño apoyo en su proceso, para mí ya tiene todo el sentido del mundo.











