Educar no es fácil, eso lo saben todos los que se han adentrado en la maternidad o la paternidad. Educar es, como dicen los docentes Pilar Guembe y Carlos Goñi, “una carrera de fondo”. Y, como en toda carrera de este tipo, la clave es ir sin prisa pero sin pausa, no hay descanso. Teniendo en cuenta que la crianza de los hijos es una carrera de muchos años, ¿cómo hacerlo para no desfallecer? Las claves son amor y límites, según Guembe y Goñi, con los que hemos hablado con motivo de la publicación de su libro Lo que se da no se quita (Desclée De Brouwer). Los autores, que están casados y tienen dos hijos y cuatro nietos, explican con gran maestría y sencillez aquello que todo padre y toda madre debe tener muy presente.
¿Por qué el título del libro, Lo que se da no se quita?
Porque lo que damos a nuestros hijos —hábitos, criterios, ejemplo, estilo de vida, tiempo— se les queda para siempre. Se instala en su interior como un software vital. Y con el tiempo se convierte en la base, como en un tentetieso, que les permite mantenerse en pie a pesar de los vaivenes de la vida.
Por eso es tan importante entender que lo que se da no se quita. Lo que hoy sembramos, mañana funcionará como una plataforma desde la que ellos construirán su futuro. La expresión “lo que se da no se quita” invita a educar con sentido común, sin recetas mágicas ni culpabilización, a reforzar lo importante y a recordar algo esencial: educar es una carrera de fondo.
La educación no consiste en preparar el camino a los hijos, sino en preparar a los hijos para el camino.
Está ya muy popularizado el término de ‘padres helicóptero’, pero vosotros habláis de ‘padres curling’. ¿Qué significa?
El momento del “barrido” de este deporte nos recuerda al celo de esos padres híper protectores que van delante de sus hijos apartando los obstáculos y alisando el trayecto. No les enseñan a abrirse camino en la vida, sino que se lo van abriendo a base de continuos barridos.
Los padres curling no consienten que sus hijos se equivoquen, no les dejan madurar, les atan las alas, los convierten, podríamos decir, en esas piedras de granito que se deslizan por una pista de hielo. Están equivocados. Impidiendo que sus hijos se equivoquen, arruinan su confianza y socavan su autonomía. Porque la educación no consiste en preparar el camino a los hijos, sino, en preparar a los hijos para el camino.
¿Cómo cambiar esa manera de proceder con los hijos?
Lo realmente importante es que sepamos querer a nuestros hijos, que los amemos sin excesivos mimos, que no los ahoguemos en demasiadas atenciones, que les dejemos tomar decisiones y equivocarse, y, al fin, que les permitamos volar por sí mismos. No nos cuesta nada mimar a nuestros hijos, lo que nos cuesta de verdad es exigirles, hacer que sean ellos los que hagan, estar sin que se note, dejar que metan la pata y admitir que su vida les pertenece solo a ellos.
Decís que es necesario correr el riesgo de que los hijos corran riesgos. ¿Por qué hacerlo?
Como los monitores de esquí, que enseñan a sus alumnos a caer porque saben que lo van a hacer muchas veces a lo largo del aprendizaje y de la práctica de este deporte, los padres tenemos que enseñar a nuestros hijos a superar pequeñas caídas. Si no lo hacemos, cuando tropiecen por vez primera, les costará muchísimo levantarse.
Esas pequeñas caídas o frustraciones, como no tener ese juguete que otros tienen, comer lo que no me apetece, perder al parchís o esperar hasta mañana, van fortaleciendo su carácter y les van preparando para la vida. Debemos estar a su lado, acompañarlos en cada pequeña o gran frustración que tengan que superar, pues tanto una ausencia casi absoluta de obstáculos como la imposibilidad de superarlos generan actitudes negativas: la primera, una falsa impresión de que todo es fácil; la segunda, una fuerte sensación de impotencia. En ambos casos se sucumbe a la frustración.
¿Por qué es dañino para los niños mimarlos “en demasía”?
Leemos que, según la RAE, "mimar" consiste en "tratar con excesivo regalo, cariño y condescendencia a alguien, y en especial a los niños". Lo que no podemos leer en el diccionario son las consecuencias que tiene identificar amar y mimar. Sin embargo, la vida nos lo muestra tarde o temprano, a veces con crueldad. Con toda la buena intención, a base de mimos excesivos, estamos limitando las posibilidades de nuestro hijo o nuestra hija, porque toda ayuda innecesaria es una limitación. Todos los padres quieren a sus hijos, pero no todos saben quererlos.
Si el niño aprende que con insistir se sale con la suya, nuestro empeño pierde fuerza y el adulto se desgasta todavía más.
¿Por qué es necesario poner límites a los niños?
Porque los límites que pongamos de pequeños les harán libres de mayores. Lógicamente, los límites funcionan mejor cuando son pocos, claros y sostenidos en el tiempo, digamos, cuando no cambian según lo cansados que estemos o nuestro estado de humor, cuando el adulto no se baja al barro del “a ver quién puede más”. Porque en cuanto el límite se convierte en pulso… ya no estamos educando, estamos compitiendo. Poner límites no es "ser malo". Es cuidar. Y también es preparar. Porque el mundo no se adapta a ellos; ellos tendrán que aprender a adaptarse al mundo. Y cuanto antes tengan una base firme, mejor.
¿Cómo educar sin castigos?
Necesitamos encontrar otras soluciones que tengan el castigo como una alternativa excepcional. Los correctivos duros y duraderos, excluyentes y desconectados del hecho a reprender, amenazadores y a veces inhumanos, violentos y vengativos, que prohíben cosas buenas u obligan a realizar actividades absurdas, no llevan a ninguna parte. Todavía hay quien piensa que habría que volver al castigo físico. Este aspecto es para nosotros una línea roja.
Lo venimos diciendo por activa y por pasiva, en nuestras charlas y en nuestros libros: una torta bien dada nunca está bien dada. Simplemente, porque no se puede educar a bofetadas. De hecho, cuando se nos escapa una, sentimos eso mismo: que se nos ha escapado, que se nos han acabado todos los argumentos educativos y hemos tenido que tirar del castigo físico. Propiamente castiga el que lo hace mal, porque quien sabe corregir con cariño y exigencia no está propiamente castigando, sino educando.
En el libro afirmáis que quien ha sido educado a gritos gritará a los amigos, a su pareja, a sus hijos…. ¿Cómo romper la dinámica? ¿Cómo puede un progenitor no gritar a sus hijos cuando ellos mismos han sido criados así? Porque a veces, en momento de tensión o cuando no hay manera de que los hijos no hagan caso, no basta con tomar conciencia de la situación como adultos porque faltan herramientas…
No existen padres perfectos, y nos podemos dejar arrastrar por toda esa tensión. Es normal. Lo importante es que seamos conscientes de las consecuencias y que intentemos mejorar. Pensemos si estamos educando a gritos, porque es evidente que así no se puede educar. Un estilo educativo concebido de esa manera tiene muchas probabilidades de fracasar, porque los gritos tienen siempre repercusiones negativas en la persona que los recibe. Algunas son:
· El grito desconcierta. Pretende dirigir un comportamiento, pero consigue justamente lo contrario: desorientar.
· Ocasiona un estado de indefensión, de impotencia y de miedo. Produce un efecto tortuga: el niño gritado se mete en su propio caparazón para evitar ser herido por esos dardos invisibles.
· Provoca una emoción negativa, la cual da como resultado una distorsión de la realidad; los gritos se oyen, pero no se escuchan, imposibilitan el diálogo.
· El grito es violento, es como pegar con la voz; por eso, nos aleja y se rompe ese cordón afectivo imprescindible para educar.
Quien ha sido educado a gritos, se acostumbrará a gritar: gritará en clase, en el trabajo, a los amigos, a su pareja, a sus hijos, porque el grito es un eco de los gritos que recibimos.
No se puede educar a gritos. La educación requiere suma delicadeza. Como dice el proverbio: "el que doma a un caballo a gritos que no espere que le obedezca cuando le susurre". En fin, "lo que se da no se quita".
En el capítulo sobre qué no debe faltar en la mochila escolar, incluís aspectos tan importantes como: motivación, capacidad de esfuerzo, disciplina, tolerancia a la frustración, capacidad de trabajo en equipo… ¿qué hay que hacer para que los hijos lleven todo eso “puesto”?
La mochila es una metáfora, como la base del tentetieso. Lo que tenemos que hacer es simplemente educar, educar sin miedo, dando lo mejor de nosotros mismos, porque, como hemos dicho en otras ocasiones, los hijos nos hacen querer ser mejores personas. En todo caso, podemos caer en dos trampas. Primera es confundir amor con “dar más” o “evitarles cualquier malestar”.
La segunda consiste en ceder por cansancio para evitar la discusión o el enfrentamiento. Ambas son humanas, nos pasa a todos, pero tienen un coste: si el niño aprende que con insistir o tensar la cuerda se sale con la suya, nuestro empeño pierde fuerza… y el adulto se desgasta todavía más.
La alternativa no es ser inflexible, sino ser previsible. Que en casa se note que hay adultos que sostienen. Y que el cariño no depende de si el niño está encantador o imposible. Hay que mantener a la vez el amor y la exigencia, es lo que llamamos “exigencia amable”.
¿Cómo disfrutar de la maternidad y de la paternidad con las exigencias de hoy en día, que parecen muy superiores a las de otras generaciones?
Educar nunca ha sido tarea fácil. No lo tenemos ni mejor ni peor que en otros tiempos. Es verdad que antes no había móviles ni redes sociales, pero existían otras variables igual de conflictivas. En todas las épocas nos hemos enfrentado a una dificultad esencial: nadie te enseña a ser padre, a ser madre. Por eso, decimos que lo más importante en la educación de los hijos es la formación de los padres.
Todos los conflictos son nuevos y viejos a la vez. Hay métodos que funcionan y otros que no. Y eso implica responsabilidad: la de marcar un rumbo, sostenerlo y corregir cuando toca. Pero también tiene algo precioso: es un privilegio. El privilegio de influir para bien, de dejar huella, de ofrecer herramientas que les servirán cuando no estemos a su lado. Quizá lo que más necesitamos en nuestros días sea poner en práctica el lema ilustrado aplicado a nuestra realidad: Educare aude! (¡Atrévete a educar!) … Pero eso lo trataremos en el próximo libro.






