Marta Martínez Novoa, psicóloga: "Educar no es solo acompañar a un hijo: también es revisar lo que uno trae de casa"


El pasado como hijos influye de forma determinante en el presente como padres. Si esa experiencia no ha sido todo lo segura que cabría esperar, lo mejor es hacer un trabajo personal para entender todo lo que sucedió y dónde quieres colocarte ahora en la familia que has creado.


Marta Martínez Novoa© Carlos Ruiz B.k.
11 de marzo de 2026 a las 13:11 CET

Determinadas dinámicas familiares que no se cuestionan pueden generar malestar desde la niñez hasta la etapa adulta. Cuando te conviertes en padre o madre todo ese 'poso' sale a la luz y puede impactar en la relación que estableces con tus propios hijos. 

Sobre cómo dejar de repetir patrones y construir un refugio para poder librarte como persona y como progenitor de lo que te hace daño, ha escrito Marta Martínez Novoa, psicóloga y psicoterapeuta, el libro Familias que duelen (sin querer) (Ed. Zenith). Una obra que invita a los padres a revisar su pasado en la familia de origen para poder construir un presente donde tengas toda la libertad para librarte de un 'equipaje invisible' que puede condicionarte más de lo que crees. Hemos hablado con ella.

Muchas veces el mayor acto de cuidado hacia nuestros hijos es revisar lo que nos pasó a nosotros cuando éramos niños

Marta Martínez Novoa, psicóloga

En el prólogo de tu libro te preguntas si toda casa es un hogar. ¿Cuándo es así y cuándo no? 

Básicamente una casa se convierte en hogar cuando es un lugar donde puedes ser quien eres sin miedo, es decir, donde no tienes que estar constantemente vigilando tu comportamiento para evitar enfados, críticas, silencios… Hay casas que desde fuera parecen perfectamente “normales”, pero en las que emocionalmente no hay espacio para que nadie se exprese realmente: no hay escucha real, ni seguridad emocional, tampoco hay reparación cuando algo duele… Y eso no significa que un hogar sea un lugar donde todo sale bien siempre y todos son perfectos, si no más bien es el lugar donde, cuando algo sale mal, sabes que no estás solo y que se intentará reparar. 

familia feliz jugando a un juego de mesa en casa© Adobe Stock

Venimos al mundo con un equipaje emocional heredado. ¿Cómo nos condiciona esto como padres? 

Efectivamente, nadie empieza a ser padre o madre “desde cero”. Todos llegamos con una historia emocional previa, con formas de entender el amor, el conflicto o los límites que aprendimos en nuestra propia familia. Eso influye muchísimo en cómo educamos: en cómo reaccionamos cuando un hijo llora, cuando nos “desafía”, cuando necesita algo que a nosotros nunca nos dieron… Por eso muchas veces la crianza se convierte también en un espejo. Nuestros hijos activan heridas que ni siquiera sabíamos que estaban ahí. Y en ese sentido, educar no es solo acompañar a un hijo: también es revisar lo que uno trae de casa. 

Madre con su hijo montando en bicicleta© Getty Images

Hablas de diferentes tipos de familias: las familias tormenta, las familias refugio y las familias falso refugio. ¿De qué manera impacta en el niño crecer en cada uno de esos modelos? 

Las familias refugio son aquellas en las que el niño siente que tiene un lugar seguro al que volver. No son familias perfectas, pero sí familias donde hay cuidado, reparación y espacio emocional. Las familias tormenta son entornos imprevisibles: discusiones constantes, tensión, miedo, críticas… El niño aprende a vivir en alerta, pendiente del clima emocional de los adultos. Y luego están las familias falso refugio, que a veces son las más difíciles de identificar. Desde fuera parecen muy funcionales, incluso muy unidas, pero en realidad funcionan con dinámicas de control, culpa o expectativas muy rígidas, por ejemplo. El niño aprende que el amor depende de cumplir un papel, a grandes rasgos. Cada uno de estos contextos deja una huella distinta en cómo la persona se relaciona consigo misma y con los demás. 

Mujer joven en consulta psicológica© Getty Images

Cuando los padres no han vivido en una familia refugio, ¿deberían ir a terapia psicológica para colocar esa infancia y que sus vivencias no dificulten una buena paternidad o maternidad? 

Puede ser muy valioso. Cuando uno ha crecido sin ese refugio emocional, muchas veces no tiene modelos internos claros de cómo se construye. Y eso puede hacer que, en momentos de estrés o de conflicto, reproduzcamos sin querer lo que vivimos. La terapia no es que sea para culpar a nuestros padres ni para quedarnos anclados en el pasado, sino para poder entender nuestra historia, trabajar lo que necesitamos y, a partir de ello, elegir qué queremos repetir y qué no. En realidad, muchas veces el mayor acto de cuidado hacia nuestros hijos es revisar lo que nos pasó a nosotros. 

Familia joven con tres hijos al aire libre© Getty Images

Cuando se tienen varios hijos, pueden surgir etiquetas que coloquen a cada uno en un lugar. ¿Qué pasa cuando el niño vive acorde con esa etiqueta, cómo influye en su desarrollo? 

Las etiquetas familiares son muy poderosas, por eso cuando en una familia se empieza a decir que uno es “el responsable”, otro “el rebelde”, otro “el sensible” o “el complicado”, esos roles acaban funcionando como pequeños guiones invisibles. La criatura aprende que ese es el lugar que ocupa en la familia y muchas veces empieza a comportarse de acuerdo con esa expectativa, porque ahí encuentra reconocimiento. El problema es que esas etiquetas simplifican mucho a la persona. Y cuando uno crece sintiendo que solo puede ser una versión muy concreta de sí mismo (para recibir amor, sentir que lo está “haciendo bien”, etc.) cuesta mucho salir de ese papel en la vida adulta.

Abuelo, padre e hijo paseando por el campo© Getty Images

Si las relaciones con la familia de origen no son sanas emocionalmente hablando, ¿cómo puedes proteger a tus hijos de esos daños que tú sufriste? 

Lo primero es reconocer que no todo vínculo familiar es necesariamente sano. Muchas personas sienten que, por ser familia, hay que mantener determinadas relaciones pase lo que pase. Pero cuando esas dinámicas son dañinas, también es legítimo (y necesario) poner límites. Y proteger a los hijos no significa necesariamente cortar relaciones, pero sí implica decidir hasta dónde permitimos que ciertas conductas formen parte de su entorno. Proteger también puede ser cambiar las reglas del juego: reducir el contacto, marcar límites claros o no permitir determinados comentarios o actitudes delante de ellos.

Nieto y abuelo dando un paseo por el campo© Getty Images

¿Hay alguna manera de no privarles, por ejemplo, de la figura de sus abuelos, sin que tú te veas dañado por esa relación malsana con la familia de origen, lo que tú llamas en el libro gestionar esas relaciones familiares sin que te atrapen? 

Sí, muchas veces la clave está en cambiar el tipo de relación, no necesariamente eliminarla. Hay familias en las que mantener un contacto más acotado, más estructurado o en determinados contextos puede permitir que los niños tengan vínculo con sus abuelos sin que eso implique volver a entrar en dinámicas dañinas. Por ejemplo, en vez de mantener un contacto muy frecuente o muy íntimo, algunas personas optan por encuentros más puntuales, en contextos más neutrales: una comida de vez en cuando, una visita corta, o vernos siempre cuando también está más gente de la familia extensa.

Eso a veces ayuda a que la relación sea más tranquila y a que no se activen tanto las dinámicas de siempre. Aun así, esto exige algo difícil, que es dejar de relacionarse desde el rol de hijo que uno fue y empezar a hacerlo desde el rol de adulto y de padre o madre. Porque cuando uno se convierte en adulto también tiene derecho a decidir qué lugar ocupan los demás en su vida y en la vida de sus hijos.