Charlene de Mónaco ha visitado este sábado 5 de septiembre Les Baux-de-Provence junto al príncipe Alberto II y sus hijos, el príncipe heredero Jacques y la princesa Gabriella. La princesa lo ha hecho con un elegante vestido negro de Carolina Herrera que inevitablemente recuerda a otro diseño de la misma firma que llevó la reina Letizia hace casi una década. La coincidencia no está en que ambas hayan llevado exactamente el mismo vestido, sino en una fórmula estética muy reconocible: negro, sin mangas, cuello redondo y pequeños motivos blancos. Charlene la actualiza con flores bordadas y una silueta midi más sofisticada, mientras que Letizia apostó entonces por pequeños destellos de lentejuelas que parecían lunares.
El vestido de flores que estiliza la silueta
El diseño de Charlene es un vestido midi de encaje con estampado floral en blanco, cuerpo entallado y falda de volumen. El cuello redondo y la ausencia de mangas dejan el protagonismo a la propia estructura de la prenda, mientras que la falda incorpora un caderín ajustado y un bajo con vuelo que aporta movimiento.
Uno de los detalles más interesantes, precisamente porque apenas se percibe, es el cinturón realizado en el mismo tejido y con el mismo estampado. La pieza, rematada con una hebilla forrada, ajusta la cintura y ayuda a definir la silueta sin introducir un elemento externo que rompa la continuidad del vestido.
Charlene lo ha combinado con bailarinas negras destalonadas y de punta, una elección especialmente sobria que rebaja la formalidad del vestido sin restarle elegancia. Como joyas, ha escogido unos pendientes de perlas, mientras que el cabello, recogido con raya lateral, refuerza esa imagen clásica y depurada.
El déjà vu con Letizia
La conexión con Letizia resulta especialmente curiosa porque se remonta a 2017, cuando la entonces reina de España estrenó un vestido negro de Carolina Herrera durante una recepción al presidente de Israel. Un año después volvió a lucirlo en la entrega de los premios Mariano de Cavia, Luca de Tena y Mingote.
Aquel diseño también tenía cuello redondo y carecía de mangas, pero era más corto y presentaba pequeñas lentejuelas blancas y negras, creando un efecto visual parecido al de unos lunares. Charlene, casi diez años después, apuesta por una interpretación más romántica y elaborada, sustituyendo aquel brillo gráfico por flores bordadas sobre encaje.
Dos vestidos diferentes, pero una misma idea: demostrar que el negro y el blanco siguen siendo una de las combinaciones más eficaces del armario de una royal.
Una historia que une a los Grimaldi con Francia
La elección se produce durante la visita de la familia principesca a Les Baux-de-Provence, localidad francesa vinculada históricamente a Mónaco y perteneciente a la red de Sitios Históricos Grimaldi de Mónaco.
La relación se remonta a 1642, cuando el señorío de Les Baux fue elevado a marquesado y concedido a Hercule Grimaldi, hijo del príncipe Honoré II. Desde entonces, el título de marqués de Les Baux corresponde tradicionalmente al heredero del trono monegasco: Jacques lo recibió al nacer en 2014.
Durante la visita, el joven príncipe ha recibido simbólicamente las llaves de la localidad, repitiendo el gesto que protagonizó su padre, Alberto, en 1982 junto a la princesa Grace.
Un vestido con memoria royal
La jornada también ha llevado a la familia a la iglesia de Saint-Vincent, donde se encuentran las vidrieras contemporáneas creadas por Max Ingrand en 1962 y donadas por Rainiero III tras el nacimiento de Alberto. Así, entre historia familiar, protocolo y moda, Charlene ha encontrado en un sencillo vestido negro de Carolina Herrera una manera especialmente elegante de acompañar una visita cargada de simbolismo.
Y casi una década después de que Letizia hiciera suyo un diseño de estética similar, la coincidencia demuestra una vez más que las grandes fórmulas de estilo no desaparecen: evolucionan, cambian de silueta y vuelven a encontrar nuevas protagonistas.










