Cambiar de perfume cada temporada resulta casi un juego para algunas personas. Para otras, encontrar una fragancia que sienten como propia marca el comienzo de una relación que puede durar décadas. El mismo aroma las acompaña al trabajo, en viajes, primeras citas, celebraciones, pérdidas o cambios de etapa y, a fuerza de repetirse, empieza a acumular recuerdos.
El poder del olfato
La psicología lleva años estudiando la peculiar relación entre olfato y memoria autobiográfica. Una investigación de Rachel Herz y Jonathan Schooler encontró que los recuerdos recuperados en presencia de un olor provocaban una experiencia emocional más intensa y una mayor sensación de estar siendo transportado de vuelta al acontecimiento original que los recuperados mediante señales visuales o verbales.
Otros trabajos apuntan en la misma dirección. Por ejemplo, un estudio con 170 participantes publicado en Memory observó que los olores relacionados con la infancia conseguían desencadenar recuerdos autobiográficos más ricos que las imágenes equivalentes. Ese vínculo ayuda a entender por qué un perfume que llevamos durante años puede terminar significando mucho más que "oler bien".
Cuando un perfume empieza a formar parte de nuestra biografía
La psicóloga Ana Galán lo explica a partir de las experiencias que vamos acumulando mientras llevamos una misma fragancia. "Si utilizamos el mismo perfume durante muchos años, ese olor nos acompaña mientras vivimos experiencias, relaciones, viajes, pérdidas, cambios de etapa… y puede ir asociándose a toda esa historia. Con el tiempo, ya no olemos únicamente una fragancia: olemos también una parte de nuestra biografía", explica.
El perfume actúa así como una presencia constante mientras nuestra vida cambia, lo cual puede ser muy práctico porque nos da cierta estabilidad. Una misma composición puede acompañarnos durante una relación, un determinado trabajo, una época de viajes o varios años de nuestra juventud. El cerebro va construyendo asociaciones entre ese estímulo y las experiencias que vivimos mientras lo llevamos.
La psicóloga Leticia Martín Enjuto ya nos explicaba este mecanismo al hablar sobre nuestra relación emocional con las fragancias. "El cerebro funciona constantemente mediante asociaciones. Si durante años hemos vinculado ciertos olores con seguridad, intimidad o tranquilidad, basta una pequeña exposición para reactivar esas emociones. Muchas veces estamos reaccionando al perfume y a todo lo que representa", señalaba.
Según Martín Enjuto, "cuando usamos repetidamente una fragancia en contextos concretos (trabajo, momentos tranquilos, situaciones importantes) empezamos a crear asociaciones automáticas". Con el paso del tiempo, el perfume puede convertirse en una especie de ritual psicológico ligado a sensaciones conocidas como la calma, la concentración o la confianza.
Desde Montale Paris apuntan que "llevar un perfume suele convertirse en un ritual que nos ayuda a conectar con una determinada versión de nosotros mismos". Esa elección puede reforzar la confianza y la autoestima al favorecer que nos sintamos alineados con la imagen que queremos proyectar. La marca llega a definir el perfume como una especie de "armadura invisible".
"Una fragancia puede convertirse en una firma personal, ayudándonos a sentirnos más conectados con nosotros mismos, más centrados y mejor preparados para afrontar distintas situaciones con seguridad", explican. El perfume participa así en dos direcciones. Hacia fuera, contribuye a la imagen que los demás construyen de nosotros. Hacia dentro, puede funcionar como una señal reconocible asociada a quiénes somos y a cómo queremos sentirnos.
Incluso las personas que nos rodean pueden incorporar ese olor a la representación que tienen de nosotros. Una madre que utiliza durante décadas la misma colonia, una pareja fiel a una fragancia concreta o una amiga cuyo perfume reconocemos antes de verla convierten un producto en un estímulo asociado a su presencia.
Por qué el perfume de otra persona puede devolvernos de golpe al pasado
"Eso explica igualmente por qué podemos encontrarnos años después con el perfume de una expareja, de nuestra madre o de alguien importante y experimentar una reacción emocional casi inmediata", cuenta Ana Galán. La psicóloga utiliza una imagen muy gráfica para describirlo: "El olor funciona como una llave que puede abrir recuerdos que quizá ni siquiera estábamos buscando conscientemente".
La ciencia lleva décadas investigando esta peculiaridad. Un trabajo de Johan Willander y Maria Larsson encontró que los recuerdos autobiográficos provocados por olores se concentraban en edades más tempranas que los recuperados mediante palabras o imágenes. Los participantes también describían una mayor sensación de volver atrás en el tiempo.
Cuando un perfume termina oliendo a una versión de nosotros mismos
Abrir años después un frasco que utilizábamos en la universidad, durante una relación o en nuestro primer trabajo puede provocar una sensación difícil de explicar. El aroma sigue siendo parecido; nosotros hemos cambiado. Ana Galán resume esa experiencia en una frase: "Hay perfumes que dejamos de percibir simplemente como un olor porque terminan oliendo a una persona, a una época o incluso a una versión de nosotros mismos".
Al final, nuestra fragancia de siempre puede funcionar casi como una banda sonora olfativa.









