Como diría el mismísimo 007, apoyado en la barra del Casino Royale, este asunto requiere un Vesper Martini: agitado, no removido, y con esa espiral de piel de limón que va directo a la pituitaria y aniquila las papilas gustativas con la misma precisión que una Walther PPK. Porque mientras los gigantes de la industria de producción en cadena se desvive reciclando superhéroes de lycra, la aristocracia, la del gusto por la manufactura y el lujo, se juega el título y el prestigio en los despachos de Hollywood. Esa hoguera de vanidades donde se está librando el casting más despiadado, mitológico y glamuroso que se recuerda, al menos, en este siglo. Pero muy probablemente tan trascendente como aquel con el que, en el pasado, David O. Selznick puso patas arriba medio mundo, cuando aún estábamos en los albores del technicolor, para encontrar a su Escarlata O'Hara perfecta y revelar para la eternidad a una de las grandes estrellas de todos los tiempos. Aquella de talento tan desbordante como extrema era su fragilidad: Vivien Leight.
Y es que tras el crepuscular adiós de Daniel Craig en 2021 con Sin tiempo para morir, la licencia para matar ha quedado huérfana. Y como en el universo de Ian Fleming todo es posible, tocaba darle una nueva vida. Que no lo decimos nosotros, vaya. Que basta con acordarse de aquella máxima del espía japones Tiger Tanaka en la undécima entrega de novelas del británico: "sólo se vive dos veces: una al nacer y otra al mirar a la muerte a la cara". O lo que es lo mismo, que la Major Amazon MGM Studios ha interiorizado este carpe diem al pie de la letra y está dispuesta a resucitar a su espía de cabecera con un reboot que promete dinamitar todo lo establecido. Un proyecto, el número 26 de la franquicia, que comenzaría a rodarse en 2027 para descorchar el champán del estreno a finales de 2028. Y para pilotar este reborn, el estudio ha entregado las llaves del Aston Martin a una dupla de intelectuales de la brutalidad —y el brutalismo—: Denis Villeneuve —el esteta y arquitecto detrás de Dune y Sicario— para la silla de tijera de director, y Steven Knight —padre de la visceral Peaky Blinders— para coger el lápiz y el papel y perpetrar el guión. Solo quedaría encontrar al nuevo James Bond y a su villano particular, o sea, su enemigo íntimo, dos nuevas criaturas con las que Nina Gold, la implacable directora de casting de las colinas de Beverly Hills, está desafiando a las leyes de la física, como ya hiciera el Doctor Frankenstein con la suya.
Porque no está siendo una tarea fácil. El talento y las estrellas son muchas, pero los elegidos, solo pueden ser dos. Así que, así las cosas, no cabe duda de que la descubridora de Benedict Cumberbatch y Eddie Redmayne y creadora de tándems que procuran crímenes placenteros para el corazón como el de Paul Mescal y Jessie Buckley para Hamnet — sin olvidarnos de que ella es la costurera de los repartos de The Crown o Juego de Tronos— debió de pensar que si lo suyo es complicado, ¿por qué los aspirantes a convertirse en una leyenda mitológica del cine que trasciende a la pantalla y a ellos mismos podrían tenerlo mejor? Total, que lleva haciendo sudar la gota gorda, desde hace meses, a sus finalistas —y sin embargo astros del cine— en los platós de todo Londres. Los somete a pruebas de cámara interminables, a secuencias de acción, a pruebas de dicción y declamación de diálogos… con una única misión: dilucidar quién tiene el aplomo necesario para heredar el esmoquin más pesado del celuloide. Porque no solo basta con repartir golpes, sino que hay que desprender ese magnetismo especial propio de la vieja escuela que te permite lucir un Tom Ford ensangrentado sin perder un ápice de dignidad para, después, quitártelo y dormir entre sábanas de raso y los brazos de una mujer peligrosamente espectacular.
El proceso de selección se ha convertido en un circo mediático tan laberíntico y mitológico como aquel legendario casting de Lo que el viento se llevó. Y es aquí donde desplegamos la alfombra roja para revelarte la santísima trinidad de británicos, curiosamente estancados en los 36 años, que 1) han dejado en la cuneta a otros tres outsiders mediáticos como Tom Holland, Jacob Elordi —sepultados por las exigencias de un estudio que busca a un actor dispuesto a hipotecar la próxima década de su vida— o un Aaron Taylor-Johnson al que, según las malas lenguas de la productora, se le habría pasado el arroz y 2) tienen todas las papeletas para hacerse con el Gordo. Todos ellos encarnan las distintas declinaciones de la masculinidad contemporánea, pero liderando las apuestas asoma Callum Turner. Un dandi que saltó a la fama con Los amos del aire y la saga Animales fantásticos y que no solo destila esa elegancia innata de los bajos fondos londinenses, tal y como vimos en The Capture, sino que además, es super cool y cuenta con el star power adicional de pasear del brazo de una de las mujeres más deseadas de la música y no solo: Dua Lipa.
Pisándole los talones encontramos a Jack Lowden, el favorito en la sombra que ya domina el espionaje desastrado y brillante en Slow Horses y cuenta con el sello de calidad de Dunkerque. Lowden posee el sarcasmo escocés necesario, aunque su esposa, Saoirse Ronan, trate de apagar los fuegos de la prensa asegurando que en su casa de lo único que se habla es de "sacar al perro y preparar la cena". El triunvirato lo cierra el príncipe del cine de indie, Josh O'Connor; el hombre que nos hizo enternecernos por Carlos de Inglaterra en The Crown; amar la musica popular tanto como Paul Mescal amaba esconder la cabeza en su pecho en The History of sound; robar tumbas en Roma con La Quimera; o suplantar a Zendaya en Challengers. Apoyado irónicamente por el propio Daniel Craig —quien bromeó con haber comenzado el rumor de su candidatura—, O'Connor aportaría al agente 007 una vulnerabilidad y una turbiedad nueva para el personaje y un prestigio indie a la franquicia que sacudirá los cimientos de la saga pero también daría un nuevo aire a los armarios apolillados del Foreign Office.
Por supuesto, Amazon no descarta un golpe de efecto buscando savia aún más nueva: por ahí pululan por ejemplo, el enigmático Jack Barton de Heartstopper; Tom Francis, un talento del teatro de 27 años avalado por un Premio Olivier del West End; o Louis Partridge, que con apenas 22, y producciones 'gordas' a sus espaldas como Disclaimer, La Casa Guinness o Enola Holmes podría desbancar a George Lazenby, Bond en 1969, como el 007 más insultantemente joven de la historia.
Pero Alfred Hitchcock decía que una película es exactamente tan buena como lo es su villano. Y si el genio del terror te dice eso, hay que buscar al peor tipo que te puedes echar a la cara, capaz de llegar a la psicopatía de Javier Bardem, Mads Mikkelsen o Christoph Waltz quienes, con tan solo alzar la ceja, conseguían helarte la ginebra y paralizarse el pulso. En este cóctel de maldad, locura, misterio pero también carisma y atractivo (que siempre los malos son interesantísimos) el brasileño Wagner Moura se postula como el gran megalómano del terror; su Pablo Escobar en Narcos y su reciente papel en Civil War le otorgan esa capacidad asombrosa de dominar una estancia entera sin necesidad de alzar la voz y proyectar una amenaza tan latente como lacerante y seductora. El esnobismo europeo no se queda atrás, aportando perfiles que van desde el oscarizado Jean Dujardin (The Artist, capaz de transmutar su eterna sonrisa de galán francés en puro veneno, hasta el enigmático Swann Arlaud (Anatomía de una caída) o el alemán Christian Friedel, quien ya demostró en La zona de interés y The White Lotus su escalofriante destreza para normalizar el horror.
Si Villeneuve busca un antagonista que represente el caos juvenil o la perversión de la amoralidad teen de Saltburn, el británico Ewan Mitchell, aclamado por su gélido y tuerto príncipe Aemond en House of the Dragon, suena con fuerza para inyectar una extravagancia casi alienígena al sindicato del mal. Y si bien la venganza es un plato que se sirve frío, la ironía se degusta mejor con caviar de Beluga, y Henry Cavill para eso es sabroso y oscuro como las huevas de esturión. El de Los Tudor u Operación UNCLE, que perdió el papel de 007 frente a Craig en 2005 por ser demasiado inexperto— asume ahora con sarcasmo que a sus '342 años' ya es demasiado mayor para salvar el mundo, pero confiesa abiertamente que le resultaría fascinante ser el sociópata de turno que intente destruirlo.
Pero esto tampoco es nuevo. El camino hacia las oficinas del MI6 está plagado de cadáveres exquisitos. Algo así como asistir a la escena final de El Baile de los Vampiros, un baile de nombres que, como en aquella película de Polanski, desfilan con sus esmóquines rotos, como recién salidos de un cementerio donde reposan por miedo, acento o ultimátums maritales, porque rechazaron ser inmortales. Es poético recordar que el inconmensurable Cary Grant se apeó del proyecto de Dr. No alegando que, a sus 58 años, estaba demasiado artrítico para las acrobacias; o cómo Liam Neeson tuvo que renunciar a la Walther PPK porque su esposa, Natasha Richardson, le amenazó con cancelar la boda si aceptaba el papel. Hugh Jackman huyó de Casino Royale por terror a encasillarse durante una década, y el neozelandés Sam Neill fue arrastrado a regañadientes a una prueba de cámara que hoy es leyenda de la incomodidad —y la prueba de cámara aún duerme en los archivos de la productora—, allanando el camino para el infravalorado Timothy Dalton. La historia del cine también llora en secreto por la negativa del camaleónico Michael Caine, el acento del francés Lambert Wilson para GoldenEye, o la falta absoluta de interés de mitos como Clint Eastwood, Al Pacino o David Bowie, quienes prefirieron reinar en sus propios feudos, ya fuera el de la música, el cine independiente o al alcaldía de Carmel-by-the-Sea. Mientras que Sean Bean, tras perder la batalla contra Pierce Brosnan, se cobraba su venganza interpretando al espía traidor 006 en GoldenEye, sustituyendo a Wilson precisamente. Pero es que incluso la franquicia se permitió el lujo rechazar a tótems del celuloide para que formaran parte de su harén de chicas Bond, como Jane Fonda o la mismísima Whitney Houston, quien perdió el papel en favor de Halle Berry.
La cuenta atrás se agota y la decisión es tan inminente como trascendental. Hablaban de este fin de semana para desvelar el nuevo cast… Y es que reemplazar a un icono de la cultura pop no es tan simple como buscar a un señor apuesto que sepa beber, besar y disparar con aplomo. Supone algo más sutil pero también más pesado: encontrar a un titán capaz de sostener sobre sus hombros el peso de la masculinidad contemporánea y sobrevivir a las expectativas de millones de devotos sin que se le arrugue la camisa de popelín o mueva la pajarita. Porque la verdadera misión imposible de esos sergvidores de su Majestad en este exquisito desorden mundial no es salvar al planeta de un malvado icon ínfulas interestelares con un rayo láser desde un búnker secreto, sino conseguir que, cuando las luces de la sala se apaguen, el público vuelva a creer ciegamente que solo se vive dos veces. Desde el mismo momento en que vuelvan a sonar los primeros acordes de John Barry.














