Desde que sobreviviera al accidente aéreo en los Andes en 1972 junto con otros 15 compañeros, Eduardo Strauch ha visto cómo su increíble historia se ha llevado a libros y películas –en 2023, J. Bayona dirigió La sociedad de la nieve–. Ahora, él acaba de sacar el cuento infantil, Aventura en los Andes, escrito con el psicoterapeuta Rafa Guerrero. “Es una historia muy valiosa para que vean la importancia de los valores, del trabajo en equipo y de luchar por lo que uno quiere”, nos explica Strauch. “A los niños hay que contarles las cosas en un lenguaje adaptado para ellos. Tienen derecho a saber todo: lo bueno, lo malo y lo triste de esta vida”, añade el arquitecto uruguayo.
¿Cómo surge la idea de convertir esta historia tan impactante en un cuento infantil?
Después de la película de Bayona, he estado dando conferencias y charlas a niños en todo el mundo. En Venezuela, hace un año y medio, estuve como con 300 niños de colegio, de 11, 12 y 13 años, y estuvieron fascinados escuchándome durante una hora y media. Ahí me di cuenta de que están ávidos de escuchar historias con los valores del ser humano. También tengo una nieta de siete años y sus amigas me preguntan cosas de los Andes.
¿Por qué cree que se puede contar esta historia a niños?
Es una historia muy valiosa para que vean la importancia de los valores, del trabajo en equipo y de luchar por lo que uno quiere. A lo largo de los años, también he ido confirmado la importancia que tiene esta historia para tanta gente. La ha tenido para mi vida y para muchas personas que han podido superar sus propias "cordilleras" gracias a la historia de los Andes.
¿Cómo se cuenta algo tan duro a alguien tan pequeño?
Efectivamente, a los niños hay que contarles las cosas en un lenguaje adaptado para ellos. Tienen derecho a saber todo: lo bueno, lo malo y lo triste de esta vida.
En el libro no se oculta nada, ni la decisión de recurrir a la antropofagia para sobrevivir.
Por supuesto, es un tema delicado, pero llegamos a la conclusión de que tenía que contarse o insinuarse de alguna manera. Como este cuento está pensado también para que los niños lo lean acompañados de sus padres, quedó sugerido. Los padres sabrán si profundizan en el tema o no.
¿Qué es lo que más le preguntan los niños?
Una pregunta muy recurrente es cómo es posible que no tenga miedo a volar. En Guatemala, estuve en un centro de acogida para niños abandonados y me sorprendió que más de uno me preguntó si extrañaba a mi mamá o a mi papá. Y la tercera preguntan la tienen todos los adultos, aunque los niños la hacen más a quemarropa: sobre el tema de la antropofagia. La primera vez que me reuní con las amiguitas de mi nieta, una me preguntó directamente: "¿Y a qué sabe?".
¿Cómo responde a esa pregunta?
Les respondo que tiene gusto a vida, que tiene sabor a vida.
Qué ocurrió exactamente en los cuatro días enterrado bajo la avalancha y por qué lo define hoy como un cambio de estado de conciencia
De todo lo que vivió, ¿qué considera lo más impactante?
Lo que pasó después de la avalancha, que supuso un cambio violento y radical en mi filosofía de vida. Tuve una experiencia cercana a la muerte: estuve convencido de que estaba muerto. Pasé cuatro días enterrado bajo el alud, casi a oscuras. Al salir, tuve una experiencia de conexión. Años después, llegué a la conclusión de que fue un cambio de estado de conciencia. Pude conectarme con el cosmos de una manera muy difícil de explicar con palabras.
Muchas veces le han preguntado se arrepiente de haber tomado ciertas decisiones, como la antropofagia. ¿Ha sido más duro el haberse sentido cuestionado éticamente que el hecho en sí?
Por suerte, siempre tuve una mente sana y fuerte, tal vez por genética o por la educación que me dieron. Fue muy difícil y triste vencer el tabú cultural cuando tuve que tomar la decisión. En realidad, fue fácil porque era elegir entre vivir o morir. "Voy a vivir, no le hago mal a nadie". Una vez que lo hice y superé ese tabú, nunca más tuve un problema de conciencia ni una pesadilla ni ningún remordimiento.
El 22 de diciembre y el grupo de WhatsApp: cómo siguen reuniéndose los supervivientes 53 años después del rescate
Sé que los supervivientes se reúnen con frecuencia.
Absolutamente. Nos hemos reunido siempre cada 22 de diciembre, que es el aniversario del rescate y el comienzo de nuestra segunda vida. Además, nos juntamos muchísimas veces al año por distintos motivos y tenemos un grupo de WhatsApp. Estamos siempre conectados.
Si tuviera que definir la relación que tienen entre ustedes, que han vivido algo tan único, ¿cómo la describiría? ¿Como hermanos? ¿Como amigos?
Es difícil. No es exactamente como hermanos ni tampoco como amigos. Es un vínculo indestructible. Estamos unidos por una experiencia en la que somos los únicos que realmente sabemos al cien por cien lo que vivimos, lo que sufrimos y lo que luchamos.
El año pasado fallecieron dos de los supervivientes. Supongo que ese dolor es indescriptible.
Es un dolor totalmente distinto al de otras pérdidas. Muy profundo y extraño. Se siente como si te arrancaran un pedacito de ti mismo. Es una tristeza distinta y muy profunda.
¿Cómo se logra superar algo tan traumático?
También me sorprende cuando lo analizo. Uno de los motivos fue la terapia de grupo improvisada que hicimos allá arriba. En esos dos meses y medio, fuimos haciéndonos terapia mutuamente los dieciséis supervivientes y salimos con la mente bastante ordenada y sana.
De todo lo que aprendió allí, ¿cuál es lo que más le ha ayudado a vivir?
Te diría que nos salvamos gracias al amor. En todas sus formas: hacia las personas, hacia la vida y hacia la naturaleza. Eso me ayudó a salir y me ayuda hasta el día de hoy. También hay dos cosas más. Una es ser consciente del potencial enorme que tenemos y que no utilizamos hasta que no nos vemos obligados a hacerlo. La otra es aprovechar el tiempo de mi vida. Cuando convives con la muerte durante 72 días, sabes que se te puede acabar en cualquier momento. Tengo una especie de obsesión por hacer cosas y aprovechar el presente, el carpe diem.
El primer vuelo después de los Andes: 40 minutos de pánico sobre el Río de la Plata y el método mental con el que venció el miedo a volar
Antes comentaba que tardó cerca de un año en reinsertarse en la sociedad. ¿Qué fue lo que más le costó?
Varias cosas. Primero, volví con intereses distintos, siendo mucho menos consumista. Me di cuenta de que lo material no me daba la felicidad. Me costó también relacionarme con las mismas personas de antes, porque sentía que algunas no me aportaban, así que fui buscando amigos nuevos. También me costó volver a trabajar como arquitecto. Mi socio era Marcelo Pérez, el capitán del equipo que murió a mi lado en la avalancha. Eso me costó un montón, pero me fui adaptando de a poco.
¿Tardó mucho en volver a subir a un avión?
A los dos meses de haber salido de los Andes, en marzo del 73, nos invitaron a Buenos Aires para unos eventos. Casi nadie quería ir, pero yo fui con otro de los chicos. Fue un vuelo corto de 40 minutos en el que sufrí muchísimo. En el segundo vuelo a Buenos Aires sufrí un poco menos utilizando mis argumentos y poder mental, y ya para el tercer vuelo se me había olvidado el temor.
¿Qué le viene a la cabeza cuando hay turbulencias en un vuelo?
Aquel primer vuelo a Buenos Aires fue muy bajo y con pura turbulencia sobre el Río de la Plata, lo que me produjo un pánico total. Pero, utilizando mis argumentos, logré superarlo y ya después perdí el temor por completo.
La mujer que fingió indiferencia: cómo conoció a su esposa cuando todas las chicas de Montevideo preguntaban por los Andes
Tras volver de los Andes, ¿le resulto difícil encontrar a una pareja que le entendiera y compartiera sus mismos valores?
Costó un poco. Mi mujer fue muy habilidosa porque fue la primera que se mostró un poco indiferente hacia la historia de los Andes. Eso me generó curiosidad. En esa época las chicas estaban muy interesadas en nosotros tras el rescate, pero ella se mostró indiferente y hablábamos de otras cosas. Eso me atrajo mucho de ella. Es una mujer muy original y distinta.
¿A qué se dedica su mujer?
Trabajó muchos años en una empresa de césped sintético para canchas de rugby y fútbol. Era la mano derecha de un pionero canadiense en ese sector y viajaba mucho por Latinoamérica y España.
Ambos han tenido cinco hijos. ¿Es también abuelo?
Sí. Tengo tres nietos y medio, que hay otro en camino.
¿Otro nieto? ¡Enhorabuena! ¿Qué ha sentido al contar su historia a sus hijos y nietos?
Ha sido algo muy natural. Jamás impuse el tema en casa. Mi hija mayor me empezó a preguntar cosas de muy pequeña y le fui respondiendo a medida que surgían sus dudas.
¿Incluso las preguntas más difíciles?
Sí, por supuesto. Estaba preparado para cuando llegara el momento. Todos mis hijos han ido a los Andes conmigo; el menor, Pedro, ha ido como doce veces. Yo he vuelto veintitrés veces al lugar del accidente. Algunos están más conectados con la historia que otros, pero todos se emocionan.
Por qué Strauch describe su experiencia cercana a la muerte bajo el alud como "de los momentos más placenteros" de su vida
Dice que lo que tiene miedo es a la muerte.
Cambié totalmente el concepto a la muerte. No tengo ningún miedo. Conviví con la muerte, convivimos con la muerte. La muerte era una más. Hablamos de la muerte en aquel momento y ahora hasta con humor. Inclusive entre nosotros. Siempre estamos hablando de la muerte con humor. Y no le tengo ningún temor. Y como me sentí muerto en la avalancha, estoy seguro que el proceso de la muerte va a ser igual que en aquel momento, que fue de los más placenteros que he tenido en mi vida.









