Fuera de creencias místicas, mi historia es un milagro”. Con esta rotundidad y una serenidad inspiradora, Ania Iglesias, actriz que se dio a conocer en la primera edición de Gran Hermano, comparte el momento más complejo y transformador de su vida. El pasado 28 de mayo, tras meses arrastrando severos problemas digestivos, una colonoscopia en la Fundación Jiménez Díaz permitió diagnosticarle un cáncer de colon ascendente y se le realizó un PET-TAC inmediato. A pesar de las dolorosas oclusiones intestinales sufridas a lo largo del último año, las pruebas descartaron tanto la metástasis como la perforación del intestino. “Podría decirte que ha sido un milagro que no se hubiera extendido”, reflexiona al rememorar la incertidumbre de aquellas primeras horas.
El proceso quirúrgico se ejecutó con gran celeridad. El 26 de junio, en la vertiente pública de la fundación —un detalle que la actriz insiste en recalcar con enorme gratitud—, el equipo de cirugía le extirpó mediante tecnología robótica Da Vinci el colon ascendente, parte del transverso, una sección del intestino delgado y múltiples ganglios. Tras una estupenda recuperación posterior, los análisis revelaron una amplia afectación ganglionar y un riesgo elevado de recidiva o afectación a otros órganos.
El equipo médico prescribió entonces quimioterapia combinada (intravenosa y oral); sin embargo, debido a una severa reacción alérgica infusional durante el primer ciclo intravenoso, se determinó suspenderla y continuar el tratamiento únicamente por vía oral. Fue en el entorno clínico donde la vida le regaló un instante de luz inolvidable: al salir de reanimación, en la intimidad de la habitación, su pareja, el ingeniero civil José Manuel Palomera (54 años) —a quien conoció a través de una red social—, le pidió matrimonio: “A José le hace especial ilusión casarse el 26 de junio de 2027, coincidiendo simbólicamente con el aniversario de mi intervención”. La pareja proyecta celebrar el enlace en la preciosa ermita de la Virgen de la Paz, patrona de Alcobendas, municipio madrileño en el que ambos residen, a la espera de que concluyan las obras de restauración del templo.
Un canto a la vida
A pesar de los inevitables efectos secundarios que condicionan su día a día y le impiden llevar una rutina normal, Ania, que ya superó un cáncer de útero en 2017, asegura sentirse profundamente feliz y con una renovada perspectiva vital: "El cáncer te enseña a ser y estar en el aquí y en el ahora; a sacar fortalezas que no sabías que tenías". Cabe recordar que la actriz también recibió hace unos años el diagnóstico de talasemia, una enfermedad hereditaria de la sangre que provoca, entre otros síntomas, cansancio, mareos y problemas derivados de la falta de oxigenación. Ella misma explicó que debe controlar especialmente su alimentación y someterse a revisiones médicas periódicas. A esos problemas de salud se sumaron circunstancias personales igualmente difíciles. En distintas entrevistas ha relatado que fue víctima de malos tratos por parte de una expareja y también habló del impacto emocional que le produjo descubrir repetidas infidelidades. Convertir esas experiencias en un mensaje de superación ha sido una constante en sus intervenciones públicas.
Muestra insuperable de ese espíritu fue su decisión de subirse al escenario al día siguiente de recibir el diagnóstico para estrenar En-Cadena-Dos. Ese compromiso con el arte se ha convertido en su gran motor de recuperación. Tras dos años de intensa formación en guion junto a destacados profesionales del sector en España, su gran meta para cuando concluya los ciclos de quimioterapia es llevar a las tablas Efectos secundarios, una comedia coral protagonizada por cinco actrices que superan con creces los cincuenta años. Concebida desde la liberación poética, la pieza, dirigida por Susana Merino, supone un canto a la vida como el efecto secundario más bonito de la muerte.





