Después de conducir 50 kilómetros por el alto y rectilíneo páramo de la Alcarria, se siente una felicidad total al tomar la salida 118 de la A-2 y descubrir los cortados calizos y las alamedas del río Dulce, que el sol naciente y el otoño pintan del color de la miel. En seis minutos, se llega al mejor observatorio de tan dulce paisaje: un mirador dedicado a Félix Rodríguez de la Fuente, el famoso naturalista que rodó hace medio siglo en este barranco muchas escenas de la serie documental El hombre y la Tierra e hizo volar con la imaginación a los telespectadores a algún valle perdido de Galicia o de los Picos de Europa, estando como está a solo una hora de Madrid.
Para admirarlo más de cerca, hay que continuar en coche hasta Pelegrina, informarse bien en el Centro de Interpretación del Parque Natural del Barranco del Río Dulce y seguir a pie la senda clásica que discurre por el fondo de la hoz. En este camino circular, fácil, de cuatro kilómetros, se ven agujas y torres calcáreas, ciudades encantadas, cascadas y un montón de aves rapaces.
UN PUEBLO DE 14 HABITANTES Y ESCULTURAS DE NOGAL
Pelegrina es un pueblo encantador, aupado sobre una loma rocosa, lleno de flores e higueras, con una iglesia románica en medio y las ruinas de un castillo en lo más alto. Solo tiene 14 habitantes, así que no es difícil tropezarse con Guillermo de Lama. Este escultor se hace con los troncos de los nogales secos del barranco del río Dulce, los desinsecta con gasoil todo un año, los talla, los pule y los deja abstractos y relucientes, tal como pueden verse –y comprarse– en la Galería de Arte Sigüenza, en la taberna Calle Rompeculos y en el albergue de la misma ciudad, de la que Pelegrina es pedanía.
SIGÜENZA, ENTRE EL DONCEL Y UN CASTILLO CON FANTASMA
A Sigüenza hay que ir, pues, a admirar las esculturas de Guillermo, que son puro Paisaje Dulce. Y ya que estamos, también la anónima del Doncel, en la catedral, "una estatua de las más bellas de España", según Ortega y Gasset. A 50 metros, en la plaza Mayor, Gustavo Delgado labra esculturas preciosas y minúsculas –o sea, joyas– tomando como modelos las ménsulas de los balcones y otros elementos del paisaje urbano.
Subiendo por la calle Mayor, parada obligada es el Taller Edad Media, para ver cómo Aránzazu Ruiz y Jorge Arroyo reproducen con sus pinceles famosos pantocrátores y agnusdéis, que esto, más que una tienda, parece una iglesia románica en obras.
Calle arriba, en El Albergue de Sigüenza –moderno por dentro, por fuera de 1785–, huéspedes y curiosos acarician al entrar un corazón de nogal de Guillermo de Lama, el escultor de Pelegrina. Más arriba, ya solo está el Parador, el castillo del siglo XII donde fue encerrada Blanca de Borbón, la mujer de Pedro I el Cruel. Aquí no hay esculturas, solo armaduras y algún huésped que, al tropezarse de noche con el fantasma de aquella noble señora, se queda de piedra. La celda donde estuvo prisionera la reina permanece oculta en un salón cerrado con llave.
PARADAS PARA SABOREAR LA GASTRONOMÍA SEGUNTINA
Después de andar arriba y abajo por las hoces del río Dulce y las travesañas medievales de Sigüenza, se impone parar para reponer energías. Una, en Gustos de Antes (gustosdeantes.com), donde la maestra panadera Irene Gómez obra maravillas con la espelta y el trigo negrillo que cultivan unos heroicos agricultores en la pedanía de Palazuelos. Dos, en Los Soportales (@lossoportales), donde probar el fino seguntino, la poción mágica –gaseosa, vermú rojo y fuerza de cerveza– que inventó un hostelero local en 1947.
Para sentarse a la mesa con más ambición gastronómica, tres nombres propios. El Doncel (eldoncel.com), donde Quique Pérez elabora platos de kilómetro cero en la misma casa donde cocinaba su abuela y que luce una estrella Michelin. Nöla (nolarestaurante.com), que lleva la alta cocina a uno de los espacios más emblemáticos de la ciudad, la Casa del Doncel, con platos como el salmorejo con salpicón de centollo o el hojaldre de cordero con setas de otoño.
Y, a seis kilómetros de Sigüenza, el Molino de Alcuneza (molinodealcuneza.com), distinguido también con una estrella Michelin, donde el chef Samuel Moreno firma una cocina de raíces tradicionales y mirada contemporánea, con especial atención a las setas, la caza y las verduras de su propia huerta.
PALAZUELOS Y CARABIAS, DOS JOYAS MEDIEVALES
Sobrio y con las pilas a tope, el viajero se arrima por la tarde a Palazuelos y Carabias. De Palazuelos sorprende la tremenda muralla medieval que rodea su casar. De Carabias, la monumental galería de la iglesia románica de San Salvador, con 22 arcos abiertos a los cuatro vientos, algo insólito en Castilla. A Palazuelos la llaman la pequeña Ávila. El pórtico de Carabias es –eso dicen– el Escorial de las galerías románicas.
EL PAISAJE MÁS SALADO
El segundo día, porque uno no es suficiente, aguarda la parte salada de este paisaje, la que riega el río Salado, otro afluente del Henares, como el Dulce. Toca fotografiar y lamentar la ruina de las salinas de Imón –las más importantes de Castilla en la Edad Media, que producían el 7% de toda la sal que se extraía en España– y subir paseando en media hora al castillo de Riba de Santiuste, encaramado a 100 metros de altura sobre el valle del río Salado, en un cerro lleno de pliegues y fracturas, de estratos de arenisca roja y amarilla, de cristales de sal y de ripples, las ondas dibujadas por la marea en una playa millones de años atrás, cuando en Guadalajara había mar. No se visita, pero el castillo tiene fantasma, Manuela, a la que Iker Jiménez dedicó un reportaje en Cuarto Milenio.
Después de comer, se puede y se debe dar otro breve paseo en Santamera por el cañón lleno de buitres del río Salado hasta donde las aguas del embalse de El Atance cortan el paso y luego conocer La Calcografía, galería de arte y taller de grabado que Matilde Gómez abrió en plena pandemia, en este confín remoto y salado del mundo.
ATIENZA Y EL CID
Y, por último, hay que acercarse a Atienza para ver lo importante que fue –conserva cinco iglesias románicas– y cómo el último sol hiere cual tizona de oro su castillo. El dueño de la Tizona, por cierto, pasó de puntillas por la mora Atienza cuando cabalgaba recién desterrado con doce de los suyos. Era "peña mui fuert". Le daba miedo.
DÓNDE DORMIR
El Parador de Sigüenza (parador.es), recién restaurado, ocupa el castillo que fue residencia de los obispos seguntinos. A seis kilómetros, el Molino de Alcuneza (molinodealcuneza.com) es un antiguo molino de harina convertido en hotel con encanto y spa, además de su aclamado restaurante. Salinas de Imón (salinasdeimon.com) ocupa un convento del siglo XVII que fue también oficinas y residencia del administrador de las salinas. Un diez, la habitación China. Hay taberna, spa y un hostel con habitaciones más económicas.














