El pasado 5 de julio, Iván Sanz Cid, director general de la histórica bodega Dehesa de los Canónigos, murió en un accidente de tráfico en el que también perdieron la vida su mujer y dos de sus tres hijos. Desde entonces, el periodista José Ribagorda, gran amigo de la familia, sigue profundamente afectado. Así lo reflejan las desgarradoras palabras que ha compartido en sus redes sociales junto a una fotografía en blanco y negro en la que aparece disfrutando con Iván de una de sus grandes pasiones, la tauromaquia, y que reproducimos íntegramente a continuación.
Ha pasado poco más de un mes del fallecimiento de Iván Sanz Cid, su mujer Irene y dos de sus tres hijos, Irenita y Alvarito, y sigo sin creérmelo y, al mismo tiempo, sin superar la insoportable ausencia de todos ellos. Habían llenado nuestras vidas los últimos quince años de tantas maravillosas sensaciones que es imposible levantarse cada día sin pensar en ellos, con los ojos humedecidos y sintiendo un dolor para el que no existe consuelo posible.
Uno se pregunta por qué ha tenido que ocurrir una tragedia así, por qué el destino se ha cebado con una familia buena y ejemplar, y no encuentro respuestas, lo que hace que la pesadumbre sea más grande.
Iván era un ser extraordinario, el mejor hijo, el mejor hermano, el mejor esposo y padre y el mejor de los amigos que uno podía tener. Para nosotros, era más que un amigo, era nuestro hermano, nuestra familia misma. Generoso hasta el extremo, siempre dispuesto a ayudar a quien fuera, cordial, honesto, tremendamente vital, Iván interiorizó los enormes valores de sus padres, Luis y Mari Luz, basados en la humildad, el esfuerzo y el sacrificio, el respeto por la tradición, la consideración de la familia y la eterna disposición de estar siempre al lado de quien lo necesitaba. Daba igual qué o quién. Lo mismo daba el equipo de rugby de su hijo Alvarito, cualquier ONG o acción destinada a promocionar los vinos de la DO Ribera del Duero y la gastronomía de su tierra, Valladolid.
Junto a su hermana Belén, dimensionó extraordinariamente la bodega Dehesa de los Canónigos, fundada por sus padres, modernizándola y posicionándola a nivel nacional e internacional. Se nos ha ido uno de los grandes bodegueros que teníamos en nuestro país y, lo que para mí es más importante, un ser humano auténtico y excepcional.
Las viñas de la Dehesa de los Canónigos no dejan de llorar. Esas lágrimas que terminarán fundidas con el zumo de las uvas que darán origen a la añada 2026, que Iván velará desde el cielo para que sea más extraordinaria aún que las anteriores.
Descansa en paz, amigo, hermano mío. Descansad en paz, Irene, Irenita y Alvarito. Siempre viviréis en nosotros.
Una tragedia familiar
El empresario vallisoletano, de 48 años, falleció junto a su mujer, Irene Garijo, de 45, y dos de sus hijos, de 17 y 14 años, en un devastador accidente de tráfico ocurrido en la autovía A-67, a la altura de Herrera de Pisuerga (Palencia). La única superviviente fue la hija menor del matrimonio, de 9 años, que fue trasladada en helicóptero al Hospital Universitario de Burgos, donde fue intervenida quirúrgicamente. La noticia provocó una profunda conmoción, no solo por la relevancia de Iván Sanz en el sector vitivinícola de la Ribera del Duero, sino también por la dimensión humana de lo ocurrido. La familia regresaba de pasar unos días en Cantabria cuando su viaje terminó de forma trágica, dejando una profunda huella entre quienes compartieron con ellos su vida personal y profesional.






