Para continuar con la historia hace falta retroceder a tiempos remotos, cuando el cine y la tauromaquia empezaron a entrelazarse. Los hermanos Lumière fueron pioneros en la invención del cine, pero también en grabar corridas de toros. En 1896, grabaron las primeras imágenes taurinas bajo la producción Lumière, incluyendo títulos como Arrivée du toreador (1896); en 1897-1898: los operadores Lumière, como Francis Doublier, filmaron corridas de toros en España, destacando la serie Espagne: courses de taureaux, que documentaba suertes de capa y pica. Estas tomas se realizaron durante la expansión de los operadores Lumière por Europa y América, capturando la esencia de la fiesta brava, que pronto se convirtió en un tema popular en el cine mudo.
Años más tarde llegó la época dorada de los años 20, marcada por la transición del cine mudo al sonoro, el auge de las grandes estrellas y la construcción del famoso letrero de "Hollywoodland" en 1923. A la gente no le hacía falta pensar en felicidad, cuando, ya efectivamente, vivían eternamente en ella. Sin embargo, no fue hasta tres décadas más tarde que la tauromaquia llegó al clímax cinematográfico. Y, veranear en la Costa Brava y acudir a las fiestas de San Isidro para ver torear era el plan favorito de toda la jet set. “España se llevaba”, una expresión que hoy diría la Gen Z, sirve para contextualizar aún más estas líneas.
Actrices como Ava Garner vinieron a España a grabar películas por la costa brava, como la del rodaje de Pandora y el holandés errante (1951) que se rodó en Tossa de Mar a finales de marzo de 1950. Su compañero del film era el diestro Mario Cabré, un artista polifacético y torero de clase muy depurada barcelonés. Los principales papeles corrían a cargo de Ava Gardner y James Mason. Cabré, por su parte, hacía de torero. El romance entre ambos traspasó la pantalla y la protagonista de La condesa descalza (1954) le fue infiel al mismo Frank Sinatra, con el que llevaba una relación de lo más turbulenta.
Ava Gardner contó lo siguiente en sus memorias: "Mario interpretaba a Juan Montalvo, mi amante torero, y su ambición era continuar con el papel en la vida real. Desgraciadamente Mario se dejó llevar por el entusiasmo, confundiendo sus papeles de dentro y de fuera del escenario. En todos los países del mundo te encuentras con hombres que son unos verdaderos chinches. Mario era un chinché español, a quien se le daba mejor la autopromoción que el toreo o el amor". Ava afirmó haber cometido un error del que se arrepintió en seguida, un patinazo decía: "Después de aquellas noches españolas románticas, llenas de estrellas, llenas de baile y llenas de copas, me desperté y me encontré en la cama con Mario Cabré. Fue la única vez y no hubo más".
Sin embargo, lo que sí hubo más fueron conquistas toreras. Hablamos de Luis Miguel Dominguín, el mismo que en 1952 le ofrecía su segundo toro a la actriz norteamericana Rita Hayworth en la plaza de toros de Guadalajara cuando acudía acompañada por el conde de Villapadierna y, para poner aún más contexto a nuestros lectores, el padre de Miguel Bosé (70 años), con el que vivió uno de los romances más tórridos que se recuerdan. La protagonista de Mogambo estaba poniendo fin a su fallido matrimonio con Frank Sinatra y acababa de someterse a un aborto cuando se instaló en Madrid. Durante sus primeras semanas residió en la suite presidencial 716 del Castellana Hilton hasta que alquiló un piso en la avenida del Doctor Arce, cerca de las oficinas de Luis Miguel Dominguín y en el mismo edificio donde vivía Juan Domingo Perón.
Y, aunque no se sabe si se conocieron en la Feria de Sevilla, en el bar Chicote de la calle de Alcalá, o en una fiesta de la capital, esta última es de la que más se habla, lo cierto es que la protagonista de Mogambo (1953), amante de todo lo que sonase a tópico español, pronto acudió a Las Ventas a ver a su ídolo con traje de luces. Hasta 1954, la actriz lo vio torear en multitud de ocasiones. Ella llegaba a Las Ventas elegantemente vestida, enfundada en trajes de chaqueta, envuelta en tocados en el cabello y valiosos collares de perlas. Era consciente de que sus ojos miraban a Dominguín, pero que el resto del mundo la miraba a ella. La pareja también acudía a las gradas, juntos y con la mejor de las sonrisas, para ver a otros toreros de la talla de Antonio Chenel, “Antoñete”, y Emilio Ortuño, “Jumillano”.
Otra pareja que otorgó aún más sofisticación a Las Ventas durante San Isidro fue el matrimonio Grimaldi de Grace Kelly, amiga íntima de Ava Gardner y compañera de reparto en Mogambo, y Rainiero III de Mónaco. Solo fueron necesarios dos registros de su presencia en los tendidos, en 1959 y 1964, para que las crónicas sociales se llenaran de sus nombres y quedaran estrechamente vinculados a estas fiestas.
Apasionados de este folclore español, la exactriz y el príncipe monegasco disfrutaron del toreo de Antonio Ordóñez, Gregorio Sánchez o Manolo Vázquez. Las Ventas se convirtió inmediatamente en un espacio festivo vinculado a lo aristocrático, donde acudir significaba poder ver a alguna de estas celebridades con nombres y apellidos que daban la vuelta al mundo.
En 1964, otro de los romances que se inmortalizó fue el de Audrey Hepburn y Mel Ferrer. En aquel entonces, celebraban una década de casados y acudieron a Plaza de Toros de Las Ventas para disfrutar de los festejos de San Isidro. Fue como un homenaje, ya que, durante su luna de miel en 1955, también acudieron a la Venta del Batán para ver la exhibición de los toros que iban a lidiarse en San Isidro antes de las corridas. Allí pudieron verlos de cerca, días antes del festejo.
La carrera de Hepburn iba viento en popa: acababa de estrenar My Fair Lady (1964), donde interpretaba a Eliza Doolittle, y la comedia romántica Encuentro en París (1964), junto a William Holden. Hepburn compartió confidencias desde la barrera con figuras como Aline Griffith, condesa de Romanones, y Marisol, con asiento junto a Lucía Bosé, con la que se acabaría casando Luis Miguel Dominguín en 1955, después de romper su relación con Ava Gardner.











