Hubo una época en España en la que las cenas de los martes el país entero se congregaba para presenciar las peripecias de la familia Martín. Años después, el actor Aarón Guerrero, que dió vida al inolvidable Chechu en Médico de Familia y posteriormente a Nando en Ana y los siete, ha visitado recientemente el plató de Onda Cero. En una charla distendida con Marta Critikian y Berni Barrachina, el intérprete ha echado la vista atrás para analizar, con la perspectiva que dan los años y la madurez, cómo fue desarrollar su infancia en una industria donde la privacidad era un concepto inexistente.
Para la mayoría de los mortales, que un pueblo entero te espere a la salida de un evento es algo únicamente propio de una escena de película o de un sueño febril. Para Aarón, era simplemente un día entre semana cualquiera. Al ser preguntado por su interlocutora sobre el momento en el que comenzó a ser consciente de su fama, el actor responde con una honestidad sorprendente: "Como empecé tan pequeño, no he vivido el cambio de que no te conozcan por la calle a que de repente un día salgas y te empiece a conocer todo el mundo. He crecido con eso".
Esta inmersión gradual en el foco mediático permitió que Guerrero no sufriera el "choque térmico" que a menudo suele afectar a los niños prodigio. Mientras otros juguetes rotos de la industria sucumbían a la presión, él asumía las peticiones de fotos y la atención del público como una extensión natural de su rutina diaria. “Siempre lo he llevado con mucha naturalidad y nunca me ha molestado", ha confesado el intérprete.
Sin embargo, la escala de su popularidad en los años 90 rozaba lo surrealista. Barrachina recuerda con humor las dimensiones de aquel fenómeno, y Aarón no ha tardado en ilustrarlo con anécdotas que a día de hoy parecen sacadas de otra época: "Ibas a un pueblo pequeño de 8.000 o 9.000 habitantes y llegaba un momento en que tenías a todo el pueblo a tu alrededor”, ha contado, añadiendo que en ocasiones la situación rozaba tanto el extremo que incluso “tenías que salir con la policía".
A pesar de que cualquier psicólogo infantil hoy se llevaría las manos a la cabeza ante tal despliegue, el madrileño asegura que aquello no le producía "ni ansiedad ni nervios". De hecho, señala con un toque de ironía que lo que realmente le resultó extraño fue el proceso inverso: cuando toda la histeria se calmó y pudo empezar a caminar por la calle sin ser el centro de todas las miradas.
Hoy, Aarón Guerrero ha cambiado los platós de la calle de Alcalá por la gestión hostelera. Aunque su rostro sigue siendo un icono para varias generaciones que crecieron con la mítica sintonía de Emilio Aragón, el actor ha sabido reinventarse como un exitoso empresario en la capital. Es socio de varios restaurantes de moda, como La Malaje o Bacira, demostrando que aquella inusual experiencia con la fama finalmente le sirvió para forjar un carácter resiliente del que ahora se vale para impulsar otros grandes proyectos.









