Rosalía ha vuelto a demostrar por qué es una de las figuras más magnéticas de nuestro tiempo. Capaz de salirse del mapa. De descubrirnos que se puede bailar en una rave con arpegios que suenan al invierno de Vivaldi o al Dies Irae del Requiem de Mozart o que el latín del Carmina Burana se puede mezclar con el siciliano, el japonés o el caló. Lo ha hecho en Lux, su cuarto álbum de estudio, una obra maestra del eclecticismo que ha volado la cabeza a Madonna, Andrew Lloyd Weber, Gigi Hadid o Harry Styles, un tapiz sonoro de 18 canciones en su versión LP donde los coros de la escolanía de Montserrat se entrelazan de forma magistral con el tecno, la ópera, la música barroca, el flamenco y el hip hop. Pero, más allá de su evidente brillantez musical, LUX se revela, una vez más, como una ventana indiscreta a su alma; un recorrido catártico y valiente por las luces y sombras de su historial sentimental. De sus amores arrebatados y sus rupturas —no siempre fáciles— que, cómo no, forman parte del número especial con el que ¡HOLA! intenta acercase también al alma de esta artista inclasificable e inmensa.
Porque la madurez —o la inocencia— de Rosalía no solo se refleja en sus partituras, sino también en su manera de concebir las relaciones. Hoy su corazón vuelve a tener dueño. Dueña, en este caso, aunque las últimas veces que le preguntaron si había alguien al mando del sístole y diástole de su pecho (en Radio Primavera Sound, por ejemplo) ella dijera que se encontraba soltera y abrazando el 'volcel', un término que ella define como "celibato voluntario"... Quizás es que entonces era así.
Ahora sabemos que Loli Bahia tiene mucho que ver en esos viajes a París. Y a Río… Y en que no haya pentagrama que nos describa ese amor… Oscar Wilde decía de sí mismo que habría escrito más si hubiera vivido menos. Quizás es eso lo que, a Dios gracias, le pasa con la modelo francesa, que vive y que no le da tiempo a escribirle canciones… Porque está feliz y la felicidad, como la lluvia, fotografía fatal. Pero en otros momentos, incluso en la gesta de su último trabajo, no ha sido así. Ya sabes, esos cuando un artista se enfrenta al papel en blanco y abre la puerta a la reflexión y quien dice “reflexión” dice “demonios” o esos hombres que han marcado su vida. Y el ajuste de cuentas consigo misma y con el otro no siempre ha sido amable. Ante los micrófonos del programa Anda Ya, confesó que siempre agradece y que le parece hermoso poder mantener la amistad con los ex, otra cosa es que la vida… la vida te lleva “hacia lugares diferentes". Y sí, es “una pena cuando eso pasa", pero pasa.
Y ha pasado. Porque antes de hablar de Lux, recordemos El Mal querer. Y, por supuesto, la sombra alargada de C. Tangana. En el viaje emocional que propone su propia discografía, para entender la Rosalía de hoy es necesario mirar atrás. Concretamente a los dos años de relación con El Madrileño, del 2016 al 2018, con temas inolvidables como Antes de morirme o Llámame más tarde, que dejaron tras de sí una profunda estela de mensajes velados que explotaban como un motor a pistón en la era de Motomami. Si el madrileño lanzó indirectas en éxitos como Tú Me Dejaste de Querer o Demasiadas Mujeres (donde cantaba "No me puedo olvidar, de la que dijo que siempre pa' siempre estaría pa' mí"), Rosalía hizo lo propio echándole en cara cómo el éxito afectó a su romance cantando en La Fama que "es mal amante la fama y no va a quererte de verdad" , pero también dejaba constancia de su doloroso proceso de olvido en Candy: "Ya no te quiero como antes, me rompiste pero solo en parte, llevaba tu esclava para pensarte, pero de olvidarte yo ya hice un arte". El cierre de aquel capítulo parecía llegar en Como un G, donde entonaba a modo de despedida: "no estoy a tu lado pero te deseo paz y libertad".
Ahora, en LUX parece demostrar que ciertas heridas dejan una cicatriz permanente. En Reliquia, Rosalía enumera las ciudades que han marcado su biografía, desliza un verso contundente: "[perdí] un mal amor en Madrid" y la conexión poética con su ex madrileño aún se hace aún más palpable en Berghain (o confusa, según se mire, que luego te contamos), un tema que toma su título de la mítica discoteca de Berlín. Curiosamente, la capital alemana y el tecno fueron el escenario que el propio Tangana evocaba en Demasiadas mujeres al recordar un antiguo amor, pero también el suyo propio, el de otro desencuentro con Emilio Sakraya, con quien vivió un amor fugaz pero germánico (entre Munich, Berlín y Barcelona-, culto pero fou (o locamente pasajero).
El núcleo verdaderamente desgarrador de su música reciente orbita, sin duda, en torno a su relación de cuatro años con Rauw Alejandro. Nos dejaron himnos como Vampiros y Beso, cuyo videoclip de 2023 culminaba con el ilusionante anuncio de su compromiso matrimonial mostrando un deslumbrante anillo de diamantes. Todo se truncó sorpresivamente entre rumores de infidelidad, momento en el que Rosalía emitió un comunicado para proteger a su expareja: "Ni caso a las películas, nosotros sabemos lo que hemos vivido". Ahora, con LUX, Rosalía ha decidido abandonarse a la luz de la verdad (no hay uñas de gel bajo las que ocultarse, ahora lleva manicura francesa…) y ha dejado aflorar sus sentimientos. También su rabia.
El resultado es La Perla, una composición descarnada cuyo título evoca tanto el barrio natal del puertorriqueño en San Juan como un verso de su canción conjunta Promesa: "como una perla que volvió al fondo del mar, si te perdiera, sé que te volvería a encontrar". Considerada por muchos como la versión moderna del clásico Rata de dos patas de Paquita La Del Barrio, la letra es un torrente de reproches. La canción arranca sin concesiones: "Hola, ladrón de paz. Campo de minas para mi sensibilidad. Playboy, un campeón. Gasta el dinero que tiene y también el que no". Rosalía expone sus heridas retratando a su interlocutor como "la decepción local, rompecorazones nacional", un "terrorista emocional" y una "red flag andante".
Con la precisión de un bisturí, aborda las supuestas deslealtades sentenciando que "la lealtad y la fidelidad es un idioma que nunca entenderá" e ironiza sobre los conciertos del puertorriqueño y su peculiar "masterpiece, su colección de bras", en referencia a los sujetadores que le lanzan sus seguidoras. La reacción de Rauw en sus redes sociales publicando el críptico mensaje "No confundan los protagonistas… Esa película pasó hace rato" , fue profetizada de forma brillante por la propia Rosalía en sus versos: "Dirá que no fue él, que fue su doppelgänger".
Y si teníamos poco, con Focu Ranni (el gran incendio, en siciliano) nos descubre su herida más íntima. La más profunda. Quizás por eso la ha dejado para la edición física del disco donde Rosalía llora la boda que jamás llegó a celebrarse. La artista ha confesado que "fue una canción difícil de componer y cantar", pero se siente "agradecida de que exista". En ella, canta con profunda melancolía a la ceremonia perdida: "Ya yo me solté la coleta. Quería ir de blanco y fui de violeta". Asumiendo la ruptura de sus planes de futuro, lamenta que "ya nadie tirará arroz al cielo, ya no habrá borrachera ni flores". El punto final de esta epístola musical hace referencia a la tinta que marcó su piel durante el romance, recordando el nombre de "Raúl" que lleva tatuado bajo el pecho: "Grabé tu nombre en mis costillas, pero mi corazón nunca tuvo tus iniciales".
Un testimonio valiente y vulnerable de una mujer que ama. También a mujeres. Tuya es el testimonio generoso de su relación con Hunter Schafer con quien se ha vuelto a reencontrar en Euforia porque no todo va a ser dolor y despecho. Pero sí arte. Rosalía que a través de sus letras, ha logrado sanar sus cicatrices bajo los focos, demostrando que su musica es, ante todo, su verdad más absoluta.













