Hollywood se estremece una vez más ante la tragedia de los Carradine. Esta vez, el golpe es devastador y dolorosamente inevitable: Robert Carradine, el entrañable padre de Lizzy McGuire, murió a los 71 años tras quitarse la vida después de luchar durante décadas contra un trastorno bipolar que marcó cada paso de su vida. Su muerte no ha sido un hecho aislado, sino el último capítulo de lo que muchos medios han descrito como la maldición de los Carradine, una saga familiar donde el talento convive con tragedias inexplicables, accidentes mortales y enfermedades que parecen repetirse de generación en generación.
Robert, hijo del patriarca John Carradine, uno de los actores más prolíficos del cine clásico estadounidense, creció en Los Ángeles. Su infancia y la de sus hermanos estuvo marcada por tensiones familiares, pérdidas tempranas y conflictos emocionales que dejaron cicatrices profundas.
John Carradine perdió a su propio padre a causa de la tuberculosis y, más tarde, se enfrentó a la muerte accidental de su tercera mujer, Doris Grimshaw, en un incendio doméstica en 1971 por culpa de una colilla mal apagada. También vivió otros matrimonios problemáticos y depresiones que impregnaron la vida familiar de dolor. Desde muy jóvenes, los hermanos Carradine- Robert, Keith y David- se vieron envueltos en un ambiente de talento extraordinario pero también de fragilidad y turbulencia emocional.
La tragedia volvió a golpear en 2009 cuando David, protagonista de la serie de televisión Kung fu, emitida en la década de los setenta, fue encontrado muerto en Bangkok, Tailandia, colgado en un armario con cuerdas alrededor del cuello y otras partes del cuerpo. Las circunstancias desconcertaron al mundo y generaron especulaciones durante años. La autopsia concluyó que se trató de una asfixia accidental durante practicas sexuales peligrosas, aunque la controversia no desapareció y la familia solicitó incluso la intervención del FBI para garantizar claridad y respeto a la intimidad. Este suceso dejó una huella profunda en Robert y en sus hermanos, influyendo en la salud mental de cada uno.
A lo largo de su vida, Robert intentó equilibrar su carrera artística con su bienestar emocional. Su trabajo en cine y televisión, que lo convirtió en un rostro familiar y querido, coexistió con años de lucha interna y episodios de depresión profunda. La presión de crecer en una familia marcada por la fama y la tragedia, y la pérdida de su hermano, contribuyeron a su diagnóstico de trastorno bipolar, una enfermedad que finalmente terminaría venciéndolo. Anteriormente, habia sufrido un grave accidente de coche en Colorado en 2015 que su mujer interpretó —en documentos de divorcio— como un intento deliberado de acabar con sus vidas en medio de un episodio psicótico relacionado con su bipolaridad.
La historia de los Carradine no se reduce a David y Robert. En la tercera generación de esta dinastía actoral -eternamente marcada por las luces y las sombras de la meca del Cine- están figuras como la actriz Ever Carradine, hija de Robert.
Su tributo a su padre tras su suicidio reflejó el impacto que la salud mental de su padre tuvo en todos ellos y subrayó la enorme carga emocional de crecer “en el mismo mundo” que una saga tan histórica. Por otro lado, la también actriz Martha Plimpton, hija de Keith Carradine, relató en una ocasión como recibió un diagnóstico tardío de TDAH a los 50 años.
Con la muerte de Robert, la familia ha pedido respeto y ha buscado convertir su dolor en una lección sobre la importancia de prestar atención a la salud mental. La saga de los Carradine, entre luces y sombras, es un recordatorio de que el talento y la gloria siempre pueden coexistir con el dolor y que las heridas familiares a menudo pesan más que cualquier aplauso.












