Es el hijo mayor de una de las influencers más conocidas de nuestro país, Verdeliss, pero él tiene nombre propio. Hablamos de Aimar Seminario Unzu, un joven que, a su edad, tiene muy claro su propósito, y sigue forjando su camino. Nació en Pamplona, el 30 de septiembre de 2005, y en la actualidad está estudiando Ingeniería Informática, una de sus grandes pasiones. Desde pequeño, le interesaba la tecnología, el razonamiento lógico y la resolución de problemas... Y, con su talento ha llegado a lo más alto.
Hace dos años cuando se proclamó ganador de las Olimpiadas de Informática de Navarra, una competición académica organizada por la Universidad Pública de Navarra que distingue a los estudiantes con mayor talento en programación y pensamiento computacional. Un logro que confirmó lo que su entorno ya intuía: Aimar apunta alto.
Pero reducirle a un expediente brillante sería quedarse corto. Porque si algo define su perfil es el equilibrio entre cabeza y corazón. Quienes le conocen destacan su sensibilidad especial, una empatía que se traduce en hechos concretos. Aimar es, además, voluntario de la Cruz Roja, una faceta que refleja su compromiso con los demás y su capacidad de entrega. No es casualidad que su nombre aparezca con frecuencia en iniciativas solidarias: ayudar forma parte natural de su manera de estar en el mundo. De hecho, en situaciones excepcionales —como el gran apagón que afectó a varias ciudades— no dudó en salir a la calle para prestar apoyo a quienes más lo necesitaban, un gesto que fue recogido por distintos medios y que habla más de él que cualquier premio.
El deporte es otro de sus grandes pilares. Apasionado del atletismo, compite en el Ederki Atletismo de Pamplona, donde entrena con constancia y disciplina. Las pistas y las carreras le han enseñado valores que aplica también a su vida académica y personal: esfuerzo, perseverancia y humildad. Cada competición es un reto consigo mismo, siempre con el respaldo incondicional de su familia desde la grada.
Aimar también conoció pronto el lenguaje de las cámaras. Con apenas 13 años abrió su propio canal de YouTube y alcanzó los 100.000 suscriptores, demostrando naturalidad, carisma y capacidad comunicativa. Sin embargo, lejos de aferrarse a esa visibilidad, decidió dar un paso atrás y apostar por una vida discreta, centrada en su formación y crecimiento personal. Hoy rehúye el foco, aunque sigue siendo una presencia habitual —y muy querida— en las redes de su madre. Cuidadoso con sus hermanos, responsable sin rigidez y reflexivo sin perder frescura, Aimar encarna un perfil poco frecuente: el de un joven brillante que entiende que el talento solo cobra sentido cuando se pone al servicio de los demás. Inteligente, empático y solidario, representa a una generación que avanza con conciencia, demostrando que el futuro no solo se programa con códigos, sino también con humanidad.







