Como incansable viajera, admito que ir en busca de lugares capaces de despertar en mí nuevas emociones es un placer que disfruto. No es fácil que ocurra, pero, incluso cuando piensas que ya lo has visto todo, hay destinos que logran desarmarte por completo. El Parador de Jarandilla de La Vera es uno de ellos.
Descansar entre los muros de un castillo ligado a la historia de Carlos V, despertar con la sierra de Gredos al otro lado del cristal, descubrir una gastronomía con sabor a Extremadura y unas actividades que me han llevado de la contemplación y la calma más inspiradora a la máxima adrenalina han convertido mis últimas 24 horas en una experiencia difícil de comparar. Y, aunque no he venido a abdicar de nada, reconozco que acostumbrarse a vivir como una emperatriz no cuesta demasiado.
Envueltos en historia y rodeados de naturaleza, palmeras, muros centenarios y unas vistas de película desde lo alto, los primeros pasos por aquí bastan para sentir que has viajado a otra época, con todos los lujos del presente.
Antiguo castillo-palacio de los Condes de Oropesa, este edificio de aire medieval fue el hogar temporal de Carlos V antes de instalarse en el monasterio de Yuste, donde pasó sus últimos meses de vida. Todavía hoy, el foso, el puente, las torres y el patio de armas porticado evocan su pasado defensivo. Resulta cautivador descubrir cómo un escenario tan solemne puede resultar, al mismo tiempo, acogedor y actual.
Habitaciones minimalistas con vistas a la montaña y cama king size
Quedarme con un único rincón del Parador, que reabrió sus puertas en 2025 tras su reciente renovación, es misión imposible. La luz que entra por los grandes ventanales, las piezas artesanales y obras de artistas contemporáneos como Lin Calle, Sonia Navarro y Nacho Zubelzu, los escudos heráldicos y las referencias al emperador que colman las zonas comunes y completan ese viaje a través de los siglos son joyas ante las que es imposible no detenerse. Pero el flechazo lo sentí al entrar a la habitación. Me dieron la 211.
Las vistas al pueblo y a la montaña componían una postal que invitaba a no salir de allí. La cama king size, enmarcada por un dosel contemporáneo suspendido del techo que reinterpretaba, con mucha personalidad, el imaginario de los antiguos castillos y un cabecero triangular que era casi una pieza de exposición, añadía un punto escultórico al conjunto.
Me gustó esa manera de entender la elegancia sin excesos: techos altos, iluminación cálida, detalles de rafia, flores preservadas y un armario equipado con todo lo necesario. La estética minimalista no sacrificaba ni un ápice de comodidad. En el baño, los espejos, el doble lavabo y las baldosas de diseño mantenían la misma armonía decorativa que se aprecia en los jarrones y otros elementos de los espacios de paso. Al llegar, además, me esperaba un guiño a la tradición extremeña: mantecados y perrunillas, dos dulces del recetario popular que fueron la bienvenida perfecta.
Un festín de sabores de la tierra
Si hay una manera de conocer un destino es sentarse a su mesa. En la zona exterior del restaurante, entre arcos y con el canto de los pájaros como banda sonora, descubrí una cocina profundamente ligada a La Vera, donde las verduras de la huerta, las carnes de calidad y el pimentón —el célebre oro rojo de la comarca— son los protagonistas, muchos de ellos también presentes en el desayuno buffet.
No te puedes ir de aquí sin probar las patatas revolconas, las migas torneras con huevo de corral, los puerros confitados y la carrillera ibérica al vino de Pitarra. Tampoco el jamón de bellota de la Dehesa extremeña y la selección de quesos regionales. Una curiosidad que me encantó: aquí, la corteza también se come. El bacalao merece una mención especial: aunque Extremadura no tiene costa, este pescado lleva siglos formando parte de su cocina gracias a la salazón, que permitía conservarlo y transportarlo hasta las poblaciones del interior.
Naturaleza, artesanía y un microclima singular
Si bien descubrir el Parador es un viaje en sí mismo, más allá de él, las posibilidades son infinitas. Muchas de las experiencias que propone el establecimiento, dentro de su iniciativa Naturaleza para los Sentidos, buscan precisamente acercar al viajero al paisaje, la cultura y los oficios tradicionales de la comarca.
Para conocer de primera mano la zona, me subí a un 4x4 de Action Vera, la mejor forma para adentrarse en los caminos rurales y llegar a algunos de los rincones más auténticos. Entre robledales, nogales y castaños, me enamoré de este paisaje de mosaico salpicado de pequeñas explotaciones familiares, olivares, puentes medievales y gargantas que conducen sus aguas hasta el río Tiétar.
El guía me habló del microclima singular de esta comarca, resultado de la humedad que llega desde el norte y la influencia del sol del sur. La abundancia de agua explica sus numerosas piscinas naturales y charcas, ideales para los meses de verano, pero también la riqueza agrícola de este rincón cacereño.
Nunca había estado tan cerca de los cultivos de pimiento para pimentón, un producto cuya historia se remonta a finales del siglo XV. El pimiento con el que se elabora llegó a España procedente de América tras los viajes de Cristóbal Colón y fueron los monjes del Monasterio de Guadalupe quienes comenzaron a extender su cultivo por la comarca. Con el tiempo, el secado y ahumado de los pimientos con leña de encina o roble dio lugar a ese aroma tan característico que hoy distingue al Pimentón de La Vera y que le ha valido el reconocimiento de la Denominación de Origen Protegida.
Terminé mi jornada en Villanueva de La Vera, donde se ubica Cerámica Delacava, el taller artesanal de Emma y César, donde el barro, los engobes y los esmaltes se transforman en piezas inspiradas en la naturaleza del entorno. Allí, imparten pequeñas formaciones a particulares, una actividad para desconectar por completo.
De regreso a Jarandilla, el lugar seguía ofreciendo motivos para disfrutar de la escapada: un paseo por sus calles y su patrimonio, continuar la Ruta del Emperador hasta el monasterio de Yuste con parada en Aldeanueva de La Vera y visitar Cuacos de Yuste. Y así me despedí de la mejor forma de la comarca.
Me llevo el recuerdo de una habitación que invitaba a alargar la mañana, el sabor del pimentón recién descubierto sobre el terreno y la imagen de los arcos del Parador iluminados al caer la noche. También la certeza de que, a veces, los mejores viajes no necesitan demasiados días, sino un lugar que merezca la pena exprimir de verdad. Carlos V encontró en Jarandilla una parada antes de su último destino. Yo he encontrado una muy buena excusa para regresar a La Vera. La próxima vez, eso sí, me reservo algo más de 24 horas.














