Hay un momento preciso al atardecer en el que la luz dorada que baja desde los Obarenes incendia las piedras de Haro. Es un instante fugaz, casi un suspiro, donde la ciudad parece detenerse, suspendida entre el rumor del río Ebro y la inmensidad de un mar de viñedos que la abraza. Estamos en La Rioja Alta, en ese punto geográfico privilegiado que coquetea con las fronteras de Burgos y Álava, donde la tierra es generosa y regala viñas que hoy son célebres en el mundo entero.
A menudo, el viajero llega a Haro con la mente puesta en las barricas de roble, atraído por su merecido título de 'Capital del Rioja'. Sin embargo, basta poner un pie en la Plaza de la Paz para comprender que, aunque el vino es el hilo conductor, el tejido de la ciudad está hecho de mucho más: de arquitectura noble, de arte contemporáneo que dialoga con el pasado y, sobre todo, de una revolución gastronómica que está redefiniendo el mapa culinario de este rincón de España.
Patrimonio jarrero
Antes de entregarnos a los placeres del paladar, es obligado perderse por el trazado de su casco antiguo. En Haro las piedras hablan de dos épocas doradas. Por un lado, la explosión comercial de finales del siglo XIX, que trajo el ferrocarril y fue pionera en el alumbrado eléctrico; y por otro, mucho antes, un pasado señorial que sembró la villa de casas nobles que narran historias de antiguos linajes.
El Palacio de Bendaña, con su impresionante galería mudéjar del siglo XV, o el Palacio de los Condes de Haro, son testigos mudos de ese esplendor. El estilo plateresco se entrelaza con el barroco en fachadas donde los escudos nobiliarios presumen ante el paseante. En este diálogo de estilos, es imprescindible detenerse ante el Ayuntamiento, que preside la Plaza de la Paz. Esta magnífica obra civil del siglo XVIII, coronada por el escudo de la ciudad y reformada bajo la batuta del célebre arquitecto Ventura Rodríguez, es un símbolo de la prosperidad ilustrada de la villa.
Pero si hay un faro que guía los pasos en Haro, esa es la torre de la parroquia de Santo Tomás Apóstol. Ubicada a los pies del cerro de la Mota, esta construcción es un prodigio de equilibrio que se alza desafiante, acompañando a la brillante portada plateresca tallada por el genio de Felipe Bigarny. Más íntima, pero igualmente sobrecogedora, es la basílica de Nuestra Señora de la Vega. Situada en los jardines del mismo nombre, custodia la imagen de la patrona de la ciudad. Su interior barroco es un refugio de penumbra y oro, un contrapunto necesario al bullicio de las calles aledañas.
Además de estas obras del pasado, la ciudad sigue vibrando hoy con intervenciones artísticas actuales que sorprenden en cada esquina. El Museo del Torreón (temporalmente cerrado, por ampliación), ubicado en los antiguos restos de las murallas medievales, es el mejor ejemplo de esta simbiosis: viejas piedras defensivas que hoy protegen creaciones de arte contemporáneo.
El arte aquí también sale al encuentro del caminante. Paseando por el centro, uno se topa con esculturas que rinden homenaje a los oficios y a la mitología del vino, recordatorios en bronce de que la cultura en Haro es algo que se toca y se vive. Y para quienes deseen profundizar en el alma líquida de la región sin descorchar aún una botella, el Centro de Interpretación del Vino ofrece un viaje didáctico imprescindible para entender por qué este suelo calcáreo y arcilloso es único en el mundo.
Del tapeo de La Herradura a la vanguardia de Nublo
A medida que el sol cae, el olfato y el estómago guían hacia La Herradura. Así llaman los locales al entramado de calles –con la de Santo Tomás como arteria principal– que conforman la zona de tapeo por excelencia. Es el corazón social de Haro. Aquí el aire huele a pimiento asado, a champiñón a la plancha y a alegría compartida. Es el reino del chiquiteo, del pincho rápido y la charla animada.
En este ecosistema gastronómico conviven instituciones centenarias como Terete, que desde 1877 ha mantenido inalterable la liturgia del cordero asado en horno de leña, con nuevas propuestas. Sin embargo, en los últimos tiempos, el foco gastronómico de Haro ha virado, buscando una profundidad y una sofisticación que van más allá de la tapa tradicional. Y el epicentro de este terremoto culinario tiene nombre propio: Nublo.
Si La Herradura es el bullicio, Nublo es la calma. Ubicado en un imponente palacio del siglo XVI en la plaza de San Martín, este restaurante no es solo un lugar donde se sirve comida; es una declaración de intenciones. Conseguir una estrella Michelin y dos soles Repsol en una localidad como Haro no es solo un premio al talento, es un hito que coloca a la ciudad en la liga de los grandes destinos gastronómicos de Europa.
Al cruzar el umbral de Nublo, el comensal percibe de inmediato que está en un lugar diferente. No hay estridencias. Las paredes de piedra desnuda, restauradas con un respeto reverencial, y las luces cálidas y suaves envuelven un espacio donde el tiempo parece tener otra densidad. Al frente de este proyecto se encuentra Miguel Caño, un chef que, tras años curtiéndose en la exigente cocina de Mugaritz, sintió la llamada de la tierra, el deseo de volver a casa para contar su propia historia.
La propuesta de Nublo es radical en su sencillez: fuego y tiempo. En una era dominada por la tecnología, Caño ha desterrado el gas y la electricidad de sus fogones. Aquí se cocina como se hacía hace quinientos años, pero con la técnica y la sensibilidad del siglo XXI. "Es una cocina de limitaciones autoimpuestas", suele comentar Miguel Caño, refiriéndose al desafío de domar las brasas. El fuego es el protagonista absoluto. Todo pasa por la parrilla, por la cocina económica y por el horno de leña, recuperando aromas atávicos que conectan directamente con la memoria emocional del comensal.
La experiencia en Nublo es un baile pausado. Los platos llegan con una estética depurada, minimalista, donde el ingrediente principal brilla sin disfraces, acariciado por el humo y el calor de la leña de encina o sarmiento. La bodega, como no podía ser de otra manera en Haro, es un santuario, pero con una mirada abierta que va más allá de la D.O. Rioja, buscando vinos con alma que dialoguen de tú a tú con la cocina de humo y brasa.
Pero la inquietud de Miguel Caño no se detiene en la alta cocina. Entiende la gastronomía como un ecosistema vivo que debe nutrir a su comunidad. De esta filosofía nace su proyecto más reciente y entrañable: una panadería artesana que no tardará en abrir sus puertas. Consciente de la dificultad de encontrar pan 'de verdad', Caño ha decidido elaborarlo él mismo, utilizando masas madre y fermentaciones lentas, siguiendo la misma filosofía de paciencia que aplica en Nublo. Lo hermoso de esta iniciativa es que no es exclusiva para su restaurante; su objetivo es que los vecinos de Haro y otros establecimientos de la zona puedan volver a disfrutar del pan cotidiano de calidad, ese que cruje y alimenta. Es, en esencia, un regalo de Nublo a su pueblo.
Los Caños: donde todo empezó
Justo al lado de esta sofisticación estelar, encontramos el origen de todo: el restaurante Los Caños. También bajo la batuta de Miguel, este establecimiento fundado por sus abuelos en 1930 es el guardián de la memoria. Ubicado en el mismo recinto palaciego, es un espacio con solera, donde se respira la historia de varias generaciones dedicadas a la hostelería.
Comer en Los Caños es un acto de fe en el producto de temporada y en la cocina de mercado bien entendida. Es el lugar perfecto para una comida más informal, pero de altísima calidad, o para disfrutar de ese ambiente de bar clásico que tanto gusta. Y, como toda casa con historia, tiene sus anécdotas. La más querida por los locales es la visita anual de un caballo y su jinete –y los miembros de una cofradía– al interior del restaurante. Sí, han leído bien. Cada mes de junio, con motivo de las fiestas patronales, se cumple fielmente esta tradición insólita que convierte el comedor en un escenario casi surrealista, inmortalizado año tras año en fotos que visten los muros del restaurante.
La excelencia en Haro no se limita a los fogones. La despensa riojana tiene aquí embajadores de excepción. Imposible hablar de sabor local sin mencionar los quesos de Lácteos Martínez. Bajo su marca Los Cameros, esta quesería familiar lleva décadas elevando el arte del queso a otro nivel. Su secreto reside en el mimo: cortezas naturales que no se pintan ni se enceran, sino que se consiguen a base de “baños” de aceite de oliva y cepillados constantes. El resultado son quesos que saben a lo que tienen que saber, a leche y a campo, premiados internacionalmente y que son el acompañamiento perfecto para cualquier vino de la zona.
Y hablando de aceite, he aquí una curiosidad que sorprende a muchos. En una tierra de monocultivo de vid, Malzapato emerge como una deliciosa rareza. Se trata de un Aceite de Oliva Virgen Extra elaborado también por la familia de Lácteos Martínez, fruto de olivos que crecen estoicos entre viñedos.
La Milla de Oro del vino
Ningún viaje a Haro estaría completo sin peregrinar al Barrio de la Estación. Es, sencillamente, un lugar único en el mundo. Ninguna otra ciudad concentra tal número de bodegas centenarias en tan poco espacio. Caminar por aquí es viajar en el tiempo, entre raíles de tren y arquitecturas industriales del siglo XIX que cobijan millones de litros de vino soñando en silencio.
Entre estos templos del vino, destaca la imponente presencia de CVNE (Compañía Vinícola del Norte de España). Visitar sus instalaciones permite entender la magnitud del negocio del vino. Su famosa 'nave Eiffel', diseñada por el estudio del célebre ingeniero francés, es una catedral de metal donde las barricas descansan libres de columnas, un hito de la ingeniería de su época que aún hoy impresiona por su modernidad y funcionalidad.
CVNE ha sabido reinventarse sin perder su esencia. Sus visitas guiadas no son meros trámites turísticos; son inmersiones en la historia de una familia y una región, que culminan siempre con catas que educan el paladar. En agosto de 2025 inauguraron un nuevo winebar, un espacio diseñado para disfrutar del vino de una forma más relajada, perfecto para descansar tras la visita y dejar que los matices del Imperial (su vino insignia), el Monopole (la marca de blanco más antigua de España) o el Viña Real nos cuenten sus secretos.
Y si el viajero tiene la suerte de visitar Haro en fechas señaladas, descubrirá la faceta más festiva del vino. Desde la locura púrpura de la Batalla del Vino –una fiesta de Interés Turístico Nacional donde miles de personas se arrojan litros de vino en los Riscos de Bilibio en una catarsis colectiva de alegría– hasta la exclusividad de La Cata del Barrio de la Estación. Este último evento se ha convertido en una cita ineludible para los amantes del vino a nivel mundial, una jornada donde las grandes bodegas abren sus puertas y descorchan sus mejores joyas, agotando entradas año tras año en tiempo récord.



















