La jornada comenzaba esta mañana con la inesperada decisión sobre la asistencia de la princesa Mette-Marit para recibir a los reyes Felipe y Matilde de Bélgica, quienes han dado inicio a una histórica visita de Estado, enmarcada en los escándalos que sacuden a la monarquía noruega. No obstante, entre todo ello también hay cabida para las imponentes tiaras que evocan una historia compartida y en las que Matilde y la reina Sonia se han convertido en protagonistas de la cena más comentada de la realeza europea.
Mette-Marit, la gran ausencia de la noche
"Sé que nuestra querida princesa heredera hubiera querido estar esta noche con nosotros. Desafortunadamente no puede asistir por sus problemas de salud", ha comenzado la cena con estas palabras del rey Harald, desvelando —como estaba previsto— que la princesa no estaría presente en el banquete de Estado, aunque añadiendo un especial guiño hacia quien un día será reina de los noruegos. Para la ocasión, la reina Sonia ha desempolvado una de las joyas más imponentes del joyero real de Noruega. Se trata de la Tiara de perlas de la reina Maud —y también princesa de Gales, al ser hija del rey Eduardo VII del Reino Unido—, que llegó a la Corte en el momento en el que la misma pronunció el 'sí, quiero' al que posteriormente se convirtió en el rey Haakon VII. Un regalo que se produjo tras la boda en 1896, y que tras convertirse en reina de Noruega en 1905 pasó a formar parte de las joyas reales de Noruega. No obstante, los diamantes de esta imponente pieza tuvieron que trasladarse a Inglaterra tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, aunque la reina Maud nunca más pudo disfrutar de ella debido a su muerte. Y precisamente esta pieza regresó a Noruega, aunque en 1995 fue enviada a Londres nuevamente para su limpieza a la casa creadora Garrard: allí fue robada, desapareciendo para siempre.
La pieza que ahora luce la reina Sonia —y otros miembros de la familia real como Mette-Marit— es una réplica que la propia casa diseñadora creó para la familia real y que ahora forma parte del joyero más emblemático de la reina Sonia.
La tiara más íntima de la reina Matilde
Por su parte, la reina de los belgas ha lucido una de sus piezas más habituales: la Tiara de las Nueve Provincias. Compuesta en diamantes, debe su historia a la reina Astrid de Suecia. Y es que, una vez más, el amor se convierte en motivo del aumento de alhajas en los joyeros. Tras su matrimonio con Leopoldo de Bélgica en 1926, el gobierno belga obsequió a su nueva princesa heredera con esta impresionante pieza que puede convertirse en gargantilla e incluso pulsera. No obstante, esta pieza se posó por primera vez en la testa de la princesa en 1927, durante el Baile de la Gran Armonía.
Sin embargo, la pieza va acompañada de una tragedia implícita. Esta pieza pasó de reina en reina tras la muerte de la reina. Astrid vivía un día de vacaciones, rozando la perfección de un amor casi de ensueño. Aquel día, Leopoldo III decidió conducir él mismo. Acostumbrado a un séquito que atendía cada una de las necesidades de su entorno, vivió esa elección como si fuese la primera vez. Pero perdió el control del coche: Astrid, asustada, abrió la puerta y saltó. Trágicamente, el destino desarrolló una respuesta casi impensable: la reina chocó contra un árbol. Aquella mujer de 29 años, que parecía tener el mundo a su alcance, murió al instante. El rey Leopoldo —prisionero de los nazis— volvió a enamorarse, esta vez de la princesa Lilian, una mujer británica de familia política. Esta nueva presencia en la Corte belga se hizo con la tiara que un día fue regalo de bodas, aunque solo utilizó una de sus partes, la banda serpenteada. Más tarde, esta espectacular pieza volvió a brillar en los banquetes de Estado sobre la testa de la española Fabiola de Mora y Aragón, quien, tras contraer matrimonio con el rey Balduino, se convirtió en reina de Bélgica.
Tras pasar por el cabello de la reina Paola, la tiara ha llegado a manos de la reina Matilde, quien, con la sencillez característica de la monarquía belga, la luce como si, de forma intrínseca, formase parte de ella.
Mette-Marit, en su momento más delicado
Una de las claves de esta cena, donde reside el foco más mediático, es la presencia de la princesa heredera, quien en los últimos meses se ha convertido en protagonista debido a sus vínculos con el magnate Epstein y también al proceso judicial al que su hijo Marius Borg se somete y que ha puesto de relieve su presencia pública tras su última entrevista en la televisión pública de Noruega, donde reconoció ser culpable de haber sido "manipulada y engañada", advirtiendo que "no tengo ninguna culpa en esta situación". El Departamento de Justicia de Estados Unidos desclasificó un conjunto de correos electrónicos que desvelaban una relación cercana con el magnate. "Epstein era muy amigo de un buen amigo mío, así que me lo presentaron a través de conocidos en común", aunque sin revelar quién fue ese "buen amigo" que se lo presentó.
No obstante, su presencia no estaba prevista. De hecho, ha sido hoy, en el último momento, cuando la Casa Real ha decidido que la princesa estuviese presente en el recibimiento a los reyes de Bélgica. Todo ello a causa de su fibrosis pulmonar, enfermedad que sufre desde hace años y de la que ha experimentado un deterioro en las últimas semanas.










