Hace solo dos semanas el rey Harald de Noruega estaba ingresado en un hospital de sur de Tenerife a causa de una infección y con síntomas de deshidratación. Su médico personal, el doctor Bjørn Bendz, y los principales medios del país aterrizaron en la isla canaria en cuestión de horas ante el temor de que se repitiera lo que sucedió en Malasia en el año 2023, cuando padeció un rápido empeoramiento cardiaco que le llevó a la implantación de un marcapasos temporal y a regresar en Oslo en un avión medicalizado de las fuerzas armadas de su país. En esta ocasión el panorama fue completamente distinto: en dos días recibió el alta y continúo con sus vacaciones junto a la reina Sonia. Ahora reaparece en el Palacio Real de Oslo e intenta normalizar la agenda institucional mientras la crisis interna se agrava.
El rey de Noruega ha reaparecido este jueves para unas audiencias regulares en el Palacio, antes de asistir al Festival de Esquí de Holmenkollen el sábado y el domingo, un desplazamiento que según la prensa noruega será su primera salida de palacio desde que regresó a Oslo el pasado fin de semana y que hará con la reina Sonia. Además el sábado contará con la asistencia del príncipe Haakon. Hay que recordar que después del susto de Malasia, el rey Harald verbalizó en público su deseo de aminorar la marcha. El rey dejó claro que era de los que moría con las botas puestas, ya que abdicar no es una opción en su casa, pero que sí necesitaba pasar a un segundo plano. Entonces era el momento en el que el príncipe Haakon y la princesa Mette-Marit tenían que dar un paso al frente y asumir las responsabilidades para las que se entendía que se habían preparado. Esta fue la teoría, pero la realidad fue por otro lado y, tres años después, cuando el rey ya tiene 89 años, sigue sin conseguir un ritmo de trabajo más acorde a su edad, en parte, porque él y la reina Sonia son los únicos que ha día de hoy cuentan con el respaldo de la ciudadanía.
Los dramas palaciegos que se han ido acumulando en los últimos años han sumido a la institución en una crisis sin precedentes en una monarquía que fue elegida mediante voto en 1905 -con el abuelo del rey Harald al frente- y que se convirtió en un símbolo de la independencia de la Noruega moderna. Los últimos escándalos han ido desangrándola de un modo cada vez más grave, ya que cada "trama" es peor que el anterior: a nadie le preocupan ya los negocios de Marta Luisa de Noruega y el chamán Durek Verret cuando los documentos oficiales publicados por el Departamento de Justicia de los Estados Unidos muestran que la futura reina del país, la princesa Mette-Marit, tenía una relación más estrecha, larga y cómplice con Jeffrey Epstein, el magnate condenado por tráfico sexual infantil, de lo que ella había contado. Un vínculo sobre el que todavía no se han dado explicaciones oficiales parapetándose en el delicado estado de salud que atraviesa la princesa, que se comunicó el 19 de diciembre, el mismo día en Estados Unidos expiraba el plazo fijado para la publicación de los más de tres millones de archivos que han venido a sacudir a las élites de un modo que pasará a la historia.
De forma paralela, Marius Borg, el hijo mayor de Haakon y Mette-Marit, es decir el hermano de la futura reina, la princesa Ingrid, se encuentra en su sexta semana de prisión preventiva mientras continúa en el Tribunal del Distrito de Olso un juicio sin precedentes. 38 cargos, 10 de ellos relacionados con delitos sexuales, uno de drogas y varios por agresiones y amenazas, se están juzgando en un proceso sumamente mediático debido a la vinculación con la realeza noruega, a la que el joven de 29 años ingresó con cuatro, cuando su madre se casó con el príncipe heredero.
Con este panorama, ¿qué le queda al rey vikingo?
Con este panorama, ¿qué le queda al rey vikingo? Una etiqueta, la de vikingo, más cultural y simbólica que biólogica, ya que su dinastía sí tomó el nombre de esos primeros reyes vikingos y guerreros, aunque su adn, igual que su linaje real, es danés y británico... Ahora mismo al soberano tiene que seguir llevando el peso de la institución: asumir el peso de la agenda oficial, de la jefatura del Estado, de la Casa Real y de la dinastía, ya que con las encuestas en la mano, los noruegos están de su parte pero no prestan el mismo apoyo a la siguiente generación. Al viejo rey se le han hecho realidad sus peores temores. Harald, que es un soberano que sí da entrevistas de forma regular y también ha publicado memorias y biografías, contó en una ocasión, antes de que comenzara todo esto, que una de las enseñanzas de su padre, el rey Olaf, es que la pieza más importante de una familia real nunca es el rey, es el príncipe heredero. Esta doctrina, que durante una entrevista paso inadvertida, encierra mucha verdad, como ahora se demuestra.
Es posible que esta crisis, que algunos medios del país apuntan a que también es interna, en el sentido de que las relaciones familiares comienzan a congelarse, sea el mayor desafío de un rey al que se le presumía un reinado apacible. En ese sentido, teniendo en cuenta que su abuelo (Haakon VII) fue un rey electo que vino desde Dinamarca y tuvo que ganarse la Corona, mientras que su padre (Olaf V) lideró la resistencia durante la Segunda Guerra Mundial y luego reinó en solitario, tras la prematura muerte de su esposa.
Frente a esas trayectorias marcadas por la épica y la adversidad, Harald (tercera generación de su dinastía) ha disfrutado de un reinado mucho más tranquilo. Soberano de un país con una economía rica y uno de los estados de bienestar más avanzados del mundo, Harald parecía destinado a cerrar su etapa con la serenidad que había caracterizado sus décadas en el trono. Sin embargo, su gran prueba ha llegado ahora, en un momento que inevitablemente coincidirá con el final de su reinado, obligándolo a afrontar su propia tormenta justo cuando él pedía calma.










