La monarquía hereditaria más longeva de la historia humana ahonda sobre unas raíces dinásticas que van forjándose ahora con la nueva generación real como protagonista. En plena reforma de la Ley de la Casa Imperial, que continúa alejando del Trono del Crisantemo a la princesa Aiko, la hija de los emperadores de Japón ha protagonizado su reaparición más esperada en un entorno solemne que la acerca como la emperatriz soñada. De impoluto blanco, falda al vuelo y perlas sobre su clavícula, ha respondido a una tradición milenaria que anuncia el proceso de reconstrucción del Gran Santuario de Ise, cumpliendo con el estricto protocolo de la monarquía nipona.
La tradición de trece siglos que une pasado y futuro
La princesa Aiko se ha trasladado desde el Palacio Imperial de Tokio —residencia oficial de los Yamato— hasta Ise, prefectura de Mie, para participar en las extensas celebraciones con motivo de la reconstrucción de los Grandes Santuarios de Ise, un destacado complejo de santuarios sintoístas cuya reconstrucción se realiza cada veinte años. Una tradición que se lleva repitiendo desde hace 1.300 años, lo que ha convertido a la hija de los emperadores Naruhito y Masako en la auténtica protagonista de un gesto milenario que ha dejado una simbología detrás de cada detalle protagonizado por la primogénita de quienes ostentan la Corona nipona. Fiel al ceremonial de la Casa Imperial, la princesa ha vuelto a confiar en el mismo atuendo y las mismas joyas que ya había lucido en una anterior aparición oficial, reflejando la continuidad de un protocolo que apenas deja espacio para la improvisación.
Se trata de uno de los actos representativos más destacados del Trono del Crisantemo, pues el santuario de Ise es considerado como una de las ubicaciones sagradas dentro del sintoísmo, entre otras cuestiones porque es allí donde se encuentra localizado el Espejo Sagrado, uno de los tres tesoros sagrados de Japón, cuya atribución se encuentra ligada al primer emperador japonés. Y es que ser la monarquía hereditaria más longeva de la historia humana conlleva, entre otras cuestiones, atesorar historias únicas que se ven representadas a través de los mencionados tesoros. El espejo es uno de estos tres, simbolizando la sabiduría, aunque guardando una leyenda sobre su propia representación, en la que se dice que fue utilizado para sacar a la diosa del sol, Amaterasu, de una cueva.
Este Espejo Sagrado se complementa con los otros dos grandes tesoros, como son la espada Kusanagi, símbolo del valor, y la joya Yasakani no Magatama, asociada a la benevolencia y a la legitimidad de la Casa Imperial. De ahí la importancia de este acto y de la representación de Aiko, pues los santuarios Interior y Exterior, cuyos orígenes se remontan a hace 2.000 años, se reconstruyen cada dos décadas, y la próxima reforma está ya muy cerca. Será en el año 2033 cuando dé inicio la gran reconstrucción de los santuarios. Sin embargo, los preparativos ya han comenzado de la mano de Aiko, quien, vestida con un impoluto diseño en blanco marfil, confeccionado en texturas ligeras y de una destacada austeridad, ha vuelto a reflejar un estilo que ya es símbolo de las damas del Trono del Crisantemo.
Una ceremonia llena de símbolos dinásticos
La princesa ha querido hacer de este rito la permanencia de una tradición intacta, aunque desvelando una evolución que poco a poco se va consolidando en la dinastía de los Yamato. La elección del atuendo en blanco no resulta casual, pues en Japón es el color que representa el significado más profundo de la pureza y la renovación, simbolizando así una defensa de la reconstrucción de los santuarios, en espíritu del Shikinen Sengu —una de las ceremonias religiosas más importantes del sintoísmo japonés—, cuyo concepto central es la renovación periódica de los santuarios. Un evento tradicional que ha protagonizado con guantes y unas perlas que reposaban sobre su clavícula, siendo estos elementos naturales la joya "oficial" de las damas imperiales por la elegancia que transmiten sin ostentación.
La visita, que ha durado varios días, llamó la atención de cientos de ciudadanos ante la repentina aparición de la princesa en uno de los metros públicos de la ciudad, donde tomó uno de los trenes para conocer la experiencia del día a día de los japoneses y dar inicio, de esta forma tan simbólica, a una visita que comenzó en los talleres para, al día siguiente, protagonizar la ceremonia que ha dejado imágenes para la posteridad. Fue en el Santuario de Ise donde presentó sus respetos a la deidad Amaterasu para, después, presenciar el Kawabiki —el tradicional arrastre de los troncos por el río—, donde participó junto a cientos de ciudadanos tirando de la cuerda que guía la madera hacia una reconstrucción que ya forma parte de la historia. Una visita que desvela los estrechos vínculos de la Casa Imperial con el Santuario de Ise, considerado el lugar más sagrado del sintoísmo, y que marca el inicio de una reconstrucción que comenzará en 2033.








