Kate Middleton es hoy la figura con mayor impacto público de la realeza británica, mujer y madre de los futuros reyes del Reino Unido. Parte de su éxito, dentro de la compleja casa Windsor, es precisamente el no haber nacido como una Windsor, generando una mayor cercanía y conexión que muchas princesas de cuna. Retomar el papel de Princesa de Gales, con todo lo que implicaba la figura de Diana, no era fácil, pero como duquesa de Cambridge aprendió el valor de esperar el momento y ahora es su turno. Tras el parón obligado por el cáncer, Kate Middleton activa la fase más delicada de su trayectoria: la búsqueda de un espacio donde ejercer liderazgo y construir un legado que vaya más allá de la Corona británica.
La princesa de Gales acaba de regresar de su primer viaje internacional en cuatro años: en solitario y sin carácter oficial, es decir, no fue un viaje a petición del Ministerio de Exteriores, sino a propuesta de su fundación. Kate recorrió la región italiana de Reggio Emilia para conocer un sistema pedagógico que potencia la creatividad y curiosidad innata de los niños, parte de un proyecto para la Primera Infancia que forma parte del trabajo de la Fundación Real, la organización que aglutina las distintas iniciativas filantrópicas de los príncipes de Gales. Este viaje, dentro de una agenda que se calcula al milímetro y muy a largo plazo, es mucho más que un viaje de dos días, es el modo de dar a conocer una nueva etapa profesional que es genuinamente suya y que posiblemente sea su gran legado como princesa.
Ser príncipes británicos no es suficiente
En esta era ser príncipes británicos no es suficiente, sobre todo teniendo en cuenta que el Reino Unido ya no goza de la relevancia que tenía antes, sin embargo, Guillermo y Kate sí que pueden conseguir esa relevancia internacional si se convierten, títulos al margen, en líderes globales por derecho propio. Esta estrategia es la que está desarrollando el príncipe Guillermo, asesorado por un equipo de relaciones públicas que apuestan por pocas iniciativas pero bien enfocadas, como es el tema de la vivienda y la salud mental dentro del Reino Unido, para lo cuál cuenta con la posibilidad de vender sus propios terrenos del Ducado de Cornualles, o los premios Earthshot, que se han convertido en un escaparate itinerante que le están posicionando como un actor válido en materia ambiental.
Quizá de un modo más profesionalizado y ajustado a los nuevos tiempos, el príncipe Guillermo hace lo que ya hizo el rey Carlos III, posiblemente el que mejor conozca los desafíos de ser príncipe de Gales, ya que ocupó este rol durante más de seis décadas. No deja de ser una cuenta atrás en el que se está mucho más expuesto, ya que tradicionalmente se tiende a cuestionar mucho más a la figura del heredero, eso sin olvidar que se debe encontrar un equilibrio delicado, ni eclipsar ni volverse irrelevante. Carlos III encontró un estilo propio, que fue cambiando a lo largo de los años, pero desde luego pasará a al historia por estar entre los primeros en hablar de cambio climático, conservacionismo, protección y reformas en las industrias mucho antes de que esos conceptos fueran objeto de debate y arriesgándose a perder esa neutralidad política que exige su papel.
Años decisivos en una cuenta atrás antes de un reinado propio
Análizando la trayectoria de ambos príncipes de Gales, la finalidad de esta etapa es evidente: son años decisivos para encontrar un espacio propio y definir qué pueden aportar antes de que el peso institucional y la agenda que marque el Gobierno británico lo ocupe todo. Pero, ¿qué pasa con ellas? ¿qué pasa con las princesas de Gales? El desafío todavía es mayor ya que les acompaña una verdad estructural, aunque sean las más populares, tanto Diana como Kate, son princesas consortes y su papel institucional está totalmente ligado a su matrimonio. Una papel conjunto que Guillermo y Kate hacen de modo infalible para todo lo que son actos vínculados a la jefatura del Estado o labores tradicionalmente de la realeza: recibimiento a mandatarios extranjeros, cenas de gala, eventos relacionados con el mundo militar o eclesiástico, imposición de decoraciones y todo tipo de compromisos enmarcados en la liturgia monárquica tradicional.
Sin embargo, igual que Guillermo ha desarrollado un perfil propio, Kate, que durante el reinado de Isabel II se ajustó a los tiempos y necesidades de esa era, apuesta por una estrategia similiar: crear un legado que le pertenezca y represente por derecho propio. Este proyecto, el relacionado con alternativas pedagógicas para la Primera Infancia, lleva a la princesa de Gales a un terreno nuevo y en el que puede posicionarse como líder con capacidad de influencia, muestra el trabajo que lleva haciendo en los últimos años. De hecho, muestra de que todo estaba trazado cuando el cáncer congeló su agenda, es que la primera reunión de trabajo que mantuvo después de terminar con la quimioterapia, en septiembre de 2024 y tras nueve meses retirada, fue precisamente con miembros de la Fundacion Real para la Primera Infancia con el fin de impulsar estos proyectos.
Su verdadero poder emerge cuando actúan desde una identidad propia
La necesidad de que Kate construya un espacio propio no es nueva en la monarquía británica; la historia demuestra que las consortes que logran definir una identidad reconocible amplifican su papel dentro de la institución y que su verdadero poder emerge cuando actúan desde una identidad definidas por ellas mismas. Lo hizo la Reina Madre durante la Segunda Guerra Mundial y lo hizo Diana de Gales cuando demostró que su influencia era mucho mayor de lo que la institución había imaginado. A lo largo de los años la princesa Diana mostró distintas facetas de su personalidad, pero nunca reveló tanto como en su último año de vida cuando más presencia internacional tuvo y se vinculó a causas impensables entonces para un miembro de la realeza como la lucha para frenar la estigmatización de los pacientes de Sida o la campaña para eliminar minas antipersona.
La nueva princesa de Gales se mueve en un escenario rádicalmente distinto, ya que, además de contar con el apoyo del príncipe Guillermo y de toda la institución, ha apostado por causas que no generan polémicas, tienen un consenso positivo y no pisan la agenda de otros miembros de la realeza, un terreno seguro desde el que empezar a construir la identidad pública que quiere que la acompañe cuando llegue el momento de ser reina.











