Cuando Isabel II murió el 8 de septiembre de 2022 no solo terminó un reinado legendario: también se cerró una etapa en la que las relaciones familiares habían funcionado bajo parámetros del siglo pasado, cuando ser muchos parecía una fortaleza. El fallecimiento de la soberana, que este 21 de abril habría cumplido cien años, abrió una nueva dinámica dentro de la realeza británica, redefiniendo los vínculos entre los Windsor y, sobre todo, redistribuyendo una nueva jerarquía, poder y popularidad de sus miembros. Tras un breve espejismo de unidad, la era de Carlos III ha estado marcada por una desintegración familiar que ha dado paso a la nueva familia real. El proceso se produjo por fases: primero, el regreso de los York a la familia; después, el refuerzo de la autoridad de los Gales; más tarde, el cáncer del soberano como punto de inflexión en su relación con Harry, el cáncer de la princesa de Gales como catalizador de sus prioridades; y, finalmente, la consolidación de una estructura renovada, con reglas, tradiciones y parámetros que ya no se parecen a la arquitectura familiar que Isabel II y el duque de Edimburgo construyeron. En apenas tres años, la monarquía británica ha pasado de la estabilidad casi inamovible a un escenario en el que cada pieza se ha recolocado.
El espejismo de la unión
La imagen de los príncipes Guillermo y Kate, caminando junto a los duques de Sussex en el Castillo de Windsor cuando solo habían pasado dos días de la muerte de Isabel II se interpretó como lo que fue: un ejercicio de unión y cordialidad en honor a la soberana. Entonces se habló de un posible acercamiento, un fenómeno que experimentan muchas familias en el momento de una pérdida. Aquella tregua duró lo que duraron las despedidas. Guillermo y Kate ya no eran los duques de Cambridge: eran los nuevos príncipes de Gales, con nuevas obligaciones, un papel reforzado y una autoridad renovada también a nivel dinástico. Dicho de otro modo, Guillermo y Harry habían dejado de ser los nietos de Isabel II: Guillermo era ya el heredero, y Harry, ocupaba un lugar periférico en una estructura que se reconfiguraba sin contar con él.
El comienzo de una nueva era
Carlos III accedió al trono con 73 años, en medio del duelo nacional y bajo una expectación global, y con la intención de ejercer un estilo propio. Desde el principio, el nuevo soberano se mostró más cercano, flexible y emotivo, dejando ver que los viejos códigos habían pasado a la historia, modernizando todo lo posible una estructura de naturaleza medieval (como fue su propia coronación, en la que introdujo distintos líderes religiosos y una apertura sin precedentes) y sin ejercer la autoridad familiar de un modo rígido, algo que solo funcionó muy al principio.
El retorno de los York y su caída final
Como jefe de la Casa Windsor, Carlos III se vio ante el reto inmediato de colocar a cada miembro de la familia en su sitio. Lo hizo desde el primer minuto, invitando al balcón del Palacio de Buckingham solo a quienes tendrían un papel en su reinado. El tiempo demostró que Isabel II no le había dejado un camino especialmente despejado: aunque expresó su deseo de que Camilla fuera reina y redujo el número de miembros con funciones institucionales, dejó en manos de su hijo un desafío mayor, el de mantener al príncipe Andrés alejado de la vida pública.
En un momento de desconcierto, con Carlos III y la princesa de Gales ya afectados por la enfermedad, se produjo un retorno de los York tan inesperado como incómodo. Los duques de York reaparecieron en actos de gran visibilidad -desde la Navidad en Sandringham hasta el funeral en Windsor en memoria del rey Constantino de Grecia- mientras en la prensa británica se filtraban todo tipo de informaciones sobre la guerra entre hermanos: Carlos III exigía obediencia dinástica y un traslado a una residencia más modesta, y Andrés parecía dispuesto a evidenciar en público que no aceptaba la autoridad de su hermano mayor.
Lo que no se pudo resolver por las buenas, se resolvió por las malas. Cuando el Departamento de Justicia de Estados Unidos publicó los nuevos archivos del caso Epstein, tanto el príncipe Andrés como Sarah Ferguson se quedaron sin margen de maniobra. Carlos III fijó las condiciones que marcaron la caída definitiva de su hermano, incluido la retirada de títulos y su mudanza, cerrando un capítulo que llevaba años contaminando la imagen de la institución.
Una segunda oportunidad para Harry
Si bien en los actos relativos al fallecimiento de Isabel II al príncipe Harry y a Meghan Markle se les brindó un lugar amable, reconociéndoles sus derechos y manteniendo el orden de precedencia de la línea sucesoria, el reinado de Carlos III comenzó de forma completamente distinta. En la Coronación, el príncipe Harry fue tratado como un invitado más y no como el hijo del rey, un gesto que llamó especialmente la atención porque a los hijos y nietos de la reina Camilla sí se les otorgó un lugar destacado, pese a no tener funciones institucionales. Tom y Laura ocuparon la primera fila y Harry la tercera.
La enfermedad de Carlos III y el final de los procesos judiciales del príncipe Harry en el Reino Unido contribuyeron a enfriar la tensión. Y fue entonces, el pasado septiembre, cuando se produjo una imagen inédita: el príncipe Harry entrando en Clarence House para ver a su padre con la intención explícita de recuperar la relación familiar.
La nueva familia real y sus reglas
De forma paralela, los nuevos príncipes de Gales y duques de Cornualles, título aparejado al del heredero de la Corona británica y que convirtió al príncipe Guillermo en uno de los hombres más ricos del país, han ido ocupando su papel en el reinado de Carlos III. Guillermo y Kate cumplieron con todos los deseos, costumbres y maneras de gestionar la institución de Isabel II y lo hicieron hasta el final. Sin embargo, tras la muerte de la soberana, los príncipes de Gales comenzaron a desplegar su estrategia profesional y familiar.
El príncipe Guillermo comenzó a descargar su agenda de viejos patrocinios heredados y de actos de representación que no encajaban con su visión de una monarquía moderna, para centrarse en proyectar una imagen global de hombre de Estado, líder en materia medioambiental y futuro rey. La enfermedad de Kate también llevó al matrimonio a priorizar el tiempo en familia y la crianza de sus hijos por encima de las obligaciones públicas y de la tradicional imagen de sacrificio, un modelo que el propio Guillermo vivió de primera mano durante su infancia.
La fotografía de esta nueva familia real la completan dos casas que no compiten ni por jerarquía ni por protagonismo: la princesa Ana (valiente, pragmática y leal) y los nuevos duques de Edimburgo, los príncipes Eduardo y Sophie. Ambos han sabido moverse siempre en un segundo plano, una posición en la que nunca encajaron los duques de Sussex, y ofrecen a Carlos III y a los príncipes de Gales un apoyo seguro, institucional y familiar, necesario en un reinado que pese a su corta duración ha enfrentando muchos desafíos.














