A sus 62 años, la condesa Alexandra de Frederiksborg, antes princesa de Dinamarca y madre de los príncipes Nicolai y Felix, ha vuelto a España para uno de sus planes favoritos: recorrer el Camino de Santiago. En su cuenta de Instagram ha compartido un álbum extenso de imágenes del recorrido, donde se aprecia no solo la belleza del camino, sino también su estilo personal. La condesa apuesta por las minifaldas como parte de su ropa de peregrinaje, una elección que ya es casi una seña de identidad en sus caminatas.
Durante una década, Alexandra fue uno de los rostros más visibles de la Casa Real danesa. Nacida en Hong Kong y educada en el extranjero, llegó a Dinamarca en 1995 para casarse con el entonces príncipe Joaquín. Como princesa, desempeñó un papel activo en la agenda institucional y se convirtió en una figura clave.
Tras su divorcio en 2005, Alexandra mantuvo el título de condesa de Frederiksborg, un gesto excepcional que reflejó el reconocimiento institucional a su labor y a su papel como madre de dos príncipes. Desde entonces, ha construido una vida alejada del protocolo, pero no más privada, ya que, con su capacidad para reinventarse, ha dado entrevistas de forma periódica, ha participado en algún documental y siempre ha estado muy activa en redes sociales, aconsejada por su hijo mayor, el príncipe Nicolás, que tiene una larga carrera ya como influencer.
La nuera de la reina Margarita ha convertido el Camino de Santiago en un ritual personal, un espacio de introspección y resistencia física que le permite reconectar consigo misma. Este septiembre ha recorrido 160 kilómetros en siete días, una hazaña que ella misma ha documentado con imágenes. "Algunos viajes te transforman por el camino", escribe en su publicación. Su hijo Nicolás, siempre atento a los pasos de su madre, reaccionó al instante: "Parece un viaje fantástico".
Lo que más llama la atención en ese álbum es la estética tan personal con la que la condesa Alexandra afronta cada etapa del Camino de Santiago. La que fuera princesa danesa apuesta por minifaldas como parte de su ropa de peregrinaje, una elección poco habitual en rutas de larga distancia, que combina con botas de montaña gruesas, una mochila ligera que sugiere que no lleva todo su equipaje encima, y una serie de complementos para protegerse del sol: distintos gorros, gorras y pañuelos. Tampoco le faltan los bastones ni la tradicional concha del peregrino, el símbolo más universal y representativo del Camino de Santiago, con un significado que abarca aspectos históricos, prácticos y espirituales.
No es la primera vez que Alexandra emprende esta ruta. El año pasado caminó 242 kilómetros en 11 días, una experiencia que narró con humor y honestidad: ella y su compañera de viaje terminaron recorriendo 32 kilómetros el primer día por culpa de una dirección equivocada. Aquel día superaron los 40.000 pasos y acabaron yéndose directamente a dormir después de masajearse los pies. Este nuevo viaje confirma que el Camino se ha convertido en una tradición personal. Su vida ya no está definida por la agenda real, pero sí por una identidad que combina su pasado como princesa de Dinamarca, su presente como madre de dos príncipes y su futuro como una mujer que sigue explorando quién es más allá de la institución.









