En la decoración de una boda no hay normas escritas y por eso, lejos de toda superstición, hay quienes se atreven con mezclas creativas que, aunque poco habituales, pueden funcionar a la perfección. De este tipo fue la elección de Andrea, una novia sevillana que recurrió al amarillo para vestir los diferentes escenarios de su gran día. “Empezamos a mirar tableros de Pinterest, a guardar ideas y poco a poco encontramos la clave: flor de la manzanilla, margaritas, eucalipto, limones, candelabros y velas blancas… Todo lo que tuviera relación con el amarillo y con esa sensación que queríamos transmitir”, nos cuenta.
Lo que la Feria de Sevilla unió
Antes de adentrarnos en el relato sobre el montaje decorativo de su ‘sí, quiero’, preguntamos a esta recién casada cómo comenzó todo, qué hay detrás de su historia de amor. Nuestra protagonista conoció a su ya marido Blas por amigos en común y enseguida le encandiló su capacidad para hacerla reír. “Siempre me encantaba estar con él porque me lo pasaba increíble. Aunque tampoco quería reconocer mucho que me gustaba. Cosas de la edad. Teníamos unos veinte años y me daba hasta cosa decirles a mis amigas que me gustaba”, reconoce entre risas.
La química era evidente y la Feria de Sevilla terminó por unirlos. La pareja permaneció junta desde aquel momento y su amor creció. Además, antes de casarse, llegó su mejor regalo. “Hemos vivido todas las etapas posibles de una relación de diez años: nos conocimos siendo casi unos niños, hemos viajado, hemos conocido el mundo juntos, nos fuimos a vivir juntos y después llegó una de las etapas más bonitas de nuestra vida: el nacimiento de nuestra hija Martina”.
En un primer momento, su entonces novio era reacio a una boda grande, pero parecía un paso natural en su relación. Convivían, tenían un piso en común y un nuevo miembro a la familia. Sin embargo, faltaba este paso y recordarlo es algo que emociona mucho a Andrea. “Y cuando llevábamos ocho años juntos llegó la sorpresa. Me pidió matrimonio en la Feria de Sevilla, el lunes del 'Pescaíto' y lo hizo justo en el mismo sitio donde ocho años antes nos habíamos dado nuestro primer beso. Y aunque yo podía pensar: ‘algún día pasará’, tengo que decir que me sorprendió completamente porque no tenía ni idea. Fue uno de esos momentos que cuando pasan piensas: qué bonito que haya sido aquí”, admite.
Casarse a principios de primavera
Su gran día llegó el 7 de marzo. “La ceremonia fue en la Iglesia de la Sed, en Sevilla, a la una de la tarde, y después celebramos el cóctel, el almuerzo y la fiesta en la Hacienda Villanueva del Pítamo”. Este espacio lo descubrieron gracias a su suegra, quien estuvo anteriormente en el mismo, en otro enlace, y siempre imaginó ahí la boda de la pareja. “Me enamoré, literalmente no vi más haciendas. Todo pasó muy rápido porque justo una semana después de pedirme matrimonio llamamos para coger cita”, asegura.
“Me enamoró ese estilo andaluz, los detalles tan cuidados y, sobre todo, algo que para nosotros era muy importante: que siendo preciosa también se sintiera acogedora. Nosotros queríamos una boda pequeña, de unas 125 personas, porque teníamos claro que queríamos estar rodeados solo de los nuestros y disfrutarlo de verdad, sin compromisos y sintiendo que todo el que estaba allí se alegraba realmente por nosotros”.
Los novios confiaron en el trabajo de Lucía García, de Amor y Flores. A esta wedding planner le están verdaderamente agradecidos, por su asesoramiento con proveedores, tiempos y trámites. Su consejo con respecto a los invitados también fue muy apreciado por nuestros protagonistas. “Además, en nuestro caso fue todavía más importante, porque teniendo una niña pequeña me era imposible dedicarle a la boda todo el tiempo que merecía”, desvela.
Detalles de la organización
“Lo bonito es que nunca sentí que estuviera sola organizando una boda. Siempre sentí que alguien iba por delante de nosotros guiándonos y haciendo que todo tuviera sentido”, comparte. La única duda para la pareja llegó con la hora loca, pues su wedding planner aconsejaba contratar este servicio, pero Blas no lo veía claro. Finalmente, se alegró de tomar la decisión correcta: “Entre Lucía y yo terminamos convenciéndolo. Y tengo que decir que llevábamos razón. La organizó Algaventos Premium y fue una auténtica pasada. Fue uno de esos momentos en los que ya todo el mundo estaba completamente entregado, disfrutando y dándolo todo”, asegura.
Amarillo para la decoración de la boda
El punto de partida de la decoración era en realidad un mar de dudas para la novia. “Cuando llegó el momento de pensar la decoración, yo tenía algunas ideas, pero sentía que no terminaban de bajar. Al principio le planteaba a Lucía colores burdeos, tonos más invernales y cosas más profundas”. Pero estos no eran los colores que verdaderamente le encajaban. “Recuerdo perfectamente que en una reunión de decoración Lucía me dijo: ‘Andrea, el amarillo es el color que estás buscando’”, rememora.
Esta tonalidad, de repente, le fascinó. Se pusieron manos a la obra para dar forma al montaje decorativo de sus sueños. En Pinterest localizaron grandes ideas: “flor de la manzanilla, margaritas, eucalipto, limones, candelabros y velas blancas… Todo lo que tuviera relación con el amarillo y con esa sensación que queríamos transmitir. Porque al final queríamos reflejar ese momento tan concreto: cuando el invierno se está yendo y empieza a llegar la primavera”.
Como nuestra protagonista se dedica al marketing y al diseño, decidió preparar ella misma toda la papelería nupcial. “Invitaciones digitales, cartelería, seating y muchísimos detalles”. Justo sobre el seating plan cuenta que apostaron por nombres de bares para las mesas, donde habían vivido grandes momentos con sus personas favoritas.
Para rendir homenaje a los que ya no estaban, la novia creó unas bonitas láminas. “Hice detalles en acuarela sobre papel verjurado y pusimos frases en las mesas que reflejaban sentimientos hacia las personas que estaban sentadas allí. Frases como: Vivir así es morir de amor; Se nos sale el amor por el borde de nuestras copas; Sí a todo, si es juntos. Y hubo un detalle especialmente bonito que estaba en todas las mesas. Una lámina que decía: Hoy no hay ninguna mesa vacía”. Un guiño en honor al padre del novio y a las abuelas de Andrea.
Proveedores y saber hacer
Del catering se encargó Antonio Bort y el aperitivo comenzó a las 3 de la tarde, dos horas después del inicio de la ceremonia religiosa. Todo fue muy fluido gracias a la buena comunicación de la zona.
“Y una cosa muy especial para mí fue que me arreglé en la propia hacienda. Entonces, antes de irme a la iglesia, pude salir y ver cómo estaba quedando todo. Ver el sol, la decoración floral y sentir que ya estaba pasando… fue increíble. No era la emoción de llegar a la boda, era la emoción de salir ya vestida, camino de ver a mi futuro marido sabiendo que todo lo que habíamos imaginado estaba delante de mí”, apunta.
Andrea recuerda con especial ilusión la semana previa a los preparativos del gran día. Fue entonces cuando hizo balance de todo lo que habían vivido y pudo disfrutar hasta la llegada de su enlace. "Y luego llega el día y pasa algo rarísimo: pasa lentísimo y rapidísimo a la vez", apostilla. Si tuviera que quedarse con un momento, sin duda sería con el instante en el que le dedicó un detalle a su padre, que es un amante de la poesía. "Nosotros decidimos sentarnos solos en la mesa nupcial y en un momento me levanté, me fui hasta donde estaba él, me senté a su lado y le leí una poesía que había escrito para él. Y cuando terminé, le regalé mi ramo. Yo quería hacerlo casi sin que nadie se diera cuenta, algo muy nuestro y muy íntimo… pero fue imposible", relata. El resto de invitados también se acercaron y se emocionaron.
Amarillo, también, el ramo
Del color no apto para supersticiosas llevó esta sevillana, igualmente, su ramo de novia. Desde el pueblo de Los Palacios, Floristería Mariló se encargó de que el diseño floral casara con el resto de decoración de la jornada. La propuesta incorporaba manzanilla, margaritas y pequeñas flores amarillas. Para atarlo, escogieron una cinta de lino bordada a mano de Bordaeta: "llevaba nuestros nombres, la fecha y pequeñas margaritas bordadas alrededor".
Un diseño desmontable
Para el vestido de novia se puso en manos de José Luis Zambonino, al que llegó por consejo de su wedding planner. El andaluz fue la mejor opción para ella, tras haber investigado activamente en redes sociales y haber acudido a diferentes ateliers reconocidos. El estilo que la definía estaba dentro de su taller. "Creo que parte de la magia estuvo precisamente ahí, en dejar espacio para sorprenderme. Más que inspirarme en un vestido concreto, me inspiraba cómo quería sentirme ese día. Quería verme cómoda, reconocible y sentir que seguía siendo yo".
Un recuerdo emocionante
"Mi padre tiene una enfermedad y utiliza silla de ruedas. Durante mucho tiempo estuvimos buscando la manera de que pudiera llevarme al altar. Había días en los que conseguía ponerse de pie y los dos teníamos la ilusión de pensar: ojalá podamos hacerlo juntos. Lo intentamos muchísimo, pero unos meses antes de la boda tuvo una recaída y ya era imposible. Así que finalmente fue mi madre quien me acompañó. Y lo bonito fue que ella llevaba viviendo la boda conmigo muchísimo tiempo antes de ese día. De hecho, fue la única persona que vivió conmigo todo el proceso del vestido porque a las pruebas solo venía ella. Nadie más vio el proceso. Porque además de ser mi madre, también es una de mis mejores amigas".















