Entre las novias con looks nupciales muy virales, lejos de lo que pudiera pensarse, también hay recién casadas que nunca se imaginaron cómo sería su estilismo y al comenzar el proceso estaban verdaderamente perdidas. María fue una de ellas y para su boda en Alicante comenzó la búsqueda del look de manera muy diferente a como lo suelen hacer las prometidas. “Cuando Giovanni me pidió matrimonio, tuve un ‘problemilla’: no me gustaban los vestidos de novia que veía”, confiesa. Y es que no era fácil dar con una pieza que verdaderamente le entusiasmara: “Soy muy sencilla y clásica, y nada encajaba conmigo”.
Frente a los diseños repletos de detalles, nuestra protagonista imaginaba otra cosa para un momento tan especial, algo más liviano y minimalista. Se dio cuenta, entonces, que un patrón se repetía en su búsqueda de inspiración. “Empecé a investigar en Pinterest, para identificar qué me gustaba y qué no y me di cuenta de que todas las imágenes que guardaba pertenecían al mismo sitio: la firma Cortana”, reconoce. La distancia no supuso un impedimento para descubrir el taller de la firma: “No lo dudé. Cogí un tren junto con mi madre y nos fuimos a Madrid. Y allí me enamoré de todos sus diseños”.
La sencillez como punto de partida
Admite esta alicantina que al comenzar el proceso “no lo tenía del todo claro, aunque sí sabía lo que me gustaba y lo que no, que ya es mucho. Buscaba algo sencillo, atemporal y con personalidad”. Pero, cita a cita, dieron forma al resultado final, compuesto por tres piezas. El diseño de Cortana se componía de dos piezas de líneas limpias: un top sin mangas y con corte a la cadera y una falda con silueta A y algo de volumen, estilo globo. Un conjunto realizado en lino y seda.
Un vestido de la abuela convertido en chaqueta
“La idea inicial cambió por completo cuando apareció en escena el vestido de novia de mi abuela paterna. A partir de ese momento, todo el look empezó a construirse en torno a esa pieza tan especial”, nos explica. El look de su abuela se convertiría, tras la intervención de la madre de la novia, en una chaqueta bordada en tul de seda. Era un diseño de 1956, con la firma de Monic Atelier, que María decidió llevar para el momento de la ceremonia y fue el centro de todas las miradas.
La prenda estrella, sin duda, era esta chaqueta. Así relata cómo dio con ella: “durante la búsqueda, mis tías me enseñaron el vestido de mi abuela paterna con el que se casó en 1956. Siempre me ha emocionado la idea de mezclar piezas con historia con otras más actuales, así que me lo probé y fue un flechazo absoluto. Las mangas, la cola, el bordado… tenía una delicadeza difícil de explicar”.
Su abuela falleció 45 años antes del ‘sí, quiero’ y junto a su madre, nuestra protagonista se planteó cómo podía reutilizar una creación tan especial. “El vestido reflejaba el paso del tiempo —algún enganchón, el tono ligeramente envejecido—, pero seguía siendo una auténtica joya. Mi madre hizo un trabajo increíble: lo restauró con muchísimo cariño y respeto por la pieza original. Finalmente decidimos abrirlo siguiendo la línea de botones para transformarlo en una especie de chaqueta”, apunta.
Lograron un acabado espectacular que fascinó a esta estilosa novia. Habían conseguido, con esta remodelación, incorporar un detalle con historia al estilismo y hacerlo de una forma elegante y equilibrada. “Un puente entre generaciones y una forma muy íntima de llevar a mi abuela conmigo”, apostilla María.
Joyas con presencia
Dado que hizo un guiño en clave de moda a su abuela paterna, también quiso hacérselo a su abuela materna, a quien perdió en la infancia. “Llevé unos pendientes que mi abuelo le regaló en su pedida, muy especiales para mí”, nos cuenta. Lo que más difícil le resultó fue combinar esas joyas con una gargantilla, un accesorio tendencia que le apetecía llevar. “Finalmente la encontré una semana antes de la boda en Due Joyitas, y las chicas fueron encantadoras enviándomela a tiempo”, dice.
Para no sobrecargar el resultado, se decantó por unos zapatos blancos, unos stilettos perfectos como fondo de armario. “Elegí unos Loewe de líneas clásicas y atemporales, que me enamoraron por su diseño limpio y elegante. Más tarde, para la finca, me cambié a unas alpargatas de Castañer para estar más cómoda”, comparte.
Notas exóticas para el diseño floral
En blanco fue también el ramo de novia que lució en su gran día. María confió en el trabajo de Mamen Blasco desde el primer momento. Buscaba que fuera un diseño floral de tallo largo y las orquídeas fueron las elegidas en una creación de tintes exóticos y con cascada. “Al principio pensé en calas, pero finalmente me decanté por orquídeas, las mismas flores que llevó mi madre en su ramo de novia”, matiza.
El detalle final que completaba el estilismo era su look de belleza, luminoso y que potenciaba su piel de aspecto bronceado, combinado con un moño nudo. “Quería un look en la misma línea que el vestido: clásico, elegante y muy natural, sin excesos. Tanto Iván de Sagoa como Raquel Castillo supieron captar perfectamente la idea”, agrega.
Un amor de estudiante
Cuando le preguntamos a esta alicantina cómo conoció su marido, nos desvela que fue estudiando, pero con una historia de película. María Romeu Escorial vio por primera vez a Giovanni Di Franco, su ya esposo, de origen italiano, en una formación. “Nos conocimos en Valencia. Ambos somos odontólogos y yo estaba realizando un máster de cirugía en el que Giovanni era profesor”, revela.
Tras aquel primer encuentro surgió el amor y su relación creció con el paso de los meses y años hasta llegar su esperado compromiso. “Llevábamos cinco años en ese momento y fue una decisión mutua para formalizar nuestra relación y dar un pasito más”, recuerda.
La elección del templo, repleta de simbolismo
La pareja contrajo matrimonio el 11 de Octubre de 2025 en Alicante. Para la ceremonia religiosa escogieron la Basílica de Santa María, un lugar con gran importancia para la novia: “donde me bauticé y donde también se casaron mis abuelos paternos”. Y es que la elección de aquel escenario cerraba el círculo: “fue especialmente emotivo porque, de alguna manera, llevaba el mismo vestido que mi abuela había llevado 70 años antes en esa misma iglesia”.
“Mi marido es italiano y, por suerte, el sacerdote hablaba italiano, así que la ceremonia fue bilingüe, un detalle precioso que hizo el momento aún más especial”, asegura.
La naturaleza como espacio
Para la posterior celebración, se decantaron por la belleza de Finca El Limonar, que era la casa de los abuelos paternos de la novia. Ahora este espacio está dedicado a eventos: “Para mí era el único lugar posible: es donde he crecido, donde están muchos de mis recuerdos y donde todo tiene un significado”. El entorno dejó maravillados a todos sus invitados, por sus jardines y sus rincones. “Llenos de historia familiar —como la colección de cactus que cuidaba mi abuelo y que formó parte del escenario de nuestras fotos—. Esto hizo que la boda tuviera un carácter muy íntimo y auténtico. Poder compartir ese lugar con todos nuestros seres queridos fue, sin duda, uno de los mayores regalos del día”.
La anécdota de la jornada
"El día anterior declararon alerta roja en Alicante por fuertes lluvias, con riesgo real de tener que cancelar la boda. El cóctel era completamente al aire libre, con muchas estaciones (porque me encanta el momento aperitivo), así que la incertidumbre fue máxima hasta el último momento. Por suerte, conté con Montoro Catering, que para mí es el mejor catering de Alicante y me trasmitieron muchísima tranquilidad: me aseguraron que podíamos mantener el plan A hasta esa misma mañana y, si era necesario, adaptar todo rápidamente dentro de la carpa. Incluso ese mismo jueves llovió muchísimo y algunas zonas llegaron a inundarse. Recuerdo que esa misma semana pedí a todas mis amigas que encendieran velas blancas, imaginando el sol que quería que nos acompañara ese día y convencida de que no caería ni una sola gota".
"Probé todos los rituales posibles: velas blancas, huevos a las clarisas, cubiertos en cruz en zona que diera el sol, quemé laurel toda la semana pidiendo por el sábado… ¡Y de alguna manera, funcionó! El día de la boda no cayó ni una sola gota. Ahora bien, no sabemos cuál de todos los rituales funciona de verdad, aunque nos gusta pensar que hubo alguien cuidando de nosotros desde arriba", señala.
Habiendo pasado el tiempo y con la emoción del día, María no se atreve a escoger un único instante. "Me resulta imposible quedarme con un solo momento. Lo recuerdo como un conjunto de instantes muy especiales", reconoce.
Decorar con piezas con esencia
Los novios no quisieron contar con wedding planner para organizar su boda, por lo que el proceso fue algo estresante, pero emocionante a partes iguales. Para coordinar el día de la boda sí que contrataron a María José Borja, que veló por un resultado a su gusto. En lo relativo a la decoración, el punto de partida era bastante bueno, puesto que había una vegetación abundante. “Quería algo sencillo pero con personalidad”, apostilla María.
Se decidieron por mesas largas onduladas y rectangulares y los postes de la carpa los camuflaron para que pareciesen árboles. A modo de rincón de bienvenida, colocaron una mesa antigua con jarrones de barro y damajuanas, vestidos con hortensias verdes y blancas, olivo y amaranthus. “El seating plan lo hicimos con el esqueleto de un níspero de mi abuelo, lo que le daba un significado muy especial”, sostiene. Para lograr el efecto deseado fue vital el apoyo de Montoro Catering, “que entendió perfectamente el estilo que queríamos y lo llevó a la perfección”.
En la memoria de nuestra protagonista se anclaron momentos emotivos, pero, sin duda, si tuviera que quedarse con algún detalle de la jornada, sería la suerte de contar con tantos invitados entregados. "Fue increíble reunir a toda la familia y amigos de Italia, Madrid y de distintos lugares. Sentir que todos habían venido para acompañarnos lo hizo aún más especial", concluye.




























