Hay bodas marcadas por el espíritu de los novios y luego está la de Laura y Jack, una pareja unida frente a la distancia que se casó en Barcelona y celebró un enlace con guiños a Italia. “Como una destination wedding, pero por casualidad”. Con estas palabras define esta novia la experiencia de su gran día. La pareja se conoció a los 13 años: “Mis padres me enviaron un verano a aprender inglés a Estados Unidos con una familia. Me llevaron a un cámping al lado del lago y ahí fue donde lo vi por primera vez”.
Un amor a dos lados del Atlántico
La suya es una historia de cuento, pues por aquel entonces nuestra protagonista leía los libros de Percy Jackson y aquel adolescente era muy parecido al personaje. “Fue un flechazo. A pesar de no hablar demasiado ese verano (estábamos los dos muy nerviosos), mantuvimos el contacto escribiéndonos cartas y luego por redes sociales”, recuerda. Siete años más tarde, coincidieron en el último año de universidad. “Jack vino a Barcelona para que arregláramos ‘lo nuestro’. Ya éramos mayores y nos dimos cuenta de que pensábamos el uno en el otro mucho más de lo necesario”, reconoce.
Laura Leonelli es periodista especializada en interiorismo y escritora (su poemario Lo que queda cuando te vas es su obra debut) y en común con su ya marido, Jack Ryland (que ejerce como Manager de Operaciones), tiene el hecho de haber crecido en una familia muy numerosa. “Yo soy la pequeña de seis hermanos. Jack viene de una gran familia numerosa de nueve hijos, con muchas hermanas y es uno de los menores”, nos explica.
Su amor fue viento en popa tras aquel viaje de reencuentro y comenzaron una relación a distancia durante tres años, entre Nueva York, Madrid, Virginia y Barcelona. “Hasta que me pidió matrimonio un frío diciembre en un banco justo enfrente de la iglesia donde luego nos casaríamos nueve meses más tarde”, rememora.
Estos novios querían hacer frente a las barreras de extranjería y dejar atrás la distancia para iniciar una nueva vida. “Casarnos fue la decisión que tomamos juntos para formalizar nuestra relación y darlo todo el uno por el otro. Jack se mudó conmigo a Madrid por mi trabajo, pasamos por el largo y complejo proceso de inmigración y finalmente trabaja y reside oficialmente en España”, apunta Laura.
Un enlace con guiños internacionales
El gran día llegó finalmente el 6 de septiembre, un guiño a sus familias: “siempre habíamos pensado que casarse un 6/9 sería muy divertido”. Para la ceremonia religiosa optaron por un enclave histórico, el Monasterio de Sant Cugat de Barcelona, un escenario con más de 10 siglos de antigüedad. “Un conjunto románico del siglo IX–XII con uno de los claustros mejor conservados de Cataluña. Celebrar nuestra unión en un lugar con tanta historia nos pareció un privilegio. Yo soy de Sant Cugat de toda la vida y mi hermano mayor se casó en la misma iglesia hace diez años”, relata.
La celebración se desarrolló en otro espacio con encanto: Masia Rosàs, tras la colina del Tibidabo de Barcelona. Estaba ubicada a tan solo 15 minutos en coche de la ceremonia, lo que facilitó el transporte de los invitados. “Me encanta la calidez del color de la fachada, sobre todo de noche, lo envuelve todo en un amarillo anaranjado que recuerda al sentimiento de estar frente a una chimenea en invierno. Además, el interior es totalmente rústico, con vigas vistas de madera durante el baile y arcos y puertas de paso originales que romantizan el ambiente”, defiende Laura.
“Mi marido es estadounidense, de lo que ellos llaman ‘the D.C. area' y elegir lugares con historia y siglos de antigüedad es una opción que ellos no tienen en su país. Quisimos darle a los invitados un pedazo de la historia y la vida en Europa, en España y en Cataluña. A mí me robó el corazón poder ver Montserrat desde el aperitivo en la masía. El día de la boda atardeció con el sol pegadito a las montañas y el cielo del color del fuego, la vista era digna de postal”, rememora.
La novia, la responsable de la decoración
Los escenarios fueron escogidos con sumo mimo por nuestros protagonistas y de la decoración de la jornada se ocupó la propia Laura. La minuta, los meseros, el seating plan, la elección cromática y la papelería fueron sus tareas principales. "Creo que la decoración de una boda debe representar a la pareja que se casa, por eso decidí encargarme de todo”, nos cuenta. El concepto en el que se basaron fue floral rústico chic, que ella misma planteó en un moodboard: “escogimos un carrito de madera típico de granja y sobre él colocamos las cestas con distintos tipos de flores y plantas. Sobre ellas ubicamos el número de mesas para el seating plan”.
En lo relativo a la minuta, apostaron por pequeñas ilustraciones de acuarela de alimentos y propuestas de la gastronomía local. La gran revolución llegó con los meseros, el detalle favorito de esta estilosa recién casada: “contenían una foto nuestra en la edad del número de la mesa. Es decir, la mesa 1 con fotos de nosotros con 1 año, una al lado de la otra, y así hasta la 18, nuestra mayoría de edad. Las mesas de la pubertad lo pasaron en grande riéndose de nuestra incomodidad”.
Para decorar las mesas eligieron manteles y servilletas en blanco roto, sillas y bajoplatos de bambú y vasos, flores y velas de colores “con distintas alturas, para construir una sensación de 'caos deliberado’”, señala. Todas ellas piezas de Abanik y del catering Sibaris. El objetivo, reconoce nuestra protagonista, era poner una nota europea en un enlace repleto de estadounidenses. “Queríamos que se sintieran como invitados en una villa italiana, por eso lo hicimos fuera, como una reunión de viejos amigos en la terraza de una villa en La Toscana. ¡Todo el encanto europeo agrupado en una sola noche!”, comparte.
El toque dulce, una tarta coqueta
“El pastel fue una parte entrañable. Hacía tiempo que ya no veía tartas en las bodas a las que voy y me daba mucha pena. Le pedí a una amiga repostera que me hiciese un pequeño pastel minimalista. Aparte, otra amiga nos tomó fotos al instante con una cámara Polaroid, que colocamos sobre y alrededor del pastel. ¡El resultado fue muy íntimo y especial!”, revela.
Nos dice Laura que el proceso de sentar a los invitados fue muy divertido: “¡nos lo pasamos bomba mezclando amigos y nacionalidades, todos pudieron practicar su inglés!”. Pero, para que los novios no entrasen en pánico, hubo una gran aliada que facilitó el trabajo de organización de este ‘sí, quiero’. La pareja se puso en manos de Marry Marta, pues Jack se encontraba en el extranjero y Laura estaba hasta arriba de trabajo. “Nos une el hecho de haber ido al mismo colegio y haber trabajado juntas en varias actividades de Alumni, era un match del destino”, admite sobre esta wedding planner.
La importancia del menú de boda
Dado que había muchos invitados que no eran españoles, la apuesta culinaria era un factor de gran relevancia para este matrimonio. La idea era sorprender a los estadounidenses y para ello dispusieron diferentes bocados y tapas típicas. Además, “tuvimos cuatro rincones gastronómicos destacados: de embutidos y quesos (con buenos fuets y 'pa amb tomàquet'), de paella y fideuá, de tortilla de patata (con una a la trufa buenísima) y de croquetas (mención a la de rabo de toro)”. Buscaban convertir el menú en toda una experiencia de gastronomía española. “Como guinda, no faltaron las gildas ni el vermú. El aperitivo contó con una guitarra española en directo interpretando clásicos de flamenco”.
“El regalo para las madres fue un pack de vela y jabón de LOEWE y para los padres un porta-pasaportes de piel marcado con sus iniciales, hecho a mano en uno de los ateliers del barrio gótico de Barcelona”, señala.
Lo más especial de la jornada
Si tuviera que quedarse con algún momento clave del día, sería con los instantes que pasó caminando desde su casa al altar. Sus hermanas mayores ejercieron de damas de honor y su padre también la acompañó. “Mi familia vive en la plaza de la ciudad, a uno o dos minutos de la iglesia, por lo que no nos hizo falta transporte”, describe. Para ella era importante esta escena, a pesar de que todo el mundo les miraba a su paso. “Fue bastante vergonzoso, pero volvería a hacerlo”. La belleza de las imágenes hace que el recuerdo permanezca mucho más bonito: “Fue de película”.
Además, no desaprovecha la ocasión de contar la historia de su padre. “Con sombrero panamá a juego con la corbata y el pañuelo. Tiene ascendencia italiana y en las fotos, se nota. Su padre, ingeniero mecánico, vino a Barcelona desde Italia después de la Segunda Guerra Mundial y fundó la marca Leonelli, de piezas electromecánicas para la industria de la motocicleta, fomentando su auge en España acompañado de marcas míticas como Montesa, Bultaco o Ossa. Mi padre continuó el legado”.
Los detalles de su look sencillo
Aunque la decoración estaba marcada por el color y los contrastes, Laura supo desde el principio que el suyo sería un vestido minimalista, cómodo y fluido. Se decidió por Otaduy porque encontró una amplia gama de opciones que encajaban en su estilo. “Visité su primera tienda y taller en Barcelona antes de su mudanza y me enamoré. Me encanta su look alternativo pero atemporal, quería algo sexy, aunque sencillo, y sin pecar de ‘simplón’”, nos cuenta.
Para presumir de clavículas, optó por un vestido de tirante fino y de tejido satinado, una textura que le fascina por su brillo y suavidad, que contaba con un pronunciado escote en V. “No quería sentirme como mi madre, pero tampoco demasiado contemporánea como para arrepentirme al echar la vista atrás de aquí a unas décadas”, apostilla.
Kate Moss como inspiración
El punto de partida en la búsqueda de sus prendas de colección fue una inspiración. Si bien esta novia estilosa no tenía claro qué quería, sí solía formular una pregunta: “Me decían: ‘¿Qué tipo de vestido buscas?’. Y yo respondía con: ‘¿Esto se lo pondría Kate Moss después de un día de playa en Ibiza?’”. Le buscaba el atractivo effortless que siempre ha caracterizado los estilismos de la modelo. ”Buscaba una sensación más que un vestido”, admite.
Cuando le consultamos acerca de si llevó un segundo look para la fiesta, nos explica que su elección era desmontable. “El tejido del vestido es piel de ángel en tono marfil y llevé una capa 100% de seda que dejaba entrever el escote y los hombros, le daba un misterio magnético. ¡Me encantan las transparencias!”, reconoce.
Su selección de accesorios
Frente a la opción más clásica, nuestra protagonista no quiso llevar velo, puesto que le resultaba demasiado teatral. Sin embargo, sí que siguió la tendencia de sumar varias ramas de paniculata en el pelo. Como pendientes, escogió unas perlas montadas sobre un aro dorado, que casaban a la perfección con otros complementos del look.
“Los zapatos fueron uno de mis encuentros favoritos. Unas sandalias doradas de piel con tacón, de Ba&sh. Fueron amor a primera vista, y les daban al conjunto un toque irresistible de diosa griega”, recuerda. Cuando llegó la fiesta se los cambió por unas cómodas y sofisticadas bailarinas de satén de Bimba y Lola, en el mismo tono que el vestido.
Nuestra protagonista buscó flores de temporada para su ramo de novia. Quería hacer un homenaje al verano y descubrió el anturio, una variedad de tendencia: “me encanta su carnosidad y textura, además de su imponente tamaño. Elegí un tono pastel como punto de partida para que no tuviera tantísimo protagonismo y la combiné con tonos morados, dalias naranjas y amaranthus”. Era una creación de aire exótico con mucho movimiento, obra de Espacio Flores Barcelona. “Un ramo vivo, espontáneo y juguetón”.
"A mis dos damas de honor, mis dos hermanas mayores, les replicamos el ramo en un formato un poco más pequeño para que pudieran acompañarme (lo mismo para los padrinos con un prendido). También elegí los colores pensando en sus vestidos, que fueron amarillo mantequilla".
Semirrecogido, el peinado del verano
El día de su boda, Laura escogió un maquillaje natural, para sentirse ella misma y para no extrañarse al ver las imágenes en el futuro. Decidió que lo mejor sería proponer a la maquilladora que empleara los productos que ella misma, a diario, utilizaba, pues se define como una “fan de la cosmética”.
En lo relativo al peinado, el semirrecogido fue el elegido, lo que le permitió presumir de melena sin tener mechones en el rostro. “Atado con dos trenzas sobre las que colocamos pequeños ramitos de paniculata blanca. Al resto del pelo, le dimos una caída con forma de ondas de agua”. Nos explica que ella tiene el cabello ondulado, pero no se arriesgó a que la altas temperaturas le acabaran “encrespando el rizo natural”.
"Nuestras alianzas son hechas a mano por mi hermana Natalia, que tiene una marca de joyas sostenibles (Nart Jewellery). Comenzó en las Islas Canarias utilizando cristales reciclados encontrados en el mar".
De su boda, como otras muchas recién casadas, esta barcelonesa guarda un recuerdo maravilloso. Haber podido juntar a tantos invitados diferentes en un mismo espacio les llenó de satisfacción. La fiesta se desarrolló con normalidad y todos lo pasaron en grande. Y, además, un recuerdo extra que no puede olvidar es que al caer el sol, todo fue aún más mágico. “¡Esa noche había luna llena!”, concluye.





































