Desde el primer momento, Victoria tuvo claro quién sería la encargada de dar forma a su sueño: Fátima González. “Sigo su trabajo en redes desde hace tiempo y todas las novias que hace son espectaculares. Con ella sería un acierto seguro”. Más allá de la admiración por su trabajo, destaca especialmente el trato recibido. “Tiene un estilo de trabajo que te hace sentir muy especial, sin emitir ningún juicio sobre lo que quieres y aconsejándote y adaptándose en todo a ti”.
Curiosamente, y a diferencia de muchas novias, Victoria no había idealizado su vestido desde niña. “Nunca me había parado a pensar en mi vestido ‘ideal’. No soy de esas personas que han soñado toda su vida con su vestido de novia”. Sin embargo, sí tenía clara la esencia: elegante y con un guiño rústico que encajara con el entorno de la celebración, una finca en Jerez que marcó el carácter del diseño. Sobre esa base, comenzaron a construir.
El proceso fue algo intenso, ya que se prometió a principios de febrero y la fecha de la boda era a finales de agosto, por lo que los tiempos eran ajustados. “Fue superespecial y me acompañaron a todas las pruebas mi madre y mi hermana”. Al final, resultó una especie de ritual compartido, porque su madre también confió en la diseñadora para su propio look. A pesar del calendario, todos se volcaron en cada detalle. “Aunque no había demasiado margen, Fátima y su equipo, especialmente Nati, jamás pusieron trabas ni impedimentos”.
Una mantilla antigua reinterpretada
En cuanto a los tejidos, la elección fue una delicada gasa de seda natural drapeada para el cuerpo del vestido y un escote en V en la espalda. Aquí, incorporaron con acierto un detalle muy especial, de esos que suman personalidad y un guiño emotivo al look: la mantilla antigua con la que se casó la abuela de su marido y su suegra.
“No quería algo típico y conseguimos que fuese algo único. Era tan frágil que no pudimos limpiarla por riesgo de que se rasgase, pero incluso con esas imperfecciones, el resultado fue espectacular. Acabamos encajándola en la espalda. De esta manera, los encajes caían de forma fluida”, explica.
Muy especiales también fueron sus mangas en georgette de seda, un tejido vaporoso que aportaba movimiento y ligereza al look, para que no resultara encorsetado. ¿El resultado? Un diseño de líneas limpias, etéreo y muy elegante, perfecto para la época y el lugar de la celebración.
Aunque muchas novias apuestan por un segundo look, ella lo tuvo claro desde el principio: “No quise ninguno más. Siempre tuve claro que el protagonista sería el vestido de Fátima”.
Accesorios personales y un beauty look muy natural
Tras definir el vestido, Victoria cuidó cada accesorio con la misma intención, la de hacerse con piezas especiales, algunas cargadas de significado, que completaron el look nupcial de forma coherente y sin restarle protagonismo. Los zapatos, por ejemplo, fueron un diseño a medida de Salo, por lo que le resultaron especialmente confortables. Sin embargo, para el baile los cambió por unas alpargatas de La Alpargatería, una elección más práctica y muy común en muchas novias que apuestan por la comodidad absoluta para este momento de la celebración.
En cuanto a las joyas, llevó unos pendientes realizados especialmente para ella por Antonio Carmona, regalo de la familia de su marido. La misma joyería fue la encargada de su anillo de compromiso. Las alianzas, por su parte, llevaban el sello de Joyerías Aguayo y fueron un regalo de la abuela de su marido.
La novia confiesa que uno de los elementos más especiales fue el ramo, ya que fue su propia madre la encargada de confeccionarlo. “Tiene pasión por el jardín y las flores y no tuve duda de que el mayor regalo era que me hiciese mi ramo”. Incluyeron hortensias secadas desde la pedida de mano y flores preservadas, entre ellas lavanda que trajeron de Brihuega, donde celebró su despedida de chicas junto a su madre y su hermana.
Para el maquillaje y el peinado, nuestra protagonista confió en la peluquería de Ana Erdozain, concretamente en Mercedes y Rocío, responsables también del look de su madre y su hermana. “Más allá del servicio, lo que me conquistó fue su cercanía y amabilidad. Para mí, unos auténticos soles”. Fiel a su estilo, fue un look natural y muy favorecedor.
La historia de amor de Victoria e Ignacio
La historia de amor de Victoria e Ignacio comenzó de la forma más inesperada, en Comillas. Un día de junio de 2023, ella viajó allí con sus ¡amigas del trabajo (y hoy testigos de su boda) Carlota, Sol, Lucía y Beatriz. Ignacio, por su parte, asistía a una boda en el mismo lugar. Lo que parecía una coincidencia más del verano terminó marcando el inicio de su historia juntos.
Por aquel entonces, él trabajaba como subdirector de un hospital en Tenerife, por lo que comenzaron su relación a distancia. Meses después, en noviembre, una nueva oportunidad profesional le llevó a trasladarse a Madrid. “Y el resto es historia”, resume Victoria con una sonrisa.
Cuando decidieron casarse llevaban un año y medio juntos, aunque la idea del matrimonio estuvo presente desde el principio. “Teníamos claro los dos que queríamos casarnos desde el primer momento. Siempre lo hablamos con muchísima naturalidad”, explica. Según cuenta él, fue en septiembre de 2024 cuando empezó a planteárselo seriamente y, tras pasar las Navidades en Argentina con la familia de Victoria, llegó la pedida en febrero, confirmando lo que ambos sabían desde el inicio: recorrer la vida juntos.
Una celebración en una finca familiar
El 29 de agosto, cuando el verano comienza a volverse más pausado y la luz cae con especial calidez, Victoria e Ignacio celebraron su boda en la Iglesia de Santiago el Real y de Refugio, en Jerez de la Frontera, un enclave con una atmósfera solemne y luminosa que marcó el inicio de un día cargado de emoción.
Tras el “sí, quiero”, los invitados se trasladaron a la Finca Mesa Jardín, propiedad de la familia del novio y situada cerca de Arcos de la Frontera, un lugar con un profundo significado para ellos que también se alquila para celebraciones. La víspera, además, organizaron una preboda familiar en la Bodega Cayetano del Pino, para calentar motores.
Esta pareja son de esos novios que decidieron prescindir de wedding planner y encargarse ellos mismos de la organización. Gestionaron cada detalle, y es que el hecho de celebrar la boda en una finca familiar les permitió tener total libertad para diseñar los espacios a su gusto.
“Finca Mesa Jardín se adapta plenamente, eso nos dio mucha flexibilidad para hacer y deshacer”, explica Victoria. Aun así, no estuvieron solos. “No puedo dejar de mencionar a mi madre, a mi suegra y a Patricia Martel, que nos ayudó en las semanas previas y en que el día de la boda saliese todo perfecto”.
Delegaron la decoración floral en manos de Can Garoo. “El trabajo de Dani, junto con Alba, superó todas mis expectativas. Fueron un auténtico espectáculo”, recuerda la novia. Incluso en los días previos, cuando detectaron que faltaba iluminación, el equipo reaccionó a tiempo y de la mejor manera. “Dani montó un árbol ficticio con luces que fue increíble”. Contaron, además, con Gonzalo, de Atípico, que instaló una preciosa carpa beduina, y con la empresa sevillana Colorín, que proporcionó las lámparas de las mesas, creando un ambiente cálido y envolvente.
La disposición de los espacios fue toda una aventura porque nunca antes se había celebrado una boda con esa organización concreta dentro de la finca: en otras ocasiones, el cóctel, la cena y el baile habían tenido lugar en zonas diferentes. “No sabíamos cómo quedaría hasta el mismo día, porque no teníamos referencias”, confiesa Victoria. Sin embargo, el resultado fue espectacular y confirmó la enorme versatilidad del lugar.
Cuando recuerda qué fue lo más especial, no duda: “Todo. No cambiaría absolutamente nada”. Pero si tiene que elegir, se queda con la posibilidad de haber podido a todos sus seres queridos. Ambos son profundamente familiares y conseguir que estuvieran allí fue un auténtico regalo. Especialmente, contando con que la familia materna de Victoria llegó desde Argentina. “Fue un sueño poder reunirlos en la finca familiar de Ignacio”. También lo fue compartir el día con su abuelo Harry, de 93 años, que viajó desde Argentina, y la abuela de Ignacio, Teresa, algo que convirtió la celebración en un día aún más inolvidable.
Al mirar atrás, Victoria tiene claro el aprendizaje que le deja esta experiencia. “Creo que el mejor mensaje que puedo dar es confiar en el proceso. Como novias, muchas veces somos muy exigentes y queremos que todo esté perfecto. Pensamos que todo el mundo se va a fijar en las imperfecciones, cuando muchas veces el encanto y la naturalidad de la boda vienen precisamente de eso”.
Para ella, la clave está también en el trabajo en equipo. “Es fundamental tener una comunicación plena con tu pareja e involucraros los dos en el proceso, para que sea algo construido por ambos”. Solo así se puede disfrutar de este camino juntos.




























