Nos aferramos a la seda, al lino y a los estampados vibrantes porque, en el fondo, nos negamos a soltar esa energía arrolladora que nos da el verano. Al menos, esa era la conclusión a la que había llegado cuando me vi en pleno mes de noviembre, a 10 grados de temperatura, con el armario lleno de faldas y camisetas de manga corta. A mi negación estacional se sumaba la absoluta locura climática del entretiempo: vivimos semanas de caos; necesitamos salir de casa abrigadas por la mañana, pero a mediodía nos asamos de calor en la oficina, y el resultado de todo esto es una mezcla irracional de tirantes y bufandas por puro instinto de supervivencia.
Por qué seguimos postergando el cambio de armario
Necesitaba saber si yo era la única en la redacción padeciendo el mismo fenómeno, así que pregunté a mis compañeras y sus respuestas le dieron sentido a todo. "Nuestro guardarropa es una extensión de nuestra identidad y de nuestro estado de ánimo. Empaquetar los vestidos y las blusas significa aceptar con resignación que los días largos y cálidos se han ido definitivamente", asegura Paula Callejo, coordinadora de Fashion.
De la resistencia emocional a la autoconciencia: lo que dice la psicología
Por supuesto, no podemos ignorar el enorme peso logístico y mental que supone este ritual. Enfrentarnos a esa temida montaña de cajas implica poner nuestra habitación del revés, pero también someter a juicio nuestro propio estilo. Sobre ese sentimiento, nuestra redactora Johanna Toscano añade: "Es un proceso agotador que nos obliga a tomar decenas de decisiones por minuto, a probarnos prendas que llevan meses guardadas, a cuestionarnos si nuestra estética ha evolucionado y a confrontar cómo nos sienta la ropa hoy en día, sin filtros".
Según la teoría de Sirois y Pychyl, procrastinar no es un fallo en la gestión del tiempo, sino una huida de emociones negativas inmediatas como el agobio, la frustración corporal o la nostalgia estacional. Nuestra energía mental es finita. Clasificar prendas exige cientos de microdecisiones consecutivas que agotan nuestro cerebro y provocan lo que se llama coloquialmente "parálisis por análisis".
Otro reto que surge es el de decidir qué prendas seguirán acompañándonos el año que viene, porque estaríamos mintiendo si dijésemos que nos ponemos absolutamente toda la ropa en nuestro armario. Hay faldas, vestidos y hasta zapatos que nos enamoraron perdidamente el día que los compramos y después nunca más vieron la luz; a esos, también, toca decir adiós, aunque nos duela.
No tengas miedo de filtrar
La asesora de imagen Laura Costa nos explica que hay prendas de las que no logramos deshacernos por su contenido emocional, por ser regalos o haberlas heredado de un ser querido, "aquellas prendas que te conectan con personas, épocas, o momentos importantes de tu vida"; sin embargo, este no es el caso de la mayoría de nuestra ropa, y aquí entran en juego tanto la compra por impulso como el apego irracional: "Queremos pensar que, como la moda es cíclica, con el paso del tiempo, lo que apenas hemos llevado un par de veces y ya no nos identifica volverá a ser tendencia y recuperará toda su actualidad".
Hasta hoy, prefería cerrar la puerta del vestidor y fingir que el invierno era solo un rumor lejano, estirando la ilusión del entretiempo. Pero creo que, por fin, estoy lista para abrazar la lana y el terciopelo.








