LOS MIL TRAJES DEL 'EMPERADOR'

"No es un concierto, es un desfile de moda" o cómo Freddie Mercury se autoproclamó rey absoluto del estilo


Con motivo de la exposición que le rinde homenaje en Londres, analizamos al 'fashion icon' del rock, un genio que se vistió de hada, arlequín y superhéroe


Freddie Mercury con su camiseta flash en un concierto© Getty Images
Luis NemolatoDirector especiales ¡HOLA!
2 de noviembre de 2026 a las 21:55 CET

David Bowie no tenía dudas. El mundo venerará a Freddie Mercury. No solo porque llevaría el rock melodramático más lejos que nadie sino porque él, el de Heroes o Life on Mars? siempre había admirado la capacidad del de Bohemian Rhapsody para llevar unas mallas ajustadas con una dignidad casi imperial. Y es que el líder de los Queen no se vestía; él se armaba para la guerra. Porque si bien otro paisano, Oscar Wilde, entendía la bonhomía desde un único punto de vista, el de ser una obra de arte —o llevar una puesta encima—, a Farrokh Bulsara, o sea, Freddie Mecury, esa dicotomía le debió de parecer una vulgaridad y decidió encarnar ambas cosas. Y con insolencia. Décadas antes de que la industria de la moda se llenara la boca con anglicismos del tipo gender-fluid, no-gender o athleisure, el hombre que puso voz al himno de Barcelona 92 ya había dinamitado las asfixiantes fronteras del armario masculino y la heteronormatividad del rock duro con las uñas esmaltadas en negro y una melena shaggy, por un lado, y a golpe de lúrex, monos de arlequín y chupas de cuero como recién salidas de un garito maric* de San Francisco, por otro. Y es que, para entender a este Dios que llenaba estadios y nos dejó demasiado rápido, primero habría que comprender al genio y al esteta. Ése que, en 1978, ya se definía así: "Soy tan dramático que en casa un día me despierto y quiero que todo sea de estilo victoriano, y al día siguiente quiero que sea ultramoderno". De ahí, que solo le gustara “estar rodeado de cosas espléndidas, de un exquisito desorden", porque a fin de cuentas, en su decálogo de vida "aburrirse es el mayor pecado de todos".

Freddie Mercury en concierto© Getty Images
Freddie Mercury con uno de sus kimonos© Getty Images
El líder de los Queen no se vestía; él se armaba para la guerra, sobre estas líneas, con uno de sus kimonos

Ahora, coincidiendo con el 80 aniversario de su nacimiento, Londres se arrodilla ante su majestad con 'Freddie Mercury: Splendid Things', una exposición en el Victoria and Albert Museum (V&A) que, hasta enero de 2027 y bajo la escenografía de Tom Piper —uno de los grandes en el West End, que ha trabajo para la Royal Shakespeare Company, la Royal Opera House, el National Theater y un arma infalible en las producciones de Sam Mendes—, infiltra ocho de los outfits más legendarios del cantante entre las obras de arte renacentistas, victorianas y prerrafaelistas del museo. Un hito comisariado por Kate Bailey y bendecido por Mary Austin, el gran amor de su vida —y guardada de su legado—, que se suma a la histórica subasta A World of His Own que Sotheby's orquestó en septiembre de 2023 vaciando los tesoros de su mítica residencia neogeorgiana, Garden Lodge, y con la que se vendieron desde sus piano Yamaha de media cola hasta un diminuto peine de bigote de Tiffany's. Para Austin, el vestuario del totem de Zanzíbar no era un artificio baladí: "Lejos de ser meros accesorios, sus trajes y ropa eran esenciales para sus actuaciones, su visión creativa y su expresión personal (...) Freddie, en el V&A, se sentirá como en casa".

Que ¿qué se puede ver en la muestra? Te hacemos un inventario para, después, ponértelas en contexto y darles su debida trascendencia. Tienes la icónica camiseta Flash (de Flash Gordon), con el logo rojo dibujado a mano alzada por el propio Freddie y que marcó su tasición del glam a la estética superhero, acompañada del medio micro que solía utilizar ever; tienes la capa y la corona del Magic Tour de 1986; se exhibe una chaqueta confeccionada con su colección de kimonos que formaba parte de su vestuario 'de paisano' hasta los primeros 80s; un dos piezas en blanco y negro, de 1973, o sea, de los albores del glam-rock, que utilizaba en sus primeros conciertos y que aparece en la cover de su álbum debut; también, por un lado, el llamado Mercury Wing y, por otro, el Spine Suit o traje de la Reina Negra, que era su reverso tenebroso; y, por último, el traje del videoclip Made in Heaven, de 1985, otra proeza firmada por Diana Moseley con reminiscencias a La consagración de la primavera y al Infierno de Dante, compuesto por 'pantalones araña', correas y una capa roja que, obviamente, volvía jugar con la idea del superhéroe, el dios pagano y el imperio. 

Freddie Mercury con la camiseta 'Flash'© Getty Images
Freddie Mercury con la camiseta 'Flash', que se expone en la muestra
Freddie Mercury con su capa y su corona© Getty Images
También están la capa y la corona del Magic Tour de 1986

Es decir, un recorrido por su vida, su obra y sus milagros a través de aquellas piezas que lo ayudaron en eso de convertirse en mito ("No seré una estrella de rock. Seré una leyenda") sin dejar nunca de ser un hombre ("Cuando estoy en el escenario soy un extrovertido, pero por dentro soy un hombre completamente diferente") con todo lo que eso significa: vicios, debilidades y grandezas ("En la música soy un demonio. Pero fuera, no soy ningún monstruo, soy una persona muy tierna"), pero que nos dan buena cuenta de cómo era también su manera de entender el arte ("No quiero cambiar el mundo con nuestra música. No hay mensajes escondidos en nuestras canciones. Solo me gusta escribir canciones para el consumo moderno") la creación ("Diseñé el logotipo de Queen... Simplemente combiné todas las criaturas que representan nuestros signos zodiacales. Y ni siquiera creo en la astrología") y su relación con la búsqueda de eternidad ("Si estoy muerto y quiero ser enterrado con todos mis tesoros, como Tutankamón, lo haré. Si quiero una pirámide en Kensington y puedo pagarla, la tendré. ¿No sería fabuloso?"). En resumen, prendas que corresponden a la perfección con su filosofía de vida ("Puedes hacer lo que quieras con mi música, pero no me hagas aburrido") y su manera de ver el mundo ("Lo más importante, queridos, es vivir una vida fabulosa").

¿Cómo un estudiante de arte gráfico en el Ealing College que debía su única aproximación a la moda al tiempo en el que estuvo de dependiente en una tienda de ropa vintage en el mercado de Kensington se convertiría en el mayor transgresor del armario masculino del siglo XX? La respuesta podría estar en su ojo clínico para descubrir y asumir la diversidad —y la independencia—, pero también en su modo (único y extraordinario) de entender el escenario y las puestas en escena. Por primera vez para un cantante masculino, el escenario tomaba dos formas: para el que miraba con pestaña postiza, no era una tarima, era una pasarela; y para el que presumía de bigotazo y biceps, podía ser un campo de batalla. Porque para Freddie, las tablas jamás fueron un espacio neutral; eran una trinchera donde la ropa disparaba antes que los acordes. "Me visto para matar, pero con buen gusto", advertía con esa arrogancia divina que solo poseen los elegidos. Esos que, además, también son unos visionarios. Y es que el de Under Pressure también supo ver más allá; tenía el don de la clarividencia y, entre trapos viejos demodé, conoció y descubrió para el mundo y la moda a la irreverente Zandra Rhodes. De su aguja nació, a mediados de los 70, ese hipnótico conjunto blanco con sayo plisado, pantalones de campana y botas de tacón que Mercury hacía ondear como si fuera un derviche del glam, demostrando que la androginia podría ser fuerte y revolucionaria porque te permitía danzar entre guitarras eléctricas con la misma delicadeza de una bailarina de ballet. Era ésta la Era del pelo shaggy, de las uñas lacadas y de una feminidad calculada que escandalizaba a los puristas del rock en concreto y al mundo en general. 

Una imagen de la exposición de Freddie Mercury© Getty Images
Otra imagen de la exposición de Freddie Mercury© Getty Images

Y a estos mismos 70s, pertenecen los dos trabajos de Wendy de Smet, la diseñadora de vestuario que materializó los delirios pictóricos del cantante en gasas, cremalleras, remaches y tachuelas. En 1975, inspirándose en el cuadro The Fairy Feller’s Master-Stroke, del pintor victoriano Richard Dadd y en las sandalias aladas del dios romano Mercurio, de Smet concibió el Mercury Wing. El mono color marfil, rematado con una chaqueta bolero de satén con alas de murciélago que salían desde las muñecas, pasó a la historia al ser la armadura elegida para el revolucionario videoclip de Bohemian Rhapsody. Wendy también firmó su reverso tenebroso: el Spine Suit, que también te mencionábamos antes, un traje negro atravesado por pinchos en las mangas que representaba la oscuridad frente a la pureza alada de su look predecesor. Eran los años en los que Freddie lo mismo se enfundaba en un mono hiper ajustado con estampado de rombos, a lo arlequín circense, como pintado por Picasso (coincidiendo así como Valentino que cosía ese mismo estampado para las grandes damas que consumían Alta Costura de Roma y París y que hoy Alessandro Michele ha devuelto a la pasarela primavera/verano 2027 en su colección Antibiblioteca), que se subía al escenario descalzo vistiendo exóticos kimonos de seda que adquiría en sus giras y fruto de su obsesión enfermiza por Japón. Una pasión, por cierto, que le llevó a transformar el salón de la planta baja de su casa en una estancia japonesa repleta de grabados de los siglos XVIII y XIX. 

Freddie Mercury con uno de los diseños de Zandra Rhodes© Getty Images
Freddie Mercury con uno de los diseños de Zandra Rhodes
Otro diseño de Wendy de Smet para el vídeo de 'Bohemian Rhapsody'© Getty Images
Otro diseño de Wendy de Smet para el vídeo de 'Bohemian Rhapsody'

Con la llegada de los años 80, llega la hipermasculinidad. El camaleón mudó de piel y orquestó un giro de timón de 180 grados que dejó a sus fans en estado de shock. Adiós a la melena, hola al bigote tupido y bienvenida sea la apropiación descarada de la subcultura gay. Y aunque sus fans más integristas le lanzaban cuchillas de afeitar al escenario rogándole (o amenazándole) que se lo quitara, el nuevo Freddie, que se había abandonado al vello y a la estética de Tom Finlandia, era inasequible al desaliento.  Quizás también porque, según las malas lenguas, se lo había dejado para disimular su prominente dentadura… Aún con todo, el cambio estaba hecho. También, en sus outfits. Nada de transparencias en gasa o tul. Llegaba el pecho al descubierto, las camisetas de rejilla y, sobre todo, el cuero. En resumidas cuentas, Mercury redefinía la masculinidad abrazando una estética leather. Llegaban las chupas o los pantalones en vinilo, pvc y piel y las gorras y brazaletes de tachuelas que flirteaban explícitamente con el rollo sadomaso y los bares de ambiente. 

No obstante, su mayor genialidad en esta década fue elevar la ropa de clase obrera a la categoría de alta costura. En el histórico Live Aid de Wembley del 3 de julio de 1985, le bastaron veinte minutos para comerse el mundo. Lo haría con una simple camiseta blanca de tirantes (que solo podías ver en las playas italianas o en los antros de Castro o Stonewall), unos vaqueros Wrangler modelo Texas readaptados por el sastre Rodeo Ben (o sea, ceñidos en muslo y trasero) y rotos, un brazalete de tachuelas y sus zapatillas de boxeo Adidas Hercules para dar la vuelta a todo lo conocido en Hammer to Fall y Crazy Little Thing Called Love. Un minimalismo testosterónico que intercalaba en un discurso pop art siguiendo la estela de Warhol, Roy Lichtenstein o Keith Haring en el que también cabían los logos de Superman, Cinzano, Flash Gordon o Mickey Mouse.

Freddie Mercury en el Live Aid de 1985© Getty Images
Freddie Mercury en el Live Aid de 1985

Y en esas llegó el Magic Tour de 1986, la apoteosis, el canto del cisne de las giras de Queen, donde Diana Moseley orquestó su llegada al Olimpo de los Dioses. O a Kansas como fiel seguidor que era de Dorothy, la de Oz. Fue Diana quien ideó la celebérrima chaqueta de estilo militar amarilla con múltiples hebillas, combinada con pantalones blancos atravesados por franjas rojas y doradas que no era otra cosa sino la reinvención de la sastrería militar. Un ejercicio de travestismo, que ya sabes, tal y como dice Penélope Cruz en La Bola Negra, lejos de infundirnos terror, nos mostraba la fantasía de la posibilidad. Moseley también fue la responsable de coronar a la reina: el apoteósico conjunto de capa de terciopelo rojo y armiño, inspirada en la coronación de Napoleón en Notre Dame, y la réplica de la corona de San Eduardo de Gran Bretaña. Con este atuendo cerraba sus conciertos al ritmo de God Save the Queen, autoproclamándose monarca absoluto de lo divino y lo humano ya fuera en Knebworth Park o sobre el césped de Wembley Stadium. 

Solo cuando la enfermedad le obligó a desacelerar y vivir en otro registro y, dedicarse a otras batallas y revoluciones, el cantante optó por la sobriedad. No la desnudez, que eso ya lo había hecho, sino por una simplicidad que hasta ese momento era inaudita en él: desde esmoquin con el que cantó Barcelona junto a Montserrat Caballé en 1988 a los chalecos holgados y los pantalones de pinzas de sus últimos videoclips en These Are The Days Of Our Lives para disimular su extrema delgadez. Aún así, él se adelantaba a su tiempo ajustándose a primera vista lo que pudieramos entender como los esquemas más conservadores de la moda pero cambiando completamente las hechuras. Hoy, basta con ver a Benson Boone dar volteretas con un mono ajustado (después de haberse rasgado las vestiduras -o el esmoquin-) o a Harry Styles o a Damiano David coqueteando con las lentejuelas y los cortes acampanados, para entender la importancia del legado de Freddie Mercury. Y es que las actuales estrellas, adalides de la nueva masculinidad, son solo los herederos de aquella fusión irresistible entre sensualidad, androginia y descaro que él patentó. 

Freddie Mercury con su chaqueta amarilla en el estadio de Wembley© Getty Images
Con la chaqueta de estilo militar amarilla con múltiples hebillas, de Diana Moseley
El cantante durante su histórica actuación con Montserrat Caballé en las Olimpiadas de Barcelona© Getty Images
El cantante durante su histórica actuación con Montserrat Caballé en las Olimpiadas de Barcelona

Hedi Slimane en Saint Laurent, Christophe Decarnin en Balmain, Alessandro Michele en Gucci o Valentino, Vivienne Westwood, Moschino o el enfant terrible Jean Paul Gaultier han saqueado, homenajeado y venerado hasta la extenuación a Freddie Mercury para, después, subir a la pasarela esa estética hiperbólica en la que el mix & match parece imposible cuando Mercury lo hacía sin esfuerzo. Una chaquetilla de torero multicolor, unas mallas de licra y una muñequera de pepsi eran, para su imaginario, un total color block. Porque Farrokh Bulsara no solo nos legó himnos inmortales; nos enseñó que la ropa es el armazón del alma y que "el aburrimiento es una enfermedad". Freddie Mercury nunca fue un mero vocalista; fue un animal escénico que comprendió antes que nadie que la leyenda se cincela tanto en las cuerdas vocales como en la retina del espectador. Como él mismo le advertía a sus colaboradores: "Me divierto con mi forma de vestir en el escenario, no es un concierto lo que estás viendo, es un desfile de moda".  

Mercury se marchó pronto, pero nos dejó un testamento donde la vergüenza brilla por su ausencia y la teatralidad es la única religión. Porque, cuando el telón cae y las luces se apagan, solo aquellos que se atreven a coronarse a sí mismos están destinados a reinar para siempre. Y que la vida es una tragedia demasiado vulgar como para no vestirla de paillettes y cuero brillante, ¿no te parece?