El primer concierto de Rosalía en Madrid con su gira LUX no solo marca su regreso a los escenarios españoles, también confirma algo que ya venía gestándose desde hace tiempo: la música se ha convertido en uno de los motores fundamentales para la moda. Y no solo sobre el escenario. Porque si algo ha quedado claro en sus primeras citas internacionales de esta gira —que llevará a la artista a Barcelona tras su paso por la capital—, es que en sus conciertos no solo destaca su música: hay un universo visual que el público empieza también a hacer suyo.
Como ya hizo en 2022 con Motomami, la catalana ha creado toda una estética entorno a este álbum. Si entonces fueron las chaquetas de cuero, los looks rompedores y el color rojo y negro el hilo conductor de sus puestas en escena, esta vez la temática es muchísimo más relajada. El blanco impoluto como eje, largos velos, looks alados, referencias sutiles a lo espiritual… Rosalía ha construido una narrativa estética coherente con la esencia de su nuevo álbum, donde la fe, lo simbólico y lo emocional se traducen en prendas que funcionan casi como códigos.
No se trata solo de lo que viste la cantante, sino de cómo ese imaginario se expande entre quienes la escuchan. Basta con observar las primeras filas para detectar un patrón: sus fans también forma parte de esta atmósfera. La experiencia del concierto no comienza cuando ella sale al escenario, sino mucho (mucho) antes. Y es que hay quienes pasan días buscando el conjunto perfecto para la ocasión, que vaya con la estética que promueve Rosalía, y las horas antes de que empiece el espectáculo se convierten casi en un ritual donde se disfruta tanto de la moda como del maquillaje.
Así nace lo que podríamos llamar concert dressing: una evolución natural del method dressing que hemos visto en las alfombras rojas, pero trasladado a los conciertos y amplificado a un público más extenso que el que acude al cine.
La moda puede reforzar un relato
Actrices como Margot Robbie o Zendaya han convertido cada aparición pública en una extensión de sus personajes. No es una cuestión estética sin más, sino una estrategia bien pensada. "Hoy en día la moda continúa siendo una poderosa herramienta de marketing y storytelling, que eleva el rol del artista más allá de su obra y lo conecta directamente con marcas y audiencias", explica a ¡HOLA! la estilista Vanesa D'Amico.
Una reflexión que ayuda a entender por qué estos códigos visuales han traspasado la red carpet para instalarse en otros territorios. La música es, quizá, el más potente de todos. Uno de los ejemplos más evidentes fue el de Taylor Swift en 2024 con su gira Eras Tour, un fenómeno global y un ejercicio de estilo colectivo: cada etapa (álbum) tenía una estética que sus fans (y ella misma sobre el escenario) reinterpretaron a su manera. Y algo similar ocurrió con Beyoncé y su universo plateado en Cowboy Carter Tour o con Harry Styles, que transformó las boas de plumas y los looks sin género en un código compartido.
Pero este vínculo entre moda y música no es exclusivo de los atistas occidentales. En el K-pop, este fenómeno lleva años perfectamente integrado. Grupos como BTS o Blackpink construyen con cada comeback (su regreso a la música con nuevas canciones) un universo visual completo, con códigos estéticos muy definidos que sus fans adoptan de inmediato. Colores, prendas, accesorios e incluso el color de pelo o el maquillaje, todo forma parte de una identidad que se refleja en los conciertos.
En ese sentido, tampoco podemos decir que el concert dressing sea una novedad, sino una evolución global de algo que ya estaba ocurriendo: la moda como lenguaje común entre artista y público. También otras cantantes han contribuido a consolidar esta idea en los últimos años. Lady Gaga fue una de las primeras en entender que cada etapa artística podía tener su propio universo visual, mientras que Billie Eilish ha hecho de sus siluetas oversize y su estética cambiante una extensión directa de su discurso.
Este concert dressing queda clarísimo también en el caso de Sabrina Carpenter, cuyos espectáculos tienen una estética muy marcada y fácilmente reconocible: la cantante de Espresso mezcla sensualidad, coquetería y tintes de glamour inspirados en la época dorada de Hollywood. Destaca por su energía vibrante y looks atrevidos que reflejan su personalidad alegre y moderna.
Más recientemente, Dua Lipa ha conectado su sonido con una estética dosmilera muy reconocible, y Olivia Rodrigo ha convertido el imaginario adolescente —entre lo grunge y lo Y2K— en una forma de entender la moda que sus fans replican sin esfuerzo.
Pero si echamos la vista todavía más atrás, esta necesidad de pertenencia estética también lo encontrábamos en grupos tan diferentes como Oasis. En los 90, los hermanos Gallagher popularizaron el estilo terracewear, nacido en las gradas, donde los hinchas de fútbol mezclaban ropa deportiva con prendas cómodas para animar a su equipo. Una forma de vestir que adopto su público y que, más de tres décadas después, este volvió a llevar a sus conciertos durante la icónica gira que reconcilió a los vocalistas.













