¿Alguna vez has sentido que expresar tus pensamientos, emociones u opiniones carecía de sentido? ¿Que tus palabras no aportaban valor o no lo tenían para el de enfrente? Quizá hayas preferido acallar entonces tu voz interna, activar el piloto automático y saltar por encima de una situación para que nada pudiera salpicarte. Salvaguardarte con un "calladita estoy más guapa" y seguir para adelante. Pero ¿te has parado a pensar qué le puede estar pasando a la persona que tienes delante invalidando tus mensajes? ¿Qué tal si en lugar de ponerle la cruz tratas de entender su posición?
A lo largo de este artículo nos ponemos en los zapatos de quienes siempre tienen una risotada o un "no" por respuesta. De los que relativizan en exceso cuando el otro necesita ser comprendido y de los que en absoluto son empáticos.
No es lo mismo opinar que invalidar
Tal y como nos explica el psicólogo Luis Guillén de Psicopartner, "es normal tener una opinión diferente y forma parte de cualquier relación sana. Se puede no estar de acuerdo con alguien y, al mismo tiempo, reconocer que lo que esa persona siente es real para ella. La diferencia está en que una discrepancia respeta la experiencia emocional del otro, mientras que la invalidación la niega, la minimiza o la ridiculiza".
El experto nos pone un ejemplo: se puede decir: "Yo no lo habría vivido igual, pero entiendo que a ti te haya dolido". En cambio, frases del tipo de "¡qué exagerada" o "no es para tanto" transmiten el mensaje de que la emoción del otro es incorrecta o inapropiada. Con el tiempo, esto puede hacer que la persona deje de expresar lo que siente o incluso empiece a cuestionar su propia percepción de la realidad.
La realidad detrás de los que minimizan los problemas ajenos
"En muchos casos, no existe una intención consciente de hacer daño. Hay personas que han crecido en entornos donde las emociones no se expresaban o se consideraban una muestra de debilidad, por lo que aprendieron a gestionarlas negándolas, tanto en sí mismas como en los demás", advierte el psicólogo.
"También puede ocurrir que determinadas personas se sientan incómodas ante el sufrimiento ajeno y traten de resolverlo rápidamente restándole importancia", nos aclara. "Otras veces, la invalidación aparece como una forma de ejercer control o de protegerse de conversaciones que les resultan difíciles. El problema es que, aunque la intención no sea negativa, el impacto emocional sí puede serlo", agrega.
Los efectos de la invalidación mantenida
"La invalidación mantenida en el tiempo puede tener consecuencias importantes sobre la autoestima y la salud emocional", advierte Luis. "Muchas personas terminan desarrollando una profunda inseguridad sobre sus propias emociones y aprenden a desconectarse de ellas porque sienten que nunca son comprendidas", explica.
"Además, es frecuente que aparezcan sentimientos de culpa, dificultades para poner límites, dependencia de la aprobación externa o incluso síntomas de ansiedad y depresión. Cuando alguien escucha durante años que "lo suyo no es importante", acaba interiorizando esa idea y puede llegar a pensar que sus necesidades tampoco lo son", nos dice.
La importancia de expresar sin miedo tus emociones
El primer consejo que nos brinda a este respecto nuestro especialista es que recordemos que "no es necesario que la otra persona comparta nuestra visión o sienta lo mismo para que nuestras emociones sean válidas". Asegura que "poner límites sanos implica comunicar de forma clara cómo nos afecta esa actitud y expresar la necesidad de que exista un mínimo de respeto, incluso cuando haya desacuerdo".
"También es importante no entrar constantemente en la dinámica de justificar o defender lo que uno siente", dice. "Cuando la invalidación es repetida y persiste a pesar de haber señalado el malestar que genera, puede ser necesario tomar cierta distancia emocional y replantearse el tipo de relación o el grado de implicación que mantenemos con esa persona para proteger nuestro bienestar psicológico", argumenta.
No hay que olvidar que en las relaciones sanas es posible corregir, discrepar y debatir sin necesidad de humillar ni hacer que la otra persona sienta que sus emociones no tienen valor.








