“Siempre he pensado que mi padre es de todos”. Esta es la frase que Paula Fernández-Ochoa me dijo cuando empecé a preparar este homenaje, y la verdad es que no puedo estar más de acuerdo. Todos sentimos un poco nuestro a Paco Fernández-Ochoa, ganador de la primera medalla de oro que España logró en unos Juegos Olímpicos de Invierno, uno de los primeros grandes ídolos del deporte, pionero del esquí y ejemplo de ese savoir faire que hoy sigue siendo tan necesario.
Pero no solo sus hazañas deportivas le convirtieron en leyenda. Detrás del talento había algo mucho más valioso: estaba Paquito, como le seguimos llamando cariñosamente. Un hombre con una personalidad única e irrepetible. Su carisma conquistó a todo el mundo junto a su sencillez, su humor, su naturalidad y todos los valores que encarnaba. Orgulloso de su familia y sus raíces, tenía el cariño de todo el país y un inmenso grupo de amigos del que formaban parte desde los miembros de la Casa Real a los vecinos de su amada Cercedilla. Así era él.
Paco nunca se dejó cegar por el brillo del oro de Sapporo 1972 y fue un ejemplo hasta el final, también en su forma de afrontar la enfermedad y despedirse del mundo, con profunda gratitud. Su luz sigue brillando 20 años después de morir, una fecha señalada en la que le recordamos de la mano de una de las personas que más le quiere y le admira (sí, en presente). Hablamos con la mediana de sus tres hijos, que es atleta de ultrafondo, consultora, speaker en entornos de alta competición y autora del libro VIVIRCORRIENDO: 10 pasos para liderar tu marca personal. Con una gran generosidad, Paula Fernández-Ochoa nos abre su álbum de fotos familiar y comparte con ¡HOLA! en una cariñosa entrevista los mejores recuerdos de un hombre que es eterno.
Se cumplen 20 años de la muerte de tu padre, una fecha con gran carga emocional. ¿Cómo pasáis estos aniversarios en la familia?
Siempre he pensado que las personas que queremos nunca se van del todo mientras sigamos recordándolas. Y nuestro padre, veinte años después, sigue muy vivo entre nosotros. En casa hemos aprendido a convivir con su ausencia, pero jamás hemos dejado de celebrar su vida. Contamos sus anécdotas, repetimos sus expresiones y, sobre todo, seguimos riéndonos muchísimo con él.
¡Qué bonito!
Sus carcajadas continúan siendo la banda sonora de nuestra familia. Por supuesto que le echamos de menos. Muchísimo. Pero también nos sentimos unos privilegiados por haber tenido un padre tan extraordinario. En estas fechas, junto a la tristeza aparece una gratitud inmensa por todo lo que vivimos con él. El tiempo puede alejarnos de su presencia, pero jamás de todo lo que nos hizo sentir.
"Hemos heredado el espíritu luchador, las ganas de comernos el mundo y algo que para él era sagrado: la familia, los amigos y la lealtad"
Todos conocemos a Paco, Paquito, la leyenda del deporte, el hombre de la eterna sonrisa, pero ¿cómo era en la intimidad?
¡Un gigante de la vida! Era vitalista, generoso, apasionado, divertido, tremendamente familiar y con un talento extraordinario para hacer felices a los demás. Tenía muchísimo carácter, era muy competitivo y vivía todo con una intensidad contagiosa. ¡A su lado sentías que podías comerte el mundo! Era el mayor de ocho hermanos, procedía de una familia muy humilde y tenía profundamente arraigados los valores del esfuerzo, la lealtad y la familia.
¿Qué destacarías del Paco marido, padre, abuelo, hermano…?
Si algo le definía era su autenticidad. Era exactamente el mismo dentro y fuera de casa, con el Rey o con cualquier persona con la que se cruzara. Genuino, espontáneo y sin artificios. Llegó a lo más alto sin olvidar jamás de dónde venía. Esa era su manera de ser y de querer. ¡A tumba abierta!
¿Cómo fue vuestra infancia siendo hijos de un deportista de élite?
Tuvimos una infancia muy feliz, rodeados de una gran familia, mucho cariño y aventuras constantes. Él era una celebridad, pero para nosotros era, ante todo, nuestro padre. Su popularidad nos parecía algo tan natural que tardamos años en comprender su verdadera dimensión. Crecimos entre montañas, esquís y viajes. Nos llevaba a esquiar desde bebés, en una mochila a su espalda. Cercedilla, Navacerrada, Baqueira… La nieve forma parte de mis primeros recuerdos. Vivíamos situaciones que, vistas con perspectiva, resultan bastante insólitas.
¿Cómo vivías en casa su popularidad?
Durante los inviernos esquiábamos con la Familia Real y nos acompañaban guardaespaldas por las pistas. Recuerdo que, siendo muy pequeña, le pregunté quiénes eran aquellos señores que siempre venían con nosotros. ¡Ni siquiera sabía que eran guardaespaldas! Para mí, don Juan Carlos era sencillamente un amigo de mi padre con el que íbamos a esquiar. Y él contribuía a esa normalidad porque trataba exactamente igual al Rey que a cualquier otra persona. Podíamos estar esquiando con don Juan Carlos o con veinte amigos de Cercedilla: para él, lo importante era disfrutar juntos de la nieve.
"Estaba despidiéndose de la vida y todavía encontraba motivos para darle las gracias. ¿Puede haber una lección más grande?"
¿Cuándo os disteis cuenta de la dimensión?
Con los años comprendimos lo que significaba aquel oro de Sapporo para España y el cariño que despertaba. Pero en casa las medallas nunca nos hicieron sentir especiales. Nuestros padres se ocuparon de que creciéramos con los pies en la tierra, aprendiendo a esforzarnos, a ser humildes y a construir nuestro propio camino.
¿Cuál es la mayor lección que os dio tu padre y lleváis a cabo como una especie de mantra?
Que jamás hay que rendirse. Y que, mientras estemos aquí, ¡hay que vivir con todas las letras y en mayúsculas! Nos enseñó que la vida se parece mucho a un eslalon: habrá puertas difíciles, cambios de rasante, pendientes que compliquen el descenso y momentos en los que parezca que vas a perder el equilibrio. Lo importante es sortearlos, seguir y darlo todo sin dejar de disfrutar del recorrido. Pero su lección más extraordinaria llegó cuando enfermó de cáncer. Seguía haciendo bromas incluso en el hospital y afrontó aquella situación con una fortaleza, una alegría y una dignidad que todavía hoy me impresionan.
Es admirable...
Nos enseñó que, incluso ante la adversidad más cruel, podemos decidir con qué actitud afrontarla. En una entrevista dijo que había que morir como un toro bravo, después de haber realizado una buena faena. Y añadió: "Prefiero seguir hasta el final como un toro bravo que caer como un manso metido en las tablas, con la cabeza gacha y arrodillándote". Y así lo hizo. Supo vivir y supo morir. Y me quedo con un recuerdo que me da paz: papá, en sus últimos días, cantando una y otra vez Gracias a la vida, en la versión de Mercedes Sosa. "Gracias a la vida, que me ha dado tanto…". Estaba despidiéndose de la vida y todavía encontraba motivos para darle las gracias. ¿Puede haber una lección más grande?
"Mi padre decía que duro era trabajar en una mina; esquiar, competir y hacer feliz a tanta gente, un privilegio"
¿Y el consejo más importante que os ha acompañado en estos años?
Poco antes de morir me dijo algo que llevo grabado a fuego: "Polilla, llega arriba derrapando y que a reír no te gane nadie". Para mí significa luchar por lo que quieres, atreverte, equivocarte, levantarte y disfrutar del camino. Llegar al final con los bolsillos llenos de experiencias, de amor, de risas y de historias que contar. Y te aseguro que intento seguir su consejo al pie de la letra. ¡A veces incluso derrapando demasiado!
- ¿Qué recuerdo te viene a la cabeza cuando piensas en él?
¡Su carcajada! Esa risa tan suya, tan sonora, tan contagiosa. Todavía puedo escucharla perfectamente. También recuerdo su energía, sus abrazos y besos, sus bromas y esa capacidad para convertir cualquier momento en algo especial. Era un hombre que llenaba los espacios con su presencia. Y, curiosamente, cuando pienso en él no siempre recuerdo los grandes acontecimientos.
Me vienen a la cabeza conversaciones, gestos y escenas familiares que entonces parecían insignificantes y que hoy tienen un valor incalculable. Con el tiempo he aprendido que muchas de las cosas que más echamos de menos son precisamente aquellas a las que menos importancia dábamos mientras sucedían.
"Era exactamente el mismo dentro y fuera de casa, con el Rey o con cualquier persona con la que se cruzara. Genuino, espontáneo y sin artificios"
¿Qué crees que habéis heredado sus hijos y nietos de él?
¡El carácter! Y espero que también una pequeña dosis de su sentido del humor y de ese punto canalla que le daba tanto encanto y le hacía absolutamente inolvidable. Hemos heredado la pasión por el deporte, la competitividad, el espíritu luchador y las ganas de comernos el mundo. Pero también algo que para él era sagrado: la familia, los amigos y la lealtad. Era de los que querían sin medias tintas y se dejaban la piel por los suyos.
Fue un ejemplo...
Siempre digo que de nuestro padre aprendimos a subir montañas y de nuestra madre, a disfrutar del paisaje. En el sentido literal y metafórico. Nos enseñó a aspirar alto sin olvidar de dónde venimos, a levantarnos después de cada caída y a darlo todo. ¡A vaciarnos! A atrevernos, a meternos en algún que otro lío y a no quedarnos con las ganas de vivir. Me emociona reconocer su carácter, sus gestos y su sentido del humor en las nuevas generaciones. ¡Cuánto habría disfrutado de sus nietos y cuánto habrían disfrutado ellos de su abuelo! Nos dejó un apellido ligado a una medalla de oro, pero, sobre todo, una manera de querer, de estar en el mundo y de disfrutar de la vida. ¡Y menuda responsabilidad estar a la altura!
Paula es consultora estratégica, conferenciante, docente universitaria y una de las 100 mujeres más influyentes del deporte español, según Forbes
Si pudieras volver a verle cinco minutos, además de un abrazo inmenso, ¿qué harías?
Se me empañan los ojos solo de imaginarlo… Daría cualquier cosa por esos cinco minutos. ¡Cualquier cosa! Volver a verle, abrazarle, mirarle a los ojos… Sería la mujer más feliz del mundo. Y fíjate, con todo lo que he vivido en estos veinte años y las miles de cosas que podría contarle, creo que me quedaría callada. Porque lo que de verdad necesito es escucharle a él. Su voz. Su carcajada. Que me cuente cómo está, qué piensa de nosotros, qué tal se lo está pasando ahí arriba… ¡Porque estoy convencida de que ya habrá montado algún buen sarao!
¿Qué te gustaría decirle y qué le preguntarías?
Le diría que le quiero con toda mi alma y que sigue estando presente en cada uno de nosotros. Que intento vivir como me enseñó: sin rendirme, sin guardarme nada y procurando que a reír no me gane nadie. Y antes de despedirnos, le pediría que volviera a llamarme «Polilla», como hacía siempre. Porque han pasado veinte años, he crecido, he vivido mil aventuras ¡y desventuras! y he aprendido a salir adelante sin él. Pero, en cuanto volviera a escuchar su voz, volvería a ser su niña.
Poco antes de su fallecimiento se le hizo un homenaje multitudinario en Cercedilla. ¿Murió sintiéndose querido por el público?
Absolutamente. Y creo que fue uno de los mayores regalos que recibió al final de su vida. Pocos días antes de fallecer, Cercedilla, su pueblo natal, le rindió un homenaje multitudinario en el que se descubrió una escultura de bronce que lo representa con los brazos abiertos en el podio de Sapporo 1972. También se reconoció a los campeones de esquí de la localidad, algo especialmente significativo para él, que jamás olvidó sus orígenes. Tanto que quiso que sobre su féretro descansaran tres banderas: la de Cercedilla, la de España y la olímpica. Tres símbolos que resumían su identidad y sus sentimientos.
"Sus carcajadas continúan siendo la banda sonora de nuestra familia"
Aquel día también ha pasado a la historia...
Estaba muy enfermo, pero aquel día pudo sentir el cariño de su pueblo, de sus amigos, de las instituciones y de tantísimas personas que habían celebrado su triunfo olímpico y su trayectoria. Y todavía tuvo fuerzas para regalarnos un último discurso público que, para mí, es uno de los más emocionantes que he escuchado jamás. Somos muy dados a los homenajes póstumos, a los grandes discursos cuando alguien ya no puede escucharlos. ¡Qué importante es decirles a las personas cuánto las admiramos y queremos mientras todavía podemos mirarlas a los ojos! Él tuvo la fortuna de vivir su propio homenaje. Y nosotros, la de verle recibirlo.
Tu gran familia siempre ha sido muy querida. ¿Seguís sintiendo ese calor del público? ¿Nos cuentas alguna anécdota con gente que le admiraba que hayáis vivido en estos 20 años?
¡Muchísimo! Y veinte años después sigue emocionándome. A menudo se me acerca gente que recuerda dónde estaba cuando ganó en Sapporo o que compartió alguna aventura con él. Lo curioso es que casi siempre terminan hablándome de sus carcajadas, su generosidad y las ganas que tenía de disfrutar de la vida. Y después de comentarios como "¡Qué grande era tu padre! ¡Cómo nos reíamos con él!", muchos añaden, con una sonrisa sospechosa: "Si yo te contara…". Y yo siempre contesto: "¡No, no! ¡Mejor no me cuentes, que no hace falta saberlo todo!".
También os hablarán de Blanca...
Con Blanca sucede algo parecido. Fue una pionera extraordinaria y una mujer a la que quise profundamente. Su pérdida nos rompió el corazón, pero sigue emocionándome comprobar cuánto cariño y admiración despierta su recuerdo. Además, su historia ha contribuido a dar visibilidad a la importancia de cuidar la salud mental y hablar de ella sin tabúes. Ambos hicieron historia con sus medallas, pero me conmueve especialmente que tanta gente los recuerde por cómo eran y por lo que les hicieron sentir. Ese es un legado precioso.
"Nos enseñó que la vida se parece mucho a un eslalon: habrá puertas difíciles, cambios de rasante, pendientes que compliquen el descenso y momentos en los que parezca que vas a perder el equilibrio. Lo importante es sortearlos, seguir y darlo todo sin dejar de disfrutar del recorrido"
Si solo pudieras usar una palabra para definirle, esa sería...
GOLDEN. Así le llamábamos nosotros. Porque era oro puro. Una carcajada que se escuchaba a kilómetros, un carácter arrollador, un corazón enorme y una capacidad extraordinaria para hacer que cualquiera se sintiera especial a su lado. Era auténtico, generoso, divertido, tremendamente humano y con ese punto de locura que hacía imposible olvidarle. Fue oro en Sapporo, pero también en su manera de vivir, de querer y de disfrutar. Y cuando llegó el momento más difícil, volvió a demostrarnos de qué estaba hecho. Fue oro al ganar, oro al vivir y oro hasta en su manera de morir. Una leyenda para España. Nuestro GOLDEN para siempre.
Fue pionero del deporte. ¿Qué diría viendo esta nueva generación de talentos españoles que despuntan y han despuntado en el deporte: desde Rafa Nadal, Alcaraz, Oriol Cardona, los jugadores de La Roja, Carolina Marín...?
¡Estaría eufórico! Era un apasionado del deporte y un auténtico forofo de los nuestros. Me lo imagino delante del televisor, gritando, animando y celebrando cada victoria. ¡Menudo espectáculo tendríamos en casa! Sentiría un orgullo inmenso al comprobar cuánto ha evolucionado el deporte español desde aquel oro de Sapporo en 1972, cuando apenas teníamos tradición ni recursos para competir al máximo nivel en los deportes de invierno. Y admiraría especialmente a estos campeones, porque sabía muy bien cuánto sacrificio, esfuerzo y renuncias hay detrás de cada medalla. Aunque probablemente terminaría recordándonos algo que repetía a menudo: que duro era trabajar en una mina; esquiar, competir y hacer feliz a tanta gente era un privilegio.
Tú también estás vinculada a la nieve...
También se emocionaría viendo crecer a las nuevas generaciones de deportistas de invierno. Yo sigo vinculada a ese deporte como miembro de la Junta Directiva y Responsable del área Mujer y Nieve de la Real Federación Española de Deportes de Invierno. Me encanta pensar que sigo contribuyendo a impulsar aquello que tanto amó. Ahora que se cumplen veinte años de su partida, pienso en todo lo que nos habría gustado compartir con él… y en cuánto nos sigue acompañando. En cada montaña, en cada desafío, en cada carcajada. Su oro pertenece a la historia del deporte español; su manera de vivir, a todos los que tuvimos la fortuna de conocerle y quererle. Veinte años sin ti, papá. Toda una vida contigo.
















