Tiene en sus venas el genio indiscutible del asombro: Daniel, nieto del mítico mago Juan Tamariz, fallecido este martes 18 de agosto, a los 83 años de edad, no necesita una baraja para dominar lo imposible, sino que le basta un yoyó girando a velocidades vertiginosas para desafiar la gravedad y redefinir la ilusión desde una perspectiva completamente nueva. De este modo, la fascinación que sembró el legendario cartomago durante décadas continúa viva en su propia saga familiar.
La herencia de una estirpe dorada
Tras alcanzar la gloria en Osaka a los 30 años -la misma edad a la que su abuelo se coronó en el Congreso Mundial de París en 1972- Daniel conquistó la cúspide internacional tras proclamarse campeón del mundo de yoyó. Este galardón, otorgado por la International Yo-Yo Federation, confirmó que la destreza escénica es un sello distintivo de la dinastía. Un entorno creativo que estuvo fuertemente marcado también por la madre de Daniel, Ana Tamariz, quien, tras haberse formado inicialmente en cerámica, dio un giro a su vida para volcarse por completo en el ilusionismo. Empresaria, productora y formadora, fundó en 1988 La Gran Escuela de Magia Ana Tamariz en Madrid -una de las instituciones académicas de referencia en España- y dirige su propia compañía de espectáculos.
Crecer entre bastidores y escenarios moldeó la infancia de Daniel, pero, pese a conservar entrañables imágenes de niño manipulando naipes más grandes que sus propias manos, decidió trazar una ruta artística independiente. “Me llamaban el “nieto de…”, pero no me importaba. Al revés, es un orgullo llevar su apellido, aunque siempre quise ganarme lo mío por mí mismo”, señalaba en una entrevista concedida a El Español. Fue así como se adentró en los deportes alternativos y los malabares, una trayectoria que pulió en la prestigiosa escuela de circo Le Lido de Toulouse y que afianzó tras más de ocho años impartiendo talleres en colegios, campamentos y en el propio centro académico que regenta su madre.
La magia entre bambalinas y el secreto de la cuerda
A pesar de haber elegido un objeto tan distinto a las cartas, la sabiduría del “gran maestro” jamás estuvo ausente en su proceso creativo. Daniel explicaba como la psicología y la mirada escénica del icónico ilusionista impregnaban directamente sus movimientos: “Él me enseñó a entender la escena y la mirada del espectador. También estudié magia y la suelo utilizar en mis trucos con el yoyó. Doy como “soplidos mágicos” y se desenlaza la cuerda creando varios efectos”.
Esta afinidad artística reflejaba un vínculo personal muy estrecho lejos de los focos: “Nuestra relación ha sido fantástica. Nos vemos de tanto en cuanto, quedamos para cenar y hablamos de magia o de comida, le cuento mis aventuras, mis viajes y mis experiencias. Me gusta mucho lo que hace, la filosofía que ha aportado a este arte y me siento muy orgulloso de él”.
Por su parte, el veterano artista apoyó siempre la carrera del joven, celebrando en la intimidad cómo la pasión familiar por el espectáculo había encontrado un cauce tan innovador. El dominio técnico de Daniel no tardó en dar el salto a la televisión con apariciones en programas de gran audiencia como El Hormiguero, donde protagonizó un desafío de precisión junto a Pilar Rubio.
En el terreno profesional, Daniel destaca por un nivel de ejecución superlativo y el uso de materiales de alta gama -como piezas de titanio-, además de haber creado modalidades propias como Cíclico, donde fusiona su disciplina con artes de malabares. Tras coronarse en tierras niponas y recibir el premio a la creatividad por sus rompedoras rutinas, su figura se erige como el relevo generacional perfecto, capaz de perpetuar el legado de los Tamariz trasladando el encanto de los naipes a la milimétrica precisión de una cuerda.










