Parece que fue ayer cuando “La más grande” se subía por última vez a un escenario de Televisión Española (TVE), en aquella gala especial titulada “Rocío… siempre”, conducida por Bertín Osborne, pero ya han pasado dos décadas sin Rocío Jurado. La cantante fue diagnosticada en 2004 y, el 17 de septiembre de ese mismo año, después de pronunciar “la palabra maldita” compartió con el mundo entero su pronóstico y su plan de irse a Houston a tratarse, lo que sí se guardó para ella, con mucho secretismo casi magnético, fue que horas más tarde acudiría al notario acompañada por su abogada, Ana Iglesias, para dejar por escrito sus últimas voluntades y para que, como bien decía ella, “el día de mañana no hubiera problemas”.
Secretismo
Cuentan sus familiares que, tras esa rueda de prensa en la que anunciaba su partida de ese mismo día hacía Houston, entre medio de esas horas quedó con su abogada para realizar el testamento. Pero esto no lo supieron hasta que ella descansó en paz. Incluso, llegaron a contar que muchos de sus cercanos se sorprendieron al enterarse de que dejó pactado un testamento. Ella jamás lo comunicó.
Tras su fallecimiento llegó la hora de desvelar la incógnita y sus familiares (entre los que se encontraban su marido, Ortega Cano, Rocío Carrasco con Fidel, Amador con Rosa Benito y Gloría con su marido José Antonio) se reunieron en La Moraleja. Se encontraron con tres folios de últimas voluntades.
Patrimonio
La artista logró reunir a lo largo de su vida un importante patrimonio, fruto de décadas de trabajo y éxito profesional. Nadie le regaló nada. Desde muy joven luchó por abrirse camino en el mundo de la canción, el único en el que siempre quiso estar. Y lo consiguió, no sin sacrificios. Rocío Jurado siempre tuvo claro qué quería y cómo hacerlo, también cuando llegó el momento de ordenar su sucesión.
Como establece la legislación española, su herencia quedó dividida en tres partes. La primera correspondía al tercio de legítima estricta, reservado por ley a sus tres hijos. La segunda era el tercio de mejora, que el testador puede distribuir entre sus herederos forzosos. En este caso, Rocío Jurado decidió favorecer a su hija mayor, Rocío Carrasco. Por último, el tercio de libre disposición, sobre el que existe plena libertad para decidir su destino, fue repartido entre su marido, sus hermanos y un sobrino.
Rocío Carrasco, la única heredera universal
Su primogénita, la niña de sus ojos, Rocío Carrasco, fruto de su matrimonio con el fallecido boxeador Pedro Carrasco, fue nombrada heredera universal. Entre los bienes que recibió figuraban los derechos de explotación de su legado artístico, traducidos en los ingresos generados por veintisiete discos y nueve películas. De hecho, uno de esos trabajos acababa de alcanzar el disco de platino tras superar las cien mil copias vendidas en apenas seis meses.
También heredó un tercio de la vivienda familiar de La Moraleja, conocida como "Villa Jurado" y valorada entonces en unos cuatro millones de euros. La propiedad había sido adquirida por Rocío Jurado y Pedro Carrasco durante su matrimonio y, tras la separación, la cantante compró la parte correspondiente a su exmarido. Los otros dos tercios quedaron repartidos entre sus hijos Gloria Camila y José Fernando.
A ello se sumaban un apartamento en Miami, la mitad de otro inmueble compartido con José Ortega Cano, además de joyas, pieles y otros enseres personales. Asimismo, recibió la finca “El Administrador”, una extensa propiedad de cerca de cuatrocientos mil metros cuadrados que cuenta con viñedo y bodega propia.
La venta obligatoria de Villa Jurado por una cuestión estratégica
Ahora bien, Jurado dejó anotado, casi como una orden, que “Villa Jurado” debía ser vendida en un plazo máximo de dos años. Además, ese plazo no comenzaría a contar hasta la firma del cuaderno particional, un trámite que podría completarse en un mínimo de seis meses, aunque también llegar a prolongarse durante años. Asimismo, estableció que el beneficio económico obtenido de la venta (que únicamente podría gestionar Ana Iglesias) se repartiera en tres partes destinadas a sus tres hijos.
Con ello pretendía cubrir sus legítimas y, al mismo tiempo, proteger a su primogénita, motivo por el que estableció ciertas diferencias respecto a sus hijos adoptivos. Jurado siempre tuvo presente que, si en algún momento surgían dificultades o carencias, sería Carrasco quien podría quedar más desamparada, mientras que los otros dos hijos contarían con el respaldo de Ortega Cano.
Esta decisión de venta fue considerada por algunos como especialmente acertada, ya que, de no haber sido así, los tres hermanos habrían pasado a compartir la propiedad de la vivienda en “proin-diviso”, una situación que suele convertirse en una fuente casi segura de conflictos. Un escenario que Rocío supo evitar a tiempo con una de las cláusulas más significativas y estratégicas de su testamento.
Los derechos de Ortega Cano
A su marido, con quien se casó en régimen de separación de bienes cuando este ya era propietario de la finca “Dehesa de Yerbabuena”, le legó su parte de la ganadería de reses bravas, que por aquel entonces contaba con unas ochocientas cabezas.
No obstante, el viudo, según especifica el artículo 834 del Código Civil, tendría derecho usufructuario en la parte del tercio de mejora. O lo que es lo mismo, Ortega Cano podría disfrutar de parte de los bienes que heredará Rocío Carrasco con la obligación de conservarlos.
A sus hermanos, Amador y Gloria
A su hermano Amador, el mismo que decía que ella ya se lo había dado todo en vida, también le correspondió herencia. Le legó una nave industrial en la localidad madrileña de San Sebastián de los Reyes. Además, su hijo mayor, Fernando, ahijado de Rocío, también recibió otra nave en el mismo lugar.
Y ahí no quedó la cosa: también le dejó la mitad, a medias con su hermana Gloria, de la finca “San Pedro”, conocida como “Los Naranjos”. Situada en la zona de El Pinar, a las afueras de Chipiona, en la carretera de Rota y cerca de la playa, cuenta con once aranzadas de tierra (unos cincuenta mil metros cuadrados) y está valorada en algo menos de un millón y medio de euros.
Para Gloria quedó, además, la casa de Chipiona, “Mi Abuela Rocío”, situada en la céntrica avenida de Regla, muy cerca del santuario. Estaba adaptada con dos apartamentos independientes y una superficie total de unos cuatrocientos cincuenta metros. A diferencia del resto de familiares, era la única que no tenía casa propia en esta localidad, por eso Jurado quiso que así fuera.
Un último gesto hacia su secretario y amigo de confianza
También tuvo un gesto hacia su fiel secretario durante décadas y gran amigo, Juan de la Rosa, a quien le dejó en herencia un dúplex en Chipiona. La vivienda, situada cerca del puerto deportivo y de la playa, estaba registrada a nombre de una sociedad, aunque él la venía ocupando desde hacía años. Su valor rondaría los doscientos mil euros.










