Un mensaje de Tom Holland en el móvil puede cambiarte la vida, incluso a los 50 años. Para Santiago Jiménez, pediatra del Hospital Universal Central de Asturias, y “héroe” de bata blanca convertido en Spider-Man en las plantas de oncología infantil, ese mensaje no fue un simple guiño: fue el reconocimiento de que su trabajo trasciende la medicina y llega al corazón de los niños. Desde que se puso por primera vez el traje, no sólo combate enfermedades; combate el miedo, la soledad y la tristeza en cada habitación. Su misión es transformar un hospital que, aunque lleno de profesionales excepcionales, puede resultar frío e inhóspito, en un lugar donde la fantasía se hace real, donde los superhéroes existen y los más pequeños pueden soñar, aunque su vida dependa de una aguja, un tratamiento o una resonancia. Reconocido por el propio actor que da vida a Spider-Man en la gran pantalla, Jiménez demuestra que la verdadera fuerza no está sólo en los músculos del superhéroe, sino en la empatía, la valentía y el amor con los que se enfrenta al dolor y la enfermedad cada día.
Un día abres el móvil y te encuentras con un mensaje de Tom Holland. ¿Qué fue lo primero que pensaste?
Pues, en realidad, todo formaba parte de una acción de Sony: fue Sony España quien me eligió dentro de una iniciativa global en la que buscaban a unas 22 o 24 personas para ayudar a lanzar el tráiler de la nueva película de Spider-Man. La idea era dividirlo en pequeños fragmentos de pocos segundos y que, 24 horas antes de su estreno oficial, se publicaran en las cuentas de esos seleccionados, todos ellos fans del personaje con algo especial: algunos muy conocidos, otros ya famosos y, en mi caso, alguien que representara a España. Yo mismo les pregunté por qué me habían escogido, porque no sentía que tuviera tanta repercusión, y me explicaron que llevaban tiempo buscando a alguien que viviera Spider-Man de una forma particular. Así fue como dieron conmigo y me propusieron colaborar. Claro, para mí, que llevo leyendo sus cómics desde los 13 años y ahora tengo casi 50, fue una ilusión enorme. Después del evento, esa misma noche, les escribí para darles las gracias y decirles lo mucho que me había gustado participar. Entonces me respondieron que tenían una sorpresa para mí. Me enviaron un vídeo y, antes incluso de abrirlo, ya pensé: “Esto no puede ser”. Pero al darle al play y escuchar “Santiago…”, me vine abajo. Me emocioné muchísimo, como si fuera un adolescente recibiendo ese mensaje.
Más allá de la emoción, ¿qué significó ese reconocimiento para ti como médico?
Pues, más allá de la ilusión, que es inevitable, lo realmente especial fue que alguien como Tom Holland, quien da vida a Spider-Man, reconociera de alguna manera mi labor. Al final, no deja de ser un símbolo muy potente: que el propio universo del personaje, por decirlo así, conecte con lo que hago en mi día a día. Y, sobre todo, que esa actividad trascienda más allá de lo evidente y llegue tan lejos, para mí es algo muy bonito y, sinceramente, un verdadero honor.
Si pudieras resumir tu trabajo en una sola frase para Tom Holland, ¿qué le dirías?
Bueno, mi trabajo como “Spiderman” se puede resumir así: llenar de alegría e ilusión a los niños del hospital. Eso está clarísimo.
Antes del traje estaba el miedo de los niños. ¿Qué viste en esas habitaciones que te hizo querer cambiar las reglas?
Los niños del hospital viven en un mundo, como digo yo, inhóspito. Curiosamente, “hospital” significa hospitalidad, pero para ellos es todo lo contrario: un lugar lleno de adultos que los pinchan, que les hacen daño con tratamientos y que, aunque intentan ayudar, a veces los hace sentir mal. En la planta de pediatría oncológica, las enfermeras, auxiliares y todo el personal son personas maravillosas —el 90 % son excepcionales con los niños—, pero aun así el hospital sigue siendo un sitio frío e inhóspito. Por eso quería cambiar esa dinámica y transformar ese espacio en algo diferente: en un lugar donde la fantasía se hiciera real, donde los superhéroes existieran, donde los soldados de Star Wars pudieran cobrar vida. Esa era, y sigue siendo, la idea.
¿Recuerdas la primera vez que te pusiste el traje? ¿Estabas más nervioso por la reacción de los niños o por la de tus compañeros?
La verdad es que ambas cosas. Al principio estaba muy nervioso. Hoy todo el mundo me conoce y ya no les resulta extraño, pero la primera vez que me puse el traje nadie hacía nada parecido y sentí miedo tanto por cómo reaccionarían mis compañeros como por mi jefe. Con mi primer jefe, con quien viví la experiencia de Spiderman, no sé si le gustaba o no, pero desde luego no era fan y yo lo hacía un poco en secreto. Él sabía que lo hacía, pero nunca lo comentamos; era una persona muy seria y yo tenía muchas dudas de que aquello no le pareciera una tontería.
¿Pero nadie te ha dicho que eso no era serio, que no encajaba en un hospital?
No, nadie me lo ha dicho. De hecho, sé que hay gente que probablemente lo pensó —quizá ahora ya no lo ve así, o yo mismo he cambiado esa percepción—, pero sin ninguna duda hubo quien pensó: “¿Este tío qué hace?”. Aun así, lo que realmente importa es ver cómo reaccionan los niños. Lo esencial es que ellos lo disfrutan, que se lo pasan genial y eso es lo que te motiva a seguir haciéndolo.
¿Qué ocurrió en ese primer encuentro con los niños que te hizo pensar: “Esto funciona”?
La cara de ellos lo dijo todo. Mi primer traje, la verdad, era bastante más cutre que los que llevo ahora. A mí me parecía genial en su momento, pero si lo miro con perspectiva, pienso: “Madre mía, ¿cómo iba yo así?” No estaba del todo a gusto conmigo mismo ni con mi cuerpo y me daba miedo ponerme una licra tan ajustada. Por eso compré un traje algo más holgado, para sentirme más cómodo, aunque tampoco era gran cosa. Pero lo importante no era eso: cuando ves que un niño realmente se lo cree, que habla con alguien que para él es de verdad un superhéroe, entonces ves su cara de asombro, de ilusión y ahí es cuando sabes que funciona, que lo que estás haciendo tiene sentido.
Cuando un niño te mira, ¿ve a un médico o a un superhéroe?
Depende del niño. Hay dos tipos: los que creen de verdad y los que ya saben que hay un disfraz, generalmente los mayores. Los que creen de verdad se lo creen totalmente: están hablando con Spiderman, y ahí está la magia. Es como cuando a un fan del fútbol le visita Mbappé, Cristiano o Messi. Spiderman es un superhéroe que conocen de la tele, de mochilas, de carpetas… está por todas partes. Entonces, cuando llega a su habitación y ellos realmente creen que es el auténtico Spiderman, ese momento se vuelve completamente mágico.
¿En qué momento exacto desaparece el miedo de los niños?
Depende, hay de todo, pero la clave muchas veces es la distracción. Te pongo un ejemplo: el otro día estaba leyendo un libro de Paco Arango —lo compré para firmarlo y me llamó mucho la atención porque muchas cosas conectan con mi experiencia— y cuenta algo que refleja muy bien lo que yo veo: muchos niños solo necesitan un momento de distracción. No siempre es Spiderman; incluso los payasos de hospital cumplen la misma función. Les digo a los residentes o a los estudiantes que no hace falta disfrazarse: a veces basta con ir a la habitación del niño, en un hueco libre, y jugar con él, a las cartas, a un juego de mesa o simplemente bromear. Esa distracción permite que se olviden un poco de lo que les preocupa, de sus molestias o de la ansiedad por estar enfermos. Y eso se ve mucho cuando voy como Spiderman: las enfermeras, que están a pie de cama y conocen a los niños mejor que nadie, me llaman o me orientan sobre quién necesita esa visita en ese momento. Ellas saben cuándo un niño está pasando un mal momento y así podemos aprovechar esos instantes para que su miedo desaparezca y dé paso a la ilusión y a la alegría.
¿Has vivido alguna situación en la que el traje haya conseguido lo que la medicina sola no podía?
Buff… no sabría decirte exactamente, pero sí recuerdo momentos muy claros. Por ejemplo, un niño que había tenido un tumor cerebral y que tres semanas antes estaba limpio en una resonancia, vino a urgencias muy irritable y caminando de manera extraña. Estaba yo de guardia con una compañera, y el niño estaba nervioso, raro, y nada parecía calmarlo. Entonces le pregunté a mi compañera: “¿Te importa si me cambio para ver si consigo calmarlo?” Ella accedió, me puse el traje y apareció Spiderman ante él. Y funcionó: el niño se calmó, se quedó conmigo tranquilamente, y la madre pudo salir a hablar con el médico. La medicina sola quizá no hubiera conseguido ese momento de paz y tranquilidad. Tres semanas después, el niño falleció, y sí, también estuvo Spiderman con él, y aunque es duro, sé que ese gesto le aportó algo valioso, como lo ha hecho con muchos otros niños.
¿Qué te enseñan los niños enfermos sobre el valor, la paciencia o la vida?
Estos niños te enseñan muchísimo sobre la vida. Solo con ver lo que hay en un hospital, cualquier problema que creas tener se vuelve relativo: te das cuenta de que realmente no tienes ningún problema comparado con lo que ellos viven. Te hace valorar la vida de verdad. Yo soy muy consciente de la suerte que tengo de estar bien y de tener tres hijos sanos, y eso lo debo a todo lo que veo en mi día a día con ellos. Además, la resiliencia de estos niños es extraordinaria. Los padres lo viven mucho más duro que ellos; los niños se adaptan, se sobreponen y muestran una capacidad de adaptación sorprendente. Recuerdo a un chico de 17 años que llevaba siete años ingresado y que, aunque ya sabía que yo era Spiderman, disfrutaba igualmente de la visita. Aunque no todos creen en el superhéroe, les hace ilusión hablar de cómics, cine o incluso de la vida; son momentos que generan vínculos y alegría en medio de la adversidad. Te pongo un ejemplo concreto: este mismo chico estaba terminal y su ilusión era ver la película de “Torrente” con sus amigos del pueblo. Ya no podía ir a su pueblo, así que gracias a la colaboración de la comunidad, se cerró una sala de cine solo para él y sus amigos. Pudo ver la película y disfrutar de ese momento antes de fallecer. Esa capacidad de soñar, de ilusionarse y de vivir cada instante, incluso en las circunstancias más duras, es algo que me enseña cada día sobre el valor, la paciencia y la vida misma.
¿Qué es más difícil: curar un cuerpo o aliviar un miedo?
Buf… es que son complementarios. Si curas, inevitablemente alivias muchos miedos, y si alivias miedos, también ayudas a curar. No podemos quedarnos solo en pautar medicamentos o tratamientos y olvidarnos del alma de la persona. Y eso es algo que a veces falla en la medicina: hay médicos, enfermeras y personal sanitario que, por cansancio o por cualquier otra razón, van “a grano” y no se implican demasiado, y eso genera un distanciamiento que no es bueno. Por eso me gusta hablar de humanización: debería ser algo natural en la medicina, cuidar al ser humano en su totalidad. Recuerdo lo que me dijo mi jefe actual cuando llegó: se reunió con todos nosotros individualmente para preguntarnos cómo estábamos, cómo veíamos el trabajo y a mí me dijo específicamente que quería que siguiera con Spiderman, que le gustaba mucho lo que hacía y que contara con su apoyo si necesitaba algo del servicio. Yo le dije, en broma, que con que no me pusieran problemas me valía, pero para mí fue muy importante: era la confirmación de que podía continuar sin miedo, algo que hasta entonces hacía un poco a escondidas. Mi jefe me contaba algo que dijo sobre la serie House: le preguntaba a una paciente qué prefería, si un médico borde que le diera un tratamiento eficaz o un médico amable que quizás no supiera tanto. La conclusión era que sí se puede: se puede saber de medicina y, al mismo tiempo, dar la mano, acompañar al paciente y aliviar su miedo. Para mí, eso resume lo que intentamos lograr cada día: curar y acompañar al mismo tiempo.
¿Crees que la medicina tradicional ha olvidado durante años la parte emocional de los pacientes?
Sí y no. Creo que mucha gente la ha perdido, pero también hay muchos que no. Probablemente fue algo más general hace años, aunque ahora empieza a haber un movimiento contrario, de médicos que reivindican volver a acercarse al paciente. Aun así, queda mucho camino por recorrer. Por ejemplo, hablaba hace poco con un estudiante de medicina que me contaba que en la facultad les enseñan a no implicarse demasiado con los pacientes, a crear una barrera emocional para que luego no les afecte. Yo creo que es justo al revés: acercarse, empatizar, acompañar, eso es lo que fortalece la relación médico-paciente. Recibo mucho feedback de madres y familiares que me dicen: “Cuando me diste ese abrazo, sentí que me entendías”. Leer las emociones de las personas, sentir lo que necesitan y responder con un gesto de cercanía, un abrazo, una mano sobre el hombro, genera un vínculo profundo. A veces los niños o los adultos no se pueden curar, pero al menos pueden ver que quien colabora en su tratamiento se preocupa, se implica y entiende lo que sienten. Todo esto, claro, me deja una huella enorme; para mí, llevarme esas experiencias a casa es algo que marca y recuerda por qué hago lo que hago.
Cuando te quitas la máscara, ¿qué peso emocional se queda contigo?
Mucho, muchísimo. Me implico mucho más de lo que probablemente debería, especialmente con niños que no son de mi especialidad. Por ejemplo, gracias a Spiderman visito a muchos niños con cáncer que normalmente no atendería, porque dentro de pediatría están en otras áreas como digestivo. A veces incluso hago visitas “a propósito”: hay familias que me preguntan cómo va un niño en particular y yo prefiero no preguntar sobre su enfermedad; simplemente voy, estoy con ellos, me hago amigo de las familias y compartimos momentos. Cuando me quito la máscara, traigo conmigo muchas cosas buenas, pero también algunas muy duras. Tengo muchas heridas de guerra, niños que se han ido… Es un vínculo muy especial, intenso, con ellos y con sus familias, y ese peso emocional forma parte de lo que implica vivir esta experiencia día a día.
¿Cómo te proteges para no llevarte a casa el dolor que ves cada día?
La verdad es que no me protejo; me lo llevo conmigo. Mi mujer muchas veces me riñe: “¿Otra vez con esto? ¿Nunca aprendes?”. Pero no puedo evitarlo. Conoces a un niño simpático, conectas con él, le gusta Spiderman, y cuando las cosas van mal, inevitablemente lo traes a casa. Puede parecer masoquista, pero lo que les aporto a ellos y lo que me aporta a mí todo esto supera con creces el dolor que siento.
Sí, hay momentos muy duros; cuando un niño muere, es un golpe fuerte. Pero aprendes a aceptar que es parte de la profesión. No se trata de crear una coraza para que no te afecte; si no te afecta la muerte de un paciente, probablemente no estás en el lugar adecuado. Como médico tienes que aceptar ese dolor y luego aprender a manejarlo en casa. Cada relación es diferente: algunos niños dejan una huella más intensa que otros, pero al final, siento que lo que aporto siempre pesa más que el daño que recibo. Por eso, para mí, esta experiencia sigue siendo profundamente positiva.
¿Quién cuida al que cuida?
La realidad es que, muchas veces, nadie. En la medicina hay niveles de cansancio altísimos: turnos largos, responsabilidades enormes. A menudo estás solo tomando decisiones rápidas, con la cabeza llena de “y si sale mal” o “y si pasa esto o aquello”. Oficialmente deberías poder pedir ayuda, pero en la práctica casi no hay controles ni apoyos para que alguien te pregunte: “¿Cómo estás?”. Eso es lo que falta: cuidar al que cuida. Si existiera ese apoyo, creo que cambiaría mucho la manera de ejercer la medicina, sobre todo para quienes, por cansancio o frustración con el sistema, han construido una coraza y se centran solo en curar la enfermedad sin mirar al alma del paciente. Ese acompañamiento podría ayudar a recuperar la empatía y el vínculo humano que a veces se pierde en la práctica clínica.
¿Hay días en los que cuesta encontrar fuerzas para volver a ser Spider-Man?
Sí, sí los hay, aunque no son frecuentes. Lo cierto es que Spiderman me aporta muchísimo; de hecho, una semana sin él para mí es una semana perdida. Mi trabajo es intenso, pero pocas cosas me llenan tanto como poder visitar a los niños. Aun así, hay días difíciles, como cuando se muere un niño en guardia. No importa que no sea un paciente mío directo: tienes que comunicar la noticia a los padres, reconfortar a la familia y es devastador. La muerte de un hijo nunca es natural, y eso pesa. En esos días, me cuesta ponerme el traje. Voy más despacio, estoy cansado, dormí poco y la motivación parece no existir. Pero luego lo hago: me pongo el traje, entro al hospital y, de repente, un niño que no conoces de nada corre hacia ti y te da un abrazo porque eres Spiderman. Ese momento lo cambia todo. La tristeza desaparece; el ánimo sube de inmediato. Ser Spiderman tiene algo de mágico: esa sensación de ser alguien capaz de dar alegría a los demás, incluso cuando tú mismo estás agotado, te levanta la moral. Así que, aunque hay días en los que cuesta, una vez que me pongo el traje, todo cambia y se convierte en un impulso para seguir adelante.
Si un niño al que trataste te recordara dentro de 20 años, ¿cómo te gustaría que lo hiciera?
Y, de hecho, eso ya pasa. Algunos niños me tienen muchísimo cariño y con los años, cuando vienen al hospital para revisiones, siguen llamándome “Santi”. Ya saben que no soy el auténtico Spiderman, pero para ellos fui alguien importante en su tratamiento, en su vida. Eso ocurre con muchos niños, con esos “hijos-amigos” que voy viendo crecer. Verlos años después, cuando antes los habías conocido débiles, calvos o enfermos, y ahora están sanos, fuertes, viviendo con normalidad, es increíble. Esa es una de las mejores sensaciones: comprobar que un niño que estuvo tan mal, que casi se pierde, hoy está recuperado. Es algo que te llena el corazón y recuerda por qué haces lo que haces.
¿Te preocupa que se hable más del traje que del mensaje que hay detrás?
Para nada. Yo recibo mucho reconocimiento en redes y de gente que me conoce, pero no es algo que busque ni necesite. Claro que es bonito que se hable, y me encanta, pero no es lo importante. El verdadero reconocimiento viene de los niños: los abrazos, los mensajes de voz, la ilusión con la que esperan que llegue Spiderman, eso vale mucho más que cualquier premio o mención pública. Sí, la historia ha tenido repercusión nacional y la gente me conoce, y está bien que se reconozca lo que se hace por los niños, pero no es por mí. Lo que busco es predicar con el ejemplo: implicarte un poco más, dedicar un tiempo extra, estar presente. No hace falta disfrazarse: puedes tocar la guitarra en una habitación para un niño, jugar a las cartas o simplemente sentarte a charlar con un adulto mayor que está solo en el hospital. Todo esto marca la diferencia. El hospital está lleno de oportunidades para aliviar sufrimiento y acompañar, y me entristece que muchas veces sea tan difícil establecer programas de voluntariado. Hay gente que quiere ayudar, pero las trabas administrativas lo impiden. Y la realidad es que la necesidad de voluntarios es enorme; cada pequeño gesto puede cambiar el día de alguien, y eso es lo que realmente importa detrás del traje.













