Los caminos de la conspiración son siempre inescrutables. Y los que rodean a la dinastía Kennedy, pues… mucho más. Porque hablamos de una familia coronada por un aura de intrigas, de secretos de Estado y de finales abruptos (¿magnicidios ante los ojos del mundo entero y crímenes comunes y corrientes sin luz ni taquígrafos?). Y porque, para rizar el rizo, sobre la crisma de todo el clan se cierne una espada de Damocles que ríete tú del asteroide que se cargó a los dinosaurios de la faz de la Tierra: la llamada “Maldición de los Kennedy”.
Una mala suerte —por llamarlo de alguna manera— impresa a fuego en el ADN. Como si lo llevaran en la masa de la sangre, que diría Lorca. Pues bien, justo ahora cuando se cumple un año de la última filtración de documentos desclasificados sobre el asesinato de JFK en 1963 —ordenada directamente por Donald Trump, que no se está ni un solo día quietecito— con papeles que arrojan todavía más sombras sobre el solitario Lee Harvey Oswald, sobre la Comisión Warren y sobre operaciones de inteligencia con un misterioso personaje llamado "Antillín Peris" intentando vender un texto robado en París para dinamitar la versión oficial ¡en la España franquista!, cae una nueva bomba. O mejor dicho, aparece una nueva fantasía. Televisada. Como si tuviéramos poco.
Y con un protagonista que era como un Dios del Olimpo, pero de carne (y qué carne) y hueso: John John Kennedy, quien con semejante herencia genética, plagada de espionaje y complots, era solo cuestión de tiempo que su final (trágico) llegara antes de tiempo y envuelto, además, en el más oscuro de los misterios.
25 después de aquella gélida noche en la que el Atlántico se tragara el sueño de América en versión Love Story, el mundo se resiste a soltar a la pareja más magnética, inalcanzable y envidiada de los años 90. La del "príncipe de América" y su mujer, Carolyn Bessette, “la más cool” del Planeta. Y la mecha de la ilusión —y la conspiranoica— la acaba de encender el rey Midas de la TV, Ryan Murphy, con la serie que no solo ha resucitado la estética noventera, el pelo rubio mantequilla, las pasarelas plagadas de supertops y las viseras volteadas, el pelo en pecho y lso brushing masculino… sino que además, twisteado tanto el concepto realidad ficción que las redes sociales han enloquecido.
Y no, no es broma. El grito unánime que flota en internet ahora mismo es tan descabellado como irresistible: "¡John John no está muerto! Míralo, es él!". Efectivamente.
Como tantas otras veces con Elvis Presley o con Michael Jackson e incluso con la que fuera amante de su padre, Marilyn Monroe (que ahora tendría 100 años, la pobre…) miles de personas lo han visto caminando por el asfalto. Sonriendo. De hecho… tú y yo, también. No la prima de la amiga del novio de Pili, la del segundo que vio al perrito ya Ricky Martin saliendo de un armario en Sorpresa Sorpresa. Que va. Tú has sido testigo. Porque la teoría que incendia la red y que asegura es que el heredero de la dinastía Kennedy está vivo y oculto a plena luz del día se asienta sobre un hecho, material y palpable (o algo parecido) porque está en tu plataforma de confianza.
Los fans habrían visto una verdad expuesta a todos, como aquel brillante escondido en una araña de cristal en torno al cual giraba toda la trama de La Trama, de Hitchcock, en una de las primeras escenas de la serie de Murphy. Precisamente en esa en la que, John John y Carolyn o mejor dicho Paul Anthony Kelly y Sarah Pidgeon llegan al aeropuerto privado para embarcarse en aquella fatídica avioneta Piper Saratoga II y un figurante, que hace las veces de capitán, les saluda.
Un extra cuyo porte, perfil y cadencia al moverse y caminar son inquietantemente idénticos a los del malogrado heredero, con la cámara extrañamente volteada en su perfil, como si premeditadamente nos estuviera enseñando el brillo de aquel McGuffin del director de Los Pájaros pero sin hacerlo como Dios manda. Algo así como si nos quisiera decir, “sí, es él. No se parece. Es. Y lo tienes delante de ti". Ese comandante es John John.
Atrevámonos a dejarnos llevar por Ryan Murphy y la emoción del momento… Soñemos y digamos: Oye, ¿por qué no? ¿Por qué no puede ser Jonh John? Recordemos lo que suponía ser John John y Carolyn. Ellos eran la realeza americana. Príncipes de unos reyes sin trono pero sí con mucho tronío. Él, el hombre más sexy del planeta; ella, el icono definitivo del minimalismo chic y de la elegancia neoyorquina de los 90. Caminaban por Tribeca y el mundo se detenía.
Generaban una fascinación tan absoluta, tan devoradora, que los flashes los cegaban a cada paso. Pero aquello no dejaba de ser una jaula de oro. Brillante, pero asfixiante. Y si fueras prisionero de semejante asedio mediático, de una adoración que rozaba el paroxismo y solo quisieras desaparecer para vivir tu vida y tu amor en paz... ¿qué harías? Y 25 años después, cuando todo el mudo te adora como adoramos a James Dean o a Lady Di, ¿qué mejor manera que colarte como figurante en una superproducción sobre tu propia vida?
El todopoderoso productor Ryan Murphy, maestro de la ambigüedad, no ha dicho ni una sola palabra para desmentirlo. El silencio, a veces, es el truco de magia más elegante. Hacerte un “ni mutis·”, que diría Belén Esteban. Recordarte que si buscas el nombre del figurante en los títulos de crédito… no aparece. ¿Qué casualidad, no?
La ironía de toda esta fiebre conspiranoica de internet es que la verdadera trama política y de intrigas en la vida de John John era mucho más fascinante (y real) que cualquier cameo televisivo. Porque si analizamos el contexto que rodeaba al editor de 38 años antes de aquel trágico 16 de julio de 1999, no le faltaban los motivos para desear apretar el botón de "reinicio" y esfumarse. De hecho, si has visto la serie (que obviamente sí porque si no no estarías leyendo este texto) ya sabes que eran todos abrumadoramente cansinos.
John John sabía jugar con el mito familiar como nadie pero posiblemente estaba agotado. Desde la dirección de su revista George, demostró una audacia espectacular logrando que Drew Barrymore protagonizara una icónica portada vestida como la tentación rubia bajo el titular "Happy Birthday, Mr. President". Y también supo encajar los golpes, como cuando Lady Di le dio calabazas, o cuando la mismísima Hillary Clinton rechazó su atrevida propuesta de posar luciendo el histórico traje rosa double tweed de Chanel que su madre, Jackie (O) Kennedy, llevaba el día del asesinato en Dallas de su padre.
Ese descaro editorial era solo la antesala de una carrera política que no le apetecía pero con la que flirteaba. (vale, sí, también está en la serie). Pero ¿sabías que que el senador republicano Al D'Amato le animó a presentarse como alcalde de Nueva York? Sin embargo, en los círculos de poder se susurraba la verdadera estrategia: "Tienes que sustituir a David P. Moynihan". Ese legendario escaño por Nueva York (que caprichosamente ocuparía Hillary en 2001) era el trampolín perfecto, "el disparadero exacto para acabar sentado en el Despacho Oval", siempre bajo la protección de su tío, el senador Ted Kennedy.
Pero, por si fuera poco, su vida personal se desmoronaba bajo el peso de la corona. No se hablaba con su hermana Caroline; su desprecio por su cuñado Edwin Schlossberg era público, acusándole de "querer comercializar y exprimir el apellido"... y los truenos de la tormenta perfecta en su casa: el acoso constante de los fotógrafos asfixiaba a Bessette y les obligaba a acudir a terapia de pareja para poder lidiar con las inseguridades, entre otras tantas cosas. Fingir un final trágico era, quizás, el único salvoconducto para proteger su vida (o su magia) y su intimidad (o su amor). Y vale, lo compramos. De hecho, cómo no comprar este argumento de melodrama…
Pero lo verdaderamente triste de esta historia no es el deseo colectivo de que la pareja más cool de Nueva York siga viva, bebiendo martinis en el anonimato de algún rincón del mundo (porque si John John hace de extra, ¿Carolyn estaría también escondida detrás de alguna columna del atelier de Calvin Klein?). Que ese es el sueño.. La pesadilla, lo que general el desasosiego, es que la política más oscurantista secuestre esa esperanza beatificadora.
Hablamos del movimiento radical QAnon, que ha utilizado la figura de JFK Jr. como arma política. Sus fieles llevan años congregándose en la plaza Dealey de Dallas (donde asesinaron a su padre), esperando bajo la lluvia un milagro mesiánico. La proclamación en sus foros es delirante: "John John volverá para revelar la verdad y anunciarse como vicepresidente de Donald Trump". Dentro de su locura, afirman que el icono de estilo de los 90 "vive camuflado como un gerente de ventas en Pittsburgh llamado Vincent Fusca", o peor aún, que es el mismísimo "Q", el líder anónimo del movimiento.
Vale que la versión oficial de los atestados aplasta la fantasía. La guay y la chunga. Pero de tan aplastante, escama. "Desorientación espacial". La versión oficial que dictan los atestados es clínica y desoladora. Aquella noche, un inexperto John John tomó los mandos de su avión Piper Saratoga II sin el apoyo de su instructor de vuelo, Jay Biederman. Le acompañaban Carolyn y su cuñada Lauren (de 34 años). No hubo complots en la sombra. Según la Junta Nacional de Seguridad en el Transporte (NTSB), el joven millonario perdió el control en medio de la noche y se estrelló.
La tragedia quiso escribir su propio y macabro epílogo geográfico: cayeron frente a la playa de Philbin, en el extremo oeste de Martha's Vineyard. Frente a la arena donde su madre, Jackie, poseía su espectacular mansión de verano, y en cuyo extremo sur su tío Ted Kennedy había protagonizado en 1969 su mayor y más vergonzoso escándalo político, Chappaquiddick.
Días después, tras localizar los cuerpos a la deriva en aguas congeladas, fueron incinerados. Sus cenizas devueltas al mar. Esa fue la cruda realidad oficial. Pero mientras Ryan Murphy guarde silencio y las pantallas sigan devolviéndonos ese perfil inconfundible pero anónimo entre los extras, el mundo seguirá prefiriendo la leyenda. Y soñando.
Y sinceramente, ¿quién puede culparnos por querer que la belleza, la rebeldía y el amor tengan, por una vez, la última palabra frente a la tragedia? Vista la serie (y las imágenes reales en las que se basa) es imposible creerse que semejantes titanes puedan simplemente desaparecer en el fondo del océano.














