Hay trayectorias que se construyen paso a paso y otras que, con el tiempo, terminan pareciendo un mapa entero del oficio. La de Silvia Abascal pertenece a esas que han crecido con la paciencia de los años y la pasión intacta por la interpretación. Más de tres décadas delante de la cámara y sobre el escenario la han convertido en una de esas actrices que entienden su profesión como un lugar de búsqueda constante, de respeto profundo por los personajes y por las historias que habitan.
Con motivo de la 29ª edición del Festival de Málaga —y en plena presentación de su último trabajo, Entre Tierras, la exitosa serie de Atresplayer en la que da vida a Estrella— la actriz vuelve a una ciudad que ocupa un lugar muy especial en su memoria. Aquí ha presentado películas, ha sido jurado y también celebró uno de los reconocimientos más importantes de su carrera: la Biznaga de Plata a mejor actriz en 2006 por La dama boba. Málaga forma parte de su historia, también desde un lugar más íntimo, porque fue en este mismo festival donde hace quince años sufrió un ictus. Volver hoy, rodeada de cine y frente al mar que tanto le gusta, es para ella una forma de demostrar que la vida continúa.
—PREGUNTA: ¿Qué tal estás?
—SILVIA: Aquí, haciendo entrevistas sin parar. Sin parar. Sí, pero también muy contenta de venir a Málaga. Me encanta venir al festival.
—¿Y qué significa Málaga para ti?
—Pues es que es el festival en el que he estado más veces. Yo creo que no sé cuántas… a lo mejor 11 o 12. Claro, llevo 32 años trabajando y aquí he presentado películas, he presentado la gala de inauguración, he sido jurado, me llevé la Biznaga hace 20 años… Pase lo que pase aquí, personalmente en el festival. Entonces es un festival que agradezco mucho, mucho. En Málaga nos sentimos muy queridos.
—¿Cuál el mejor recuerdo que guardas del Festival?
—En el festival, la Biznaga de Plata a mejor actriz en 2006 por La dama boba. Además por un personaje que era comedia dentro de una película que estaba en verso. Normalmente, cuando hay trabajos que se valoran mucho por la crítica y son comedia, cuando llegan los premios o las nominaciones frente a un trabajo dramático es muy difícil que ganen. Siempre pasa eso con la comedia, y la comedia es súper difícil, muy difícil.
Entonces eso me hizo mucha ilusión, y más por una película que quise tanto como La dama boba, con Verónica Forqué, con José Luis Gil… muy especial. Había ahí Lorenzo Caprile haciendo el vestuario, preparábamos el verso con Alicia Hermida… Fue tan bien recibida por el público… Ese recuerdo fue precioso.
—¿Y el recuerdo no tan dulce cómo lo recuerdas? (Sufrió un ictus el 2 de abril de 2011, a los 31 años de edad, uno de los últimos días del Festival de Málaga).
—Pues con mucho agradecimiento, porque me pilló en el Málaga Palacio rodeada de gente, al ladito del hospital Carlos Haya. Me preguntan mucho al venir aquí, pero no se remueven malos recuerdos, todo lo contrario. Qué bien que fueran esas circunstancias, porque el tiempo es vital.
—Hay gente que se estanca después de algo así, pero por lo que veo tú eres una persona que sigue hacia adelante.
—Bueno, siento que toda reacción a un viaje como este es igual de digna. Tanto el que dice “vamos para adelante” como el que dice “necesito parar” o “yo no puedo luchar con esto”, porque se empieza desde cero. Y hay dependencias muy grandes y pérdida de dignidades… es un viaje. Entonces toda reacción y voluntad es igual de respetable. Pero bueno, yo cogí la de “vamos para adelante”.
—Cuando miras toda tu trayectoria, ¿qué le dirías a esa Silvia que empezó hace tantos años?
—“No te lo vas a creer. Vas a vivir de esto muchos, muchos años”.
—¿Sientes que tu relación con la interpretación ha cambiado respecto a cuando empezaste?
—Mucho. Cuando empiezas tan joven —yo tenía 14 años— hay una parte de desconocimiento y de inconsciencia que te hace más valiente. A mí Chicho me decía algo y yo no sabía… Bueno, veía a Chicho con el puro, con la bufanda, tan serio… pero cuando no sabes, eres una niña. Luego, cuando ya conoces a Chicho, sería diferente.
Eso tiene una parte muy bonita: la inconsciencia que te hace muy brava. Y luego, a medida que pasan los años, siento más respeto por el oficio. Ha cambiado todo. Yo recuerdo cómo se hacía Pepa y Pepe: un capítulo de 25 minutos lo hacíamos en una semana, sin exteriores, con cinco actores. Fíjate cómo ha cambiado todo. Antes, para documentarme para un personaje me iba a la biblioteca. Ahora… claro, es otra generación. Nos ha tocado vivir un cambio muy grande.
—¿Cuál dirías que es la clave para mantenerse tantos años siendo una actriz reconocida?
—No lo sé, pero siento que es vital la confianza en uno mismo. Como no creas tú, no cree nadie. Sentir la vocación y decir: “Este es mi don y a esto me dedico”. Pero también con los ojos abiertos, porque yo he empezado con compañeros que eran animales de la interpretación y que ya no se dedican a esto. Es muy difícil vivir de ello, mantenerse. No es el glamour de las alfombras que se vende tan dorado. La esencia de la profesión nada tiene que ver con eso.
Y no solo es complicado trabajar o vivir de ello, también evolucionar. No acomodarte. Decir: “Un nuevo reto, un personaje, una historia”.
—Hablando de Entre tierras, ¿qué fue lo primero que pensaste cuando leíste el guion?
—Antes de leer el guion vi la serie, porque no la había visto. Sabía que había sido un exitazo, pero no la había visto. Entonces me interesó mucho el mundo rural, porque hay muy poquito de eso. Todo es muy tecnológico ahora. Y especialmente me interesó el mundo de las mujeres.
—¿Crees que el personaje también habla del miedo a perder la autonomía?
—Me imagino que ese es uno de los mayores miedos que tenemos todos. Más que la muerte, yo creo. Es una cuestión de no ser un ser dependiente.
—¿Qué le ha sumado este personaje a Silvia?
—Me ha gustado mucho de Estrella esa cosa tan generosa en el amor: entender que el amor va por encima del deseo, por encima de uno mismo. Cuando amas de verdad quieres la felicidad del otro por encima de la tuya.
—¿Cuál fue la escena que más te gustó rodar?
—Tuve una muy difícil el primer día con Megan, pero es una compañera muy generosa y ha sido muy bonito trabajar con ella. Hay una secuencia por la noche en el patio de la casa, con Rodolfo y con Elena, mi marido y mi hija en la serie. Es una escena muy sencilla, de actores, una conversación en la que hay una confesión. Es muy emocionante, muy bonita.
—¿Hay algún personaje que sientas que todavía te está esperando?
—En teatro sí. Hay uno que trabajé en la escuela y que me apasiona. A lo mejor algún día se puede hacer, ya veremos. En los grandes textos, en los clásicos, hay muchos personajes por hacer. Y lo bueno del teatro es que la edad no pesa tanto como en cámara. El otro día escuchaba a Lola Herrera: Cinco horas con Mario lo ha hecho con 20, con 40, con casi 70 años.
Nuestra conversación avanza entre risas y recuerdos del oficio, pero hay un detalle que inevitablemente me llama la atención. Más allá del precioso dos piezas naranja que luce para la ocasión, en su hombro asoma un tatuaje pequeño y poderoso: “Leona”, el nombre de su hija. Lo lleva con la naturalidad y el orgullo de quien sabe que ahí está lo verdaderamente importante. Silvia siempre ha protegido con discreción su vida privada, pero ese gesto —grabado en la piel— dice mucho sin necesidad de palabras. Como hijo, confieso que no pude evitar sentir una especie de complicidad silenciosa al verlo. Y así, casi sin querer, la conversación se desliza hacia el terreno más íntimo: el de la maternidad, ese amor que hace que sus ojos brillen.
—¿Cómo se compagina una vida personal con una profesión tan complicada?
—Muy difícil. Un quebradero de cabeza. Conciliar es muy difícil para todos, pero en nuestro oficio no hay estabilidad ninguna.
No sabes horarios. Un día te recogen a las cinco de la mañana, otro día el rodaje es por la noche… cambia todo constantemente. Entonces a veces, como mujer y como madre, te sientes en la cama como un controlador aéreo.
—Si tu hija te dijera que quiere ser actriz, ¿qué le dirías?
—No lo sé… cuando llegue, ya veremos. Pero ojalá en lo que decida hacer vaya con ilusión a trabajar. Eso es lo único que me interesa: que se despierte con ganas de ir a trabajar.
—Cuando terminas de rodar, ¿dónde desconectas?
—En casa. Yo llego a casa y se acabó todo. Me quito el taconazo, el maquillaje, me pongo el pijama, la pinza, y ya está.
Aunque hay trabajos que te cuesta soltar. En Días de vino y rosas con Carmelo Gómez, donde hacía de alcohólica, los viajes emocionales eran tan fuertes que llegabas a casa y tardabas en bajar de ahí.
—¿En qué momento personal te encuentras ahora?
En un momento tranquilo. Disfrutando mucho de mi intimidad, de mi nido. Empiezo a pensar que la felicidad pasa más por sentir serenidad que por grandes exaltaciones. El éxito más grande que hay es sentir paz.












