No escatima Sevilla en grandes monumentos; en potentísimos referentes históricos. Por eso, nadie pone en duda que resulte imposible hacer una visita a la ciudad sin incluir en el itinerario paradas como el deslumbrante Real Alcázar, la imponente Catedral y la Giralda, el apacible Parque de María Luisa o la espectacular Plaza de España. Pero, ¿qué más tiene para ofrecer la capital andaluza? ¿Qué hacer cuando ya se han visto sus mayores referentes? Pues otros muchos planes imperdibles que son parte también de la idiosincrasia de la ciudad y que hoy te venimos a contar.
La Sevilla señorial
Arranquemos por lo importante: Sevilla son sus barrios, y cada uno de ellos posee su carácter y ambiente. Conforman pedacitos de un todo que se complementan a la perfección, como si de un puzle se tratara. Pero, más allá del Barrio de Santa Cruz o de Triana, hay otros vecindarios en los que poder tomarle el pulso a la urbe. Por ejemplo, El Porvenir, que se despliega junto al Parque de María Luisa demostrando que, a elegancia y señorío, pocos lo igualan.
La responsable fue la Exposición Iberoamericana del 29, que promovió que comenzaran a levantarse majestuosos edificios de marcado estilo regionalista en la zona. Caminar por sus calles es dejarse atrapar por una Sevilla más pausada, más de barrio, en la que no faltan los negocios de siempre, pero tampoco los de ahora: una tapita en Casa Palacios, un almuerzo en Estraperlo o en Sobretablas, y unas compritas en tiendas como Malmö The Store o La Mansa, siempre sumarán.
Después, sí o sí, habrá que dar un paseo por el Parque de María Luisa, que un poquito de oxígeno jamás sobra. Aquí, en vez de tomar dirección a la mítica Plaza de España, nos dirigimos a otra de las grandes obras del maestro del regionalismo andaluz, Aníbal González: en la Plaza de América se alzan los fascinantes edificios del Pabellón Mudéjar –sede del Museo de Artes y Costumbres Populares–, el Pabellón Real, y el Pabellón de las Bellas Artes –que acoge el Museo Arqueológico–, bellos a rabiar.
Un centro alternativo
Venga va: aunque sea de pasada, le damos un repaso al centro de Sevilla. Porque incluso allí donde se concentran más visitantes por metro cuadrado, donde se reúnen más monumentos y reclamos turísticos, hay lugar para las sorpresas. Por ejemplo: nos saltamos la bulliciosa avenida de la Constitución y callejeamos por su lateral, allí donde se despliega el barrio del Arenal, para toparnos con rincones maravillosos como el Arco del Postigo o, oculto en el interior de un edificio, la Plaza del Cabildo. Aquí, en la intimidad de este patio semicircular, se despliega cada domingo por la mañana un coqueto mercadillo de numismática y filatelia digno de visitar.
Y si hay ganas de picar algo, por la zona se reparten innumerables bares de tapas y restaurantes que concentran la esencia más auténtica. No faltan la Bodeguita Romero o Bodeguita Morales. Tampoco, para una versión más vanguardista de la gastronomía –y a un salto de la Plaza de Toros de la Maestranza y de las Reales Atarazanas, el histórico complejo industrial mandado levantar por Alfonso X el Sabio como astillero donde construir galeras reales y que abrirá al público muy pronto–, el imperdible Sr. Cangrejo y un alojamiento, el Mercer Sevilla, donde el lujo se escribe en mayúsculas.
Hacia el lado opuesto, allí donde se reparten las calles de la antigua judería o barrio de Santa Cruz, un rincón secreto —o casi— llamado Plaza de Santa Ana y un hotelito boutique en el que arte, patrimonio e historia se entrelazan: la Casa del Limonero es el lugar para quienes lo exclusivo significa algo más.
Alfalfa y más allá
Hablemos de arte, que siempre es buen plan. Y hablemos de aquellos proyectos alternativos y pequeñitos que defienden con ahínco que hay espacio en la capital andaluza también para la vanguardia. Lo llevan demostrando los chicos de Delimbo desde hace más de 20 años en el barrio de la Alfalfa: adentrarse en su galería, enfocada al arte urbano, resulta siempre fascinante. A su vera se halla también, desde 2020, Galería Barrera y Baldán. Algo parecido ocurre con Espacio Derivado: en la Plaza Pérez Galdós, esta casa de aire señorial en la que un día vivió el célebre arquitecto José Espiau, hoy día pasan cosas, desde exposiciones a presentaciones de libros o charlas.
También es buen sitio la Alfalfa para ir de compras: aquí se huye de las grandes cadenas y se propone ir más allá. Sucede con negocios enfocados a la moda y el diseño como Verde Moscú o La Importadora, con concept stores como Isadora, o con templos de la artesanía local como La Coleccionista o Tenderete.
Y más allá sigue esa ruta alternativa que nos lleva a conocer una Sevilla diferente: muy cerca de Las Setas se alza una de las aperturas hoteleras más destacadas de 2025, Cristine Bedfor Hotel, donde patrimonio y hospitality se abrazan. Una maravilla de 28 habitaciones que destaca, no solo por la elegancia y majestuosidad que han marcado su reforma, sino también por la historia del lugar enel que se encuentra, un icónico edificio regionalista firmado por Aníbal González que albergó la antigua sala de variedades Lido y que estuvo durante décadas abandonado. Antes de enfilar el camino a la Macarena, un parada para comer en La Casa del Tigre,restaurante de ambiente íntimo desde cuyos fogones defienden una cocina contemporánea. Su barra inspirada en épocas pasadas invita a relajarse con uno de sus deliciosos cócteles.
Mercadillos, diseño y religión en La Macarena
Si coincide que nos animamos con este otro barrio de Sevilla en jueves, estaremos de suerte: es entonces cuando la mítica calle Feria se cierra al tráfico y se despliegan, entre los cruces de Correduría y Castellar, los puestecillos de uno de los mercados de pulgas más antiguos de Europa. Porque sí: 'El Jueves', como se le conoce popularmente, lleva celebrándose religiosamente desde nada menos que el siglo XIII. Pura historia viva de la ciudad. El ambiente que se vive en torno a los tenderetes es único, y en ellos se pueden encontrar piezas de lo más estrafalarias y diversas a las que conceder una segunda vida.
El jaleo no cesa tampoco más allá, donde se encuentra el Mercado de Abastos. Aquí vecinos y foráneos se entremezclan con los puestos de fruta y de carne, de flores y de pescado. Unos, en busca de la compra del día; otros, en busca de las escenas más cotidianas de la ciudad –o de tomar una tapita, si se tercia,en alguno de los barecillos que aguardan en sus entrañas–. Junto al edificio principal encontramos el Omnium Sanctorum, levantado en 1249 y una de las iglesias más antiguas de la ciudad. Y, tras él, el Palacio de los Marqueses de Algaba, que sigue demostrando que, de tesoros monumentales, está Sevilla llena: este palacio renacentista del siglo XV, que alberga hoy oficinas del ayuntamiento, es visitable. Solo por ver su espectacular claustro, ya merece la pena acercarnos.
A solo unos pasos, la capilla de Montesión, tan adorada o más que su vecino, el Vizcaíno, uno de esos bares rebosantes de solera que, abierto desde 1936, continúa sirviendo vermú casero a granel y montaditos que saben a gloria. Tampoco hay que olvidarse del café de especialidad de Muy Coffee, un diminuto negocio familiar donde la simpatía está al mismo nivel que el delicioso sabor de su espresso.
Después nos animamos con la calle San Luis, donde seguimos descubriendo una Sevilla muy diferente: apuntarnos a una visita guiada por las entrañas de la Iglesia de San Luis de los Franceses, desacralizada y ejemplo absoluto de arquitectura barroca sevillana. Admirar su deslumbrante cúpula, uno de sus elementos estrella, es fundamental antes de echar un vistazo a Rompemoldes, la corrala de vecinos donde se dan la mano disciplinas tan variadas como la imaginería, la luthería, la joyería o la restauración.
Al otro lado del río
Y cruzamos el Guadalquivir. Y nos entregamos a una Isla de la Cartuja en la que los recuerdos del pasado se escurren entre antiguos pabellones de la Expo 92 y largas avenidas flanqueadas por empresas y facultades. Pero también se halla aquí otra joyita de esas que es menester visitar: el Monasterio de la Cartuja aguarda con su historia, su rico patrimonio y su arte. Fundado por los monjes cartujos en el siglo XV, llegó a alojar en su hospedería al mismísimo Cristóbal Colón antes de partir hacia su segunda expedición a las Américas. Hoy, acoge también unos agradables jardines, espacios religiosos y el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC), cuyas exposiciones siempre son de una calidad suprema.
Sin movernos de este ladito de la ciudad, alcanzamos el CaixaFórum, cuyo calendario de eventos y exhibiciones también es siempre espectacular. Junto a él, el Parque de Magallanes y la imponente Torre Pelli, el rascacielos más alto de Andalucía, aguardan para mostrarnos una última estampa de Sevilla: la que contemplamos desde un mirador a 180,5 metros de altura. Un último vistazo a esta fascinante ciudad que nos ha demostrado, una vez más, que oculta en sus calles tantas caras como queramos disfrutar.



















