Hay rutas cercanas que lo tienen todo, como la que une Béjar, Candelario y La Covatilla, un trío salmantino para un viaje corto en distancia que une dos pueblos llenos de encanto y un destino de montaña que, estas semanas, cubierto de blanco, atrae para disfrutar de una jornada de esquí.
A unos 70 kilómetros de Salamanca capital hacia el sur, Béjar no se revela de golpe, sino que empieza asomar entre bosques y montañas mientras serpentea la Autovía de la Plata. Tomando el desvío que sube al casco histórico amurallado, aparecen las torres de sus iglesias y la silueta de la localidad elevándose sobre el valle. El paseo por el pueblo puede comenzar tomándose un café en la plaza Mayor, donde se siente la esencia del lugar, con sus soportales, el Palacio Ducal —en cuyo interior se ubica una cámara oscura visitable— y fachadas con siglos de historia que cuentan historias de la antigua Béjar industrial.
Porque Béjar, a mediados del siglo XVIII, fue un destacado centro de producción textil de España. Su ubicación, en la confluencia de las cañadas merinas que seguían hacia Extremadura por la Vía de la Plata, y la fuerza del río Cuerpo de Hombre, que podía mover hasta 200 fábricas en su máximo apogeo, hicieron posible este auge industrial. De todo aquello ha quedado hoy un reguero de fábricas abandonadas junto al río que pueden seguirse en un paseo señalizado de 4 kilómetros (ida y vuelta), en una de las cuales se sitúa el Museo Textil.
Pero Béjar atesora un rico patrimonio que va mucho más allá de sus fábricas textiles, ahí están los restos de las murallas medievales, que se descubren a partir del parque de la Antigua. También merecen una visita sus iglesias, la de Santiago —la más antigua—, el Salvador o Santa María, y sus museos: el judío David Melul, el municipal de Escultura Mateo Hernández y el dedicado al legado Valeriano Salas, instalado en el convento de San Francisco.
Aunque ninguna visita a Béjar estaría completa sin visitar, fuera del casco urbano, el jardín histórico El Bosque, con estanques, fuentes y palacete que fue concebido como villa de recreo por los Duques de Béjar. Muy querido también el santuario de Nuestra Señora del Castañar, junto al que se encuentra la plaza de toros, una de las más antiguas de España, que tiene buena parte de sus gradas picadas en granito.
Solo 5 kilómetros de distancia separan Béjar de Candelario. Un cartel a la entrada anuncia que está entre Los Pueblos más bonitos de España. Una localidad serrana de pura cepa, escalonada en la ladera de la sierra de su mismo nombre, y con unos aires tan limpios y curativos que no pueden ser más beneficiosos para su industria chacinera. Sus vecinos cuentan que durante muchos años sus chorizos eran los preferidos de la Casa Real.
Candelario tiene un par de edificios de interés —la iglesia de la Asunción, el ayuntamiento y la ermita del Humilladero—, pero el encanto está en sus calles por las que pasear, a pesar de la pendiente, es, literalmente, una delicia, porque uno siente que ha retrocedido en el tiempo. Son estrechas y empedradas y animadas por el sonido de sus regaderas, esos canalillos que recogen el agua de las nieves de la sierra, y el de sus numerosas fuentes —la de La Hormiga, la de la Carretera, la del Parque, la del Arrabal, la del Barranco, la de las Ánimas, la de la Corredera— con caños que manan de continuo.
A un lado y al otro de las calles, hileras de casas con balconadas y provistas de batipuertas. En otro tiempo, esta media puerta que antecede a la principal cumplía una triple función, la de proteger la vivienda de las frecuentes nevadas, evitar a la entrada que entrara el ganado que merodeaba por las calles y reducir a los cochinos para iniciar el proceso de la matanza.
Para sumergirse en esta labor tan tradicional, hay que visitar la Casa Chacinera, un particular museo etnográfico que muestra el modo de vida en Candelario a finales del siglo XIX y principios del XX. La visita teatralizada a su interior muestra con gracia cuánto trabajo e ingenio hay en algo tan rústico y fetén como un bocadillo de pan con chorizo. Abre sábados y domingos por la mañana.
En Candelario se puede pasar la noche y al día siguiente dedicar la mañana a disfrutar de la montaña. El pueblo tiene un puñado de casas rurales y apartamentos turísticos, también está la agradable Posada de Candelario (posadadecandelario.com) y la Posada Real Casa de la Sal (casadelasal.com), que ocupa una antigua casa-fábrica de embutidos rehabilitada, de hace más de dos siglos. Un alojamiento con personalidad que combina tradición y arte con detalles de exquisitez y cuenta con restaurante de cocina tradicional y platos con pequeños guiños a la cocina de las Américas.
UNA JORNADA EN LA NIEVE
Desde Candelario, la carretera SA-225 sube en 7 kilómetros hasta la estación Sierra de Béjar-La Covatilla, situada sobre las laderas del pico Canchal Negro (2346 m), en la sierra del Calvitero. Sus 20 kilómetros de pistas amplias y diferentes niveles, sus pendientes suaves y sus instalaciones —que incluyen snowpark—, brindan excelentes oportunidades para una jornada tranquila en la nieve, especialmente familias y aquellos que desean iniciarse en la práctica del esquí. A tener en cuenta también sus precios, pues es una de las estaciones más baratas de España (15 € el forfait).










