Han pasado dos décadas desde que la Casa Imperial y el Gobierno de Japón se rindieron ante la evidencia de que la realeza nipona, la monarquía hereditaria continua más antigua del planeta, está en peligro de extinción. El marco normativo creado para ellos a mediados del siglo pasado, unido a que en su casa nacen más mujeres que hombres, ha dado como resultado una familia imperial pequeña, envejecida y sin recambio. A lo largo de estos años se han impulsado tres intentos de reforma, pero siempre han terminado en un cajón. Ahora este proceso se está acelerando como nunca antes, ya que el presidente de la Cámara Baja quiere revisarlo antes de julio. Sería una reforma histórica, aunque lo que se propone es rescatar a los varones y seguir frenando los derechos femeninos.
El gran problema de la realeza japonesa es su sistema sucesorio: frágil y dependiente de muy pocos varones. Por eso el Gobierno japonés creó hace años un consejo de expertos que busca soluciones para "conseguir más miembros" para la Familia Imperial. La solución evidente sería contar con las mujeres de la casa, es decir, darles los mismos derechos que tienen los varones. Podría ser desde permitir que pudieran ocupar el trono -algo que nunca se ha planteado en la historia reciente, a pesar de haber tenido emperatrices en el pasado- o, como medida intermedia, permitir que transmitieran derechos dinásticos a sus hijos si estos nacieran varones. Sin embargo, los expertos encontraron una solución distinta, y es ahora mismo la que tiene la mayoría de los apoyos: adoptar hombres de la línea paterna de las antiguas ramas de la familia imperial.
La primera pregunta sería: ¿de dónde van a salir esos hombres que vienen a "rescatar" a la realeza imperial? La respuesta está en el propio nacimiento de la ley que se quiere reformar. La Ley de la Casa Imperial, una de las más restrictivas del mundo, se aprobó en 1947, igual que la Constitución de Japón, después de la Segunda Guerra Mundial y bajo la ocupación de Estados Unidos. En ese momento el proyecto estadounidense era claro: desmilitarizar el país, redefinirlo como una democracia estable y controlada y evitar que el Emperador pudiera tener poder político, es decir, limitar el poder imperial. Para ello se optó por reducir el tamaño y la influencia de la familia imperial. Se eliminaron más de una decena de ramas masculinas: son los sucesores de esos miembros, que perdieron el estatus real de la noche a la mañana, los que ahora podrían ser adoptados por otros miembros masculinos de la familia real.
La siguiente pregunta sería por qué, si la Constitución aprobada ese mismo año sí abrió la puerta a cierta igualdad dentro de una sociedad con un machismo estructural, no se hizo lo mismo en la Ley de la Casa Imperial. Posiblemente porque la finalidad de todo era convertir al emperador en un símbolo nacional, carente de poder, y no abrir profundos debates culturales en tiempo de ocupación, algo que podría haber generado resistencia. En definitiva, la prioridad para los estadounidenses en ese momento era la estabilidad.
La reforma se ha acelerado porque la Alianza Reformista Centrista (CRA) ha acordado respaldar la propuesta para aumentar el número de miembros de la familia imperial mediante la adopción de varones de antiguas ramas paternas y también apoyar que las mujeres conserven su estatus imperial tras casarse, aunque hay divisiones internas sobre si sus maridos e hijos deberían recibir ese estatus. De esta forma, es la propuesta de adopción la que gana relevancia porque el Partido Liberal Democrático y Nippon Ishin no Kai también la apoyan, mientras que el Partido Democrático Constitucional es el único que se opone y el que tradicionalmente ha apostado por el método más "sostenible": dar derechos a las princesas que ya están dentro de la casa.
Las reuniones están previstas para las próximas semanas, ya que, según Japan Times, el presidente de la Cámara Baja ha manifestado su deseo de revisar la Ley de la Casa Imperial durante el actual ejercicio, que está previsto que finalice a mediados de julio. Todo apunta a que las princesas que están dentro, entre ellas la princesa Aiko, la única hija del emperador, podrán conservar el estatus real y las funciones de representación en un futuro y tras la aprobación de la nueva ley. Lo que no está nada claro es que puedan transmitir los derechos dinásticos a sus hijos. Tampoco hay consenso sobre qué tratamiento dar a un futuro plebeyo que se case con una princesa nipona, ya que hasta ahora ellas son expulsadas de la casa al contraer matrimonio, la última fue la princesa Mako, que vivió un calvario por el camino. Habrá que esperar, todavía más, para ver en qué se materializa una ley que las Naciones Unidas lleva años tachando de discriminatoria.









