En contra de todo pronóstico, Sophie de Edimburgo, la mujer del príncipe Eduardo, fue la gran ausente en la tradicional cita con la que la realeza británica dio la bienvenida a la primavera: la misa del Domingo de Pascua y el posterior almuerzo familiar en el Castillo de Windsor. En una agenda como la suya, normalmente predecible y marcada por la constancia, esta ausencia ha llamado la atención, sobre todo porque se suma a la que tuvo lugar hace escasas semanas, cuando faltó a la cena de Estado con el presidente de Nigeria. Esto no significa que la duquesa se haya retirado; más bien apunta a un cambio de etapa que recuerda a la que ha seguido Guillermo como príncipe de Gales: de imprescindibles a estratégicos.
Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que el rey Carlos III y la princesa de Gales tuvieron que retirarse temporalmente de la vida pública por motivos de salud. Fue entonces cuando el matrimonio formado por el príncipe Eduardo y la duquesa Sophie dio un paso al frente y asumió, igual que la princesa Ana, un volumen de compromisos que en ocasiones poco tenía que ver con sus intereses personales. Era el momento de dar estabilidad a la Corona británica, y así se hizo. Sin embargo, el escenario ha cambiado: tanto el rey como la princesa funcionan ahora —al margen de los viajes oficiales al extranjero— a pleno rendimiento. Ese regreso a la normalidad ha permitido a Sophie reorientar su papel, centrándose en sus causas y definiendo su imagen hacia una dirección muy concreta.
En menos de un año, y al margen de las labores puramente institucionales, la duquesa de Edimburgo ha estado en Somalia, Kenia, la República Democrática del Congo, Bosnia-Herzegovina y Ucrania, viajes realizados como parte de su programa de apoyo a las supervivientes de violencia sexual relacionada con conflictos. Este tipo de desplazamientos, a diferencia de los que tienen una finalidad diplomática —como el viaje a Japón en septiembre de 2025—, los hace siempre en solitario y con una proyección mediática discreta, casi silenciosa, pero de enorme impacto humanitario.
Ese fue el caso del viaje que realizó al Chad en otoño de 2024, un país que nunca había estado en la agenda de la realeza británica. Allí, como defensora de la Agenda de Mujeres, Paz y Seguridad (WPS) de la ONU y de la Iniciativa de Prevención de la Violencia Sexual en Conflictos (PSVI) del Reino Unido, logró que los medios británicos miraran hacia el impacto que la guerra en Sudán estaba teniendo en la población civil, especialmente en mujeres y niñas víctimas de violaciones utilizadas como arma de guerra en un conflicto prácticamente olvidado por la comunidad internacional. Todo ello sin olvidar su papel como Embajadora Global de la Agencia Internacional para la Prevención de la Ceguera, un proyecto que impulsó tras el nacimiento de Lady Louise y que siempre ha formado parte de su agenda.
Ya entonces se percibía que ese camino guardaba ciertas similitudes con el que Diana de Gales inició al final de su vida. Es posible que este enfoque siempre hubiera estado en la mente de Sophie, pero dentro de la Casa Windsor no todo es posible: los papeles, los focos y las iniciativas se reparten de forma precisa, tanto a nivel institucional como familiar. No hay que olvidar que en los últimos años de Isabel II, una de las principales preocupaciones de la duquesa fue estar pendiente de ella. Eran grandes amigas, y Sophie era de las pocas mujeres de la familia que formaba parte de su círculo de confianza más estrecho. También es probable que, sin la salida de los duques de Sussex, Sophie no hubiera tenido acceso tan fácilmente a una carrera humanitaria internacional tan potente, un espacio que tradicionalmente se asociaba a Harry y que se esperaba que Meghan reforzara.
Como el resto de los Windsor en activo, Sophie cumplió con el papel que Isabel II le asignó y, después, se ganó un lugar propio en el reinado de Carlos III. Ahora ha empezado a volar sola, siempre desde la discreción y con la conciencia de que, por su posición institucional, el protagonismo recae en los reyes y en los futuros reyes. Esa estrategia —la de esperar el momento adecuado— es muy similar a la que ha llevado a cabo el príncipe Guillermo en los últimos años. Como duque de Cambridge asumió lo que su abuela dispuso para él, incluso cuando incluía patrocinios heredados o funciones que hoy resultan obsoletas para la monarquía que él imagina.
Desde la muerte de Isabel II, Guillermo, como príncipe de Gales y con la independencia económica que le proporciona el ducado de Cornualles, ha dado un giro a su figura y a su casa. Ha apostado por menos causas, pero más definidas, en las que pueda generar un impacto significativo: el proyecto para personas sin hogar —acompañado de la narrativa de que era una idea de Diana— dentro del Reino Unido, y los premios Earthshot a nivel internacional, unos galardones itinerantes que buscan posicionarlo como líder global en materia ambiental en países donde la influencia británica ha disminuido.
En el terreno familiar, el viraje también es evidente: Guillermo y Kate han priorizado la vida doméstica y, por ahora, la princesa no ha anunciado planes de retomar la agenda internacional. De algún modo, todos han ido adaptando su papel a este nuevo reinado. Con las distancias obvias, en el futuro Guillermo y Kate asumirán más responsabilidad, mientras que los duques de Edimburgo la irán perdiendo. Pero en este momento ambos han apostado por dejar de ser figuras imprescindibles para convertirse en presencias estratégicas: Guillermo como hombre de Estado y líder global en materia ambiental, y Sophie dejando atrás el papel de "comodín" para consolidar una identidad pública propia y de poryección humanitaria.














