La esposa de Guillermo de Holanda se ha convertido en la anfitriona de excepción de la primera dama de Alemania. Después de un histórico banquete de Estado en el Palacio Real de Ámsterdam, en el que la princesa Amalia deslumbró con la imponente tiara de las Estrellas, la Reina se ha ocupado de protagonizar la agenda paralela habitual del viaje de Estado, frente al Rey y el presidente alemán, que han continuado su agenda institucional intacta. Un momento en el que la Reina neerlandesa ha desempolvado uno de los broches más imponentes del joyero de la dinastía Orange-Nassau, aguardando tras la alhaja una historia que recorre una de las monarquías imperiales más destacadas del mundo.
El brillo de las perlas y los diamantes rosados
En una destacada Corte Imperial, los diamantes de tonalidad rosada alcanzaron una categoría casi legendaria, al representar el máximo símbolo de estatus, legitimación divina y poder autocrático de la dinastía Románov. Estas gemas, tan sencillas como espectaculares, se reservaban únicamente para las emperatrices que, en tiempos pasados, las lucían para imponer su esplendor en la política de una Europa en transformación. Ahora, la reina Máxima ha vuelto a lucir sobre su hombro una de las alhajas más imponentes que descansan en el joyero real de los Países Bajos. El broche, formado por perlas y diamantes rosados, recibe el nombre de stomacher, encerrando un esplendor de siglos de historia, del que la primera dama de Alemania ha sido testigo en primera persona.
Se trata de una pieza que originalmente perteneció a la zarina María Fiódorovna de Rusia —madre de Ana Pávlovna de Holanda y esposa del zar Alejandro III—. Una joya con la que la actual reina ha reivindicado un legado histórico que, en sus orígenes, se llevaba en el centro del torso, aunque con el paso del tiempo ha evolucionado hasta una delicada posición en el hombro, desde la que la reina luce el brillo de las perlas y el resplandor de los diamantes de este emblemático aderezo que acompañan también a unos pendientes de la misma Corte.
Ana Pávlovna Románov fue una gran duquesa rusa y reina consorte de los Países Bajos, en un matrimonio con el rey Guillermo II que consiguió unir ambas cortes, una imperial y otra real, llevando consigo algunas de las joyas que ahora la reina Máxima luce ante la primera dama de Alemania. La mencionada Ana fue hija del zar Pablo I de Rusia y nieta de Catalina la Grande, por lo que este matrimonio llevó a la corte neerlandesa la sofisticación y elegancia digna del Imperio ruso. Con su presencia trasladó una de las dotes más espectaculares de la historia europea, perfectamente documentada en un inventario de 46 páginas que su madre, la emperatriz María Fiódorovna, se aseguró de elaborar para trasladar algunas de las joyas más importantes y que su hija reflejara ante Europa la grandeza de la dinastía Romanov.
Un juego de diamantes que ahora destacamos y que también, aparte del broche principal, se acompaña de una impresionante tiara con la que la reina Máxima abrió el joyero en Viena, piezas que datan del siglo XVII, luciendo también el mismo broche que hoy día lleva, aunque en aquella ocasión en la forma completa del aderezo, pues en esta ocasión, la madre de la princesa Amalia lo ha llevado en su forma incompleta, ya que casi todas las piezas del joyero de los Orange-Nassue son desmontables para adaptarse a cada una de las situaciones. Un ejemplo de elegancia con el que la Reina vuelve a sorprender de la mano de una joya histórica que representa los lazos históricos compartidos entre dos monarquías, aunque una de ellas, ahora desparecida.








