La maternidad suele ir acompañada de una imagen idealizada. Durante el embarazo, muchas mujeres imaginan una etapa marcada por la felicidad, una conexión inmediata con su bebé y una sensación constante de plenitud. Más adelante, cuando el niño crezca, se visualizan educándolo con calma, equilibrio y paciencia. También es frecuente proyectar determinadas expectativas sobre el hijo o la hija, imaginando cómo será su personalidad, su comportamiento e incluso la relación que se construirá con él.
Sin embargo, la realidad no siempre encaja con el escenario que se había imaginado. Cuando la experiencia de la maternidad resulta más compleja, exigente o diferente de lo esperado, pueden surgir emociones difíciles de reconocer: tristeza, frustración, culpa, rabia o decepción. En ese momento, algunas madres se enfrentan a un proceso tan real como poco visibilizado: el duelo por la maternidad soñada, aquella que habían construido en su mente y que no termina de parecerse a la que están viviendo.
Para profundizar en este tema, hemos hablado con Raquel Huéscar, psicóloga perinatal, divulgadora y autora del libro El viaje de la maternidad (Ed. Sentir). La experta explica que este duelo es mucho más frecuente de lo que suele pensarse y subraya la importancia de reconocerlo sin culpa. Entender que la maternidad puede despertar emociones ambivalentes y permitirse pedir ayuda cuando sea necesario son pasos fundamentales para transitar este proceso de una forma más saludable, compasiva y ajustada a la realidad.
Las madres imaginan sobre sus hijos determinados aspectos que, en algún momento, han de ser contrastados con la realidad.
¿Soñar con ser madre o imaginar cómo será el futuro hijo puede desembocar en una especie de duelo cuando la maternidad o la crianza no son como se esperaban? ¿Por qué?
En el deseo de ser madre se van albergando, en algún lugar de la mente, expectativas e ideas acerca del lugar que se ocupará como madre (y, si hay pareja, también sobre la pareja), así como fantasías acerca de cómo será el hijo o la hija.
En estas ideas influye la propia historia infantil, cómo ha sido la relación con la propia madre, los modelos vividos, la historia de la pareja, la manera en la que se ha llegado a la maternidad… En ocasiones se idealiza el encuentro, al bebé o incluso la manera de criar. Por eso, paulatinamente, los padres tienen que ir haciendo un trabajo de conocer al hijo real, con aquellos aspectos que enamoran y también con aquellos que pueden despertar malestar en ellos.
Esto requiere una cierta despedida de las expectativas que se pusieron sobre ese hijo antes de conocerlo. Si no se produce este movimiento, el niño puede quedar atrapado en un lugar que no le corresponde, en aquello que sus padres imaginaron para él antes de poder conocer quién es realmente.
¿Qué emociones suelen acompañar este proceso de duelo?
El duelo es un acto de amor. La tarea de duelo no aparece únicamente cuando perdemos a una persona querida; también aparece cuando tenemos que renunciar a una idea preconcebida sobre nosotros mismos o sobre los demás.
El proceso de duelo conlleva una pérdida y, por tanto, conlleva tristeza. A veces es difícil encontrar esta emoción. Puede confundirse con otras emociones más tolerables, como el enfado o la rabia, o puede taparse con mucha actividad que no permite parar y sentir. Sin embargo, para poder aceptar la realidad de la pérdida es preciso atravesar esa tristeza. Solo transitando la emoción puede abrirse paso algo nuevo. Al principio será doloroso, pero poco a poco permitirá dejar espacio a una madre posible, que no tiene que ser una madre ideal, y a un hijo con sus propios gustos, su temperamento y su manera de ser.
Esto permite que el hijo pueda ocupar un lugar más libre en la vida de sus padres y no únicamente aquel que habían pensado para él. Por ejemplo, es frecuente que, aunque no seamos conscientes de ello, muchos padres imaginen que sus hijos harán todo aquello que ellos no pudieron hacer, que no cometerán sus mismos errores o que serán el motivo de alegría de una familia después de un duelo. Estas expectativas pueden dejar atrapados a los hijos en un lugar de satisfacción para otros, pero no les dejan la libertad necesaria para ser quienes ellos pueden o quieren ser.
¿Cuáles son las causas más comunes de esa sensación o proceso de duelo?
El duelo puede generarse por características del propio niño, pero también por cómo una mujer ocupa su lugar como madre, cuando aparece cierta decepción respecto a la madre que imaginaba que sería. Otras veces tiene que ver con la pareja y con las expectativas que se tenían sobre ella, o incluso con la familia de origen.
Las madres imaginan sobre sus hijos determinados aspectos que, en algún momento, han de ser contrastados con la realidad. La expectativa sobre un hijo se alberga en algún lugar de la mente y tiene que ver con características ideales, con proyecciones sobre cómo será, a quién se parecerá… Y todo esto empieza a construirse incluso antes del embarazo y continúa a lo largo de él.
Cuando llega el hijo real, se despiertan en la relación aspectos que muchas veces sorprenden. Aparecen la ternura, la ilusión, el enamoramiento, pero también puede ocurrir que una madre se sorprenda porque determinadas cosas de su hijo le irritan mucho, porque se siente agredida por alguna reacción del niño o porque le cuesta conectar con una parte de él. Los hijos piden, pero interpretarlo como agresión normalmente tiene que ver con que se pone en juego algo de la propia historia como hija. En ocasiones ayuda, cuando es una emoción muy intensa, consultar con un profesional.
En la mayor parte de las ocasiones, este es un proceso saludable: ir acercándose al hijo real y alejándose progresivamente del hijo imaginado. Y este proceso no tiene que ver únicamente con el hijo. También tiene que ver con cómo una se había imaginado como madre. Probablemente muchas madres se imaginan más tranquilas, más serenas, más pacientes. Y muchas veces existe un ejercicio consciente de pensar: "Yo no haré lo que hicieron conmigo". Sin embargo, sin quererlo, una puede encontrarse ocupando lugares muy parecidos a aquellos de los que quería alejarse.
¿Hasta qué punto influye la idea de que la maternidad debe ser una experiencia plenamente feliz y gratificante?
Vivimos atravesados por determinados ideales sobre la crianza, sobre la maternidad y sobre las relaciones entre madres e hijos. Por supuesto que influyen. Es muy difícil para nuestra sociedad aceptar e integrar determinadas emociones y, sobre todo, la tristeza. Existe una expectativa de que la maternidad debe ser una experiencia feliz y gratificante, y cuando aparecen emociones que no encajan con ese ideal, pueden vivirse con culpa o como un fracaso.
Necesitamos poder aceptar que en la maternidad caben emociones muy diferentes y que sentir tristeza, rabia, cansancio o ambivalencia no significa querer menos a nuestros hijos.
Para las madres es muy difícil en ocasiones decir la verdad, se sienten muy culpables. De hecho, la depresión posparto es la depresión sonriente, una madre puede ocultar a su entorno su malestar. Pero es importante saber que las madres pierdan el miedo o la vergüenza para consultar con un profesional o para expresar sus dudas. Pequeñas intervenciones hacen grandes cambios.
Necesitamos poder aceptar que en la maternidad caben emociones muy diferentes y que sentir tristeza, rabia, cansancio o ambivalencia no significa querer menos a nuestros hijos.
Esta especie de duelo por la maternidad soñada, ¿es excepcional o bien ocurre mucho más de lo que imaginamos? En caso de respuesta afirmativa, ¿a qué se debe que no se hable de ello?
El duelo por la maternidad soñada, por el hijo ideal o por el lugar que una ocupa como madre es bastante frecuente. De hecho, antes, durante o después de la llegada de los hijos, es un proceso que se atraviesa y que facilita la adaptación a la realidad. Quedarse en el ideal, antes de conocer al hijo, puede producir desajustes porque precisamente quedarse en la añoranza no permite ver la realidad tal y como es.
Desde la psicología perinatal, en las consultas escuchamos cómo las madres van haciendo este duelo. Es un proceso mucho más frecuente de lo que parece, pero del que se habla poco porque todavía existe una dificultad para reconocer determinadas emociones vinculadas a la maternidad.
Estamos hablando de maternidad en general, pero cuando las dificultades vienen por una divergencia o por una enfermedad, ¿cómo es ese duelo y cómo impacta en la vida de la madre?
Cuando hablamos de discapacidad o de alguna dificultad importante en el desarrollo del hijo, es frecuente utilizar una metáfora: las familias que reciben a un hijo con alguna dificultad se encuentran con que se habían preparado para hacer un viaje a una ciudad, habían recopilado toda la información y, de repente, se encuentran en otra ciudad completamente distinta.
No es que esa otra ciudad no tenga cosas que ver con la primera, sino que la preparación que habían hecho era para otro viaje. Por eso, cuando existe una dificultad, el duelo puede ser especialmente complejo: la situación que llega requiere adaptaciones específicas que la familia no había previsto. Muchas veces, además, en ese duelo aparece la decepción con el entorno: con las personas que no apoyan, que no comprenden o que no están a la altura de las necesidades de la familia.






