El reto emocional al que se enfrentan los padres cuando los hijos comienzan a volar lejos del nido, ya sea para arrancar la etapa universitaria o para hacer un curso lectivo en el extranjero, es un proceso tan natural como complejo. Este giro vital lo viven de cerca Nuria Roca y Juan del Val, pues Olivia, su hija pequeña, está estudiando fuera, siguiendo los pasos de sus hermanos mayores. Uffff… ¿y ahora qué hago yo?", decía la presentadora en sus redes sociales cuando la pequeña ponía rumbo a su destino.
Una nueva dinámica que coincide, además, con un mes de octubre repleto de fechas señaladas para la pareja, entre ellas su aniversario de boda, el cumpleaños del escritor y el de la propia Olivia, que cumple 16 años fuera de casa, el 8 de octubre. Un día muy señalado en el que echarán de menos (más aún, si cabe) a la benjamina de la familia. Sin importar los kilómetros ni las primeras horas de la mañana, la presentadora se ha apresurado a felicitarla bien temprano a través de sus redes sociales con una emotiva foto y un cariñoso mensaje: "¡Buenos días mi vida! ¡Felicidades!… qué alegría ver lo feliz que eres, qué felicidad ver tu alegría, ¡¡¡qué persona tan bonita!!!".
Nos hemos planteado, con la ayuda de una experta, cómo se gestiona la paradoja emocional de sentir un enorme orgullo y, al mismo tiempo, un profundo vacío en casa. Ana Galán, psicóloga y divulgadora en salud mental en @anagalanpsicologia, nos ayuda a comprender mejor cómo afrontar esta transición vital y aprender a ejercer la paternidad desde una nueva distancia.
¿Cómo se gestiona la paradoja emocional de sentir orgullo por el nuevo paso de los hijos y, al mismo tiempo, un profundo vacío en casa?
Lo primero es entender que las dos emociones pueden convivir sin contradecirse. Puedes sentir un orgullo enorme porque tu hijo empieza una etapa y está construyendo su independencia, y volver a casa esa misma tarde y sentir un vacío tremendo porque ya no oyes sus llaves, ya no cenáis juntos y su habitación está hecha.
A veces interpretamos que si estamos tristes es que no estábamos preparados para dejarles volar. Y no es así. Se puede celebrar su crecimiento y echar de menos la vida anterior al mismo tiempo. Estar triste porque un hijo se marcha no significa querer que no se marche.
Y quizá esa sea una de las claves de esta etapa: no tener prisa por resolver la emoción. La tristeza tiene todo el sentido cuando algo importante cambia. Durante años, la presencia de ese hijo ha organizado horarios, conversaciones, preocupaciones y pequeñas rutinas que parecían insignificantes hasta que desaparecen.
Porque además no cambia solo dónde vive tu hijo. Cambia tu manera de ejercer de madre o de padre. Sigues siéndolo, pero dejas de participar en el día a día de muchas áreas de su vida. El nido puede quedarse vacío, pero el vínculo no desaparece: solo tiene que aprender una forma nueva de existir.
Llorar o revisar fotos de la infancia es una reacción habitual al ver marchar a un hijo. ¿En qué momento esta nostalgia lógica deja de ser un proceso adaptativo y se convierte en un síntoma de alarma psicológica?
Llorar, echarle de menos, entrar en su habitación o emocionarte viendo fotos no debería preocuparte en sí mismo. Es una transición vital importante y es lógico que aparezca nostalgia. Yo no mediría el problema por cuánto llora alguien las primeras semanas, sino por cómo evoluciona y cuánto interfiere.
Prestaría atención cuando, en lugar de ir adaptándose poco a poco, la persona se queda atrapada. Deja de relacionarse, pierde interés por cosas que antes disfrutaba, aparecen alteraciones persistentes del sueño o del apetito, una desesperanza intensa, o síntomas de ansiedad o depresión que se mantienen o van a peor.
También miraría las conductas dirigidas a recuperar constantemente la sensación anterior: llamar compulsivamente, necesitar saber qué hace a todas horas, vivir cada mensaje sin responder como una señal de que algo va mal. Mantener el contacto es maravilloso. Necesitar ese contacto permanente para calmar tu propia angustia es otra cosa, y conviene distinguirlas.
Y hay algo que no generalizaría nunca, porque la investigación tampoco lo hace: para unas personas esta transición trae malestar y para otras trae más libertad, más tiempo y más bienestar. Las dos cosas son normales.
La nostalgia nos permite mirar con cariño una etapa que terminó. El problema aparece cuando nos impide empezar la siguiente.
Hay que vigilar las conductas dirigidas a recuperar constantemente la sensación anterior: llamar compulsivamente, necesitar saber qué hace a todas horas, vivir cada mensaje sin responder como una señal de que algo va mal.
En el caso concreto de la universidad, se valora como un logro positivo para los hijos, pero cuando se marchan de casa para estudiar, ¿por qué les cuesta tanto a los padres validar el duelo que sienten por la pérdida de la convivencia diaria?
Porque socialmente esto es una buena noticia. Ha entrado en la universidad, empieza su vida, se independiza. Y lo es. Entonces aparece el pensamiento: ¿con qué derecho voy a estar triste si esto es exactamente lo que queríamos?
Pero una pérdida no tiene que ser negativa para producir duelo. Se puede despedir una etapa preciosa precisamente porque ha cumplido su función.
Y lo que se pierde no es el hijo. Es una forma concreta de tenerlo cerca: verle desayunar, preguntarle qué tal el día, oírle llegar, discutir porque no ha recogido algo, cruzártelo en la cocina a deshora. Son experiencias pequeñas, repetidas miles de veces, que eran la vida familiar.
Por eso yo validaría esa tristeza sin convertirla automáticamente en patología. De hecho, cada vez se entiende menos como un síndrome inevitable y más como una transición vital normal, compleja y que puede acabar siendo enriquecedora.
A veces no lloramos porque algo haya salido mal. Lloramos precisamente porque una etapa importantísima ha terminado como tenía que terminar.
Cuando la dinámica del hogar cambia drásticamente, ¿qué papel juegan las rutinas diarias de los padres para mantener la estabilidad emocional y la calma mental?
Un papel muy importante, porque cuando un hijo se marcha no desaparece solo una persona de casa. Desaparecen las señales que estructuraban tus días.
Ya no hay que llevarle a ningún sitio, ni preparar ciertas comidas, ni esperar a que llegue. De repente hay huecos donde antes había tareas automáticas, y ese exceso de tiempo hace la ausencia todavía más visible.
Aquí el cuerpo tiene mucho que decir. El sistema nervioso se regula en buena parte a través de lo previsible: los horarios de sueño, las comidas, el movimiento, el contacto con otros. Cuando se cae de golpe media estructura del día, el cuerpo lo nota antes que la cabeza. Por eso sostener esos anclajes básicos no es un consejo menor: es lo que te da suelo mientras construyes una normalidad nueva.
Eso sí, no usaría las rutinas para llenar cada minuto y no sentir. Puedes apuntarte a pilates, quedar con amigas y organizar veinte planes, y seguir sin haber elaborado nada. Las rutinas deberían funcionar como estructura, no como anestesia.
Y poco a poco se pueden ir metiendo cosas nuevas. No para estar ocupada, sino para recuperar partes de ti que quedaron aparcadas durante la crianza.
El autocuidado suele relegarse a un segundo plano durante la crianza. ¿Cómo se pasa de una mentalidad centrada al 100 % en los hijos a priorizar el cuidado personal sin sentir culpa?
Primero revisaría una idea muy instalada: que si nos necesitan menos, nos quieren menos, o que si dejamos de estar pendientes estamos siendo peores padres. Que un hijo pueda construir una vida en la que no os necesita para todo es, en buena medida, el objetivo de haberle cuidado durante tantos años. Es la señal de que ha salido bien.
El autocuidado tampoco debería aparecer de golpe a los 50 como una reparación de emergencia. En un mundo ideal, la maternidad y la paternidad conviven durante toda la crianza con otras identidades: la pareja, las amistades, el trabajo, los intereses, el descanso. Pero sabemos que en muchísimas familias eso no pasa, y que durante años toda la energía va a los hijos.
Y cuando se marchan, aparece una pregunta que puede dar bastante vértigo: ¿Y ahora qué hago conmigo?
Yo empezaría por algo sencillo, que es recuperar la curiosidad. ¿Qué me gustaba antes? ¿Qué fui dejando? ¿Qué me apetecería probar ahora? ¿Con quién quiero volver a pasar tiempo? No hace falta encontrar un gran propósito nuevo la primera semana.
Sobre la culpa, la trabajaría poco a poco y en pequeño. La culpa no se convence con argumentos, se desactiva con experiencias. Te vas un fin de semana, el mundo no se cae, y el cuerpo aprende algo que la cabeza ya sabía.
Cuidarte no compite con querer a tus hijos. Se puede seguir siendo una madre profundamente presente sin tener toda la vida organizada alrededor de ellos.
En un mundo ideal, la maternidad y la paternidad conviven durante toda la crianza con otras identidades: la pareja, las amistades, el trabajo, los intereses, el descanso. Pero sabemos que en muchísimas familias eso no pasa, y que durante años toda la energía va a los hijos
Muchas personas sufren porque su rol principal durante décadas ha sido el de padre o madre. ¿De qué manera se puede aprovechar este nuevo espacio que surge para reconstruir el proyecto de vida individual o de pareja?
Esta pregunta me parece fundamental, porque solemos hablar del nido vacío desde lo que desaparece y muy poco desde el espacio que aparece.
Si durante veinte años buena parte de tus decisiones han estado condicionadas por horarios escolares, actividades, comidas y cuidados, de pronto recuperas tiempo, espontaneidad y capacidad de elegir.
Pero no siempre sabes qué hacer con eso de inmediato. Y no le exigiría a nadie que convierta la marcha de sus hijos en una reinvención maravillosa desde el primer día. Primero hay que despedir una etapa. Después ya llega la pregunta de qué quieres construir.
En pareja puede haber un reencuentro muy interesante. Durante años muchas conversaciones giran alrededor de los hijos, y cuando se van os volvéis a encontrar frente a frente. Eso puede sacar a la luz problemas que ya estaban, pero también abrir una oportunidad real.
De hecho, hay un estudio que siguió a más de 100 mujeres durante 18 años y encontró que la satisfacción con la pareja aumentaba tras la marcha de los hijos. Y lo más interesante es por qué: no porque pasaran más tiempo juntos, sino porque disfrutaban más del tiempo que compartían. No era cantidad, era calidad. Eso desmonta bastante la idea de que esta etapa tenga que ser forzosamente una crisis.
Y a la vez hay que reconstruir la identidad individual. Ser madre o padre puede ser una parte importantísima de quién eres sin tener que ser todo lo que eres.
Para una persona que se encuentra hoy sola en casa tras la marcha de sus hijos, ¿cuál sería el primer paso práctico para empezar a enfocar esta etapa con ilusión en lugar de resignación?
Yo no le pediría que empiece sintiendo ilusión. Tenemos demasiada prisa por convertir cualquier emoción desagradable en una oportunidad de crecimiento. Si alguien acaba de despedir a su hijo y vuelve a una casa que por primera vez en 20 años está en silencio, lo primero que necesita no es un plan. Es poder decirse: esto me duele porque esto era importante para mí.
Después sí, algo pequeño. Nada de diseñar la nueva vida entera. Solo preguntarse: ahora que se ha abierto este espacio, ¿qué cosa pequeña me gustaría volver a poner dentro? Llamar a una amiga que hace meses que no ves, retomar una clase, salir a caminar, hacer un plan con tu pareja, recuperar algo que abandonaste.
Y aprender también una manera nueva de relacionarse con los hijos. El objetivo no es sustituir la convivencia por 20mensajes diarios para sentirlos cerca. Lo que sabemos de las familias con hijos universitarios apunta justo a lo contrario: funciona mejor una comunicación abierta que apoye su autonomía que un contacto constante que se acabe viviendo como control.
Porque esta etapa no va de dejar de ser padres. Va de descubrir cómo seguir siéndolo cuando tus hijos empiezan a necesitarte de otra manera.
Y quizá habría que cambiar hasta la metáfora: más que preguntarnos cómo llenar un nido que se ha quedado vacío, podríamos empezar a preguntarnos qué queremos hacer con todo el espacio que acaba de abrirse en nuestra propia vida.







