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fernando alberca© Delafuentefoto

Crianza

Fernando Alberca: “Todos los niños son geniales; solo debemos procurar que no dejen de serlo”

En su nuevo libro, Geniales, el autor hace una encendida defensa de la necesidad de salvaguardar la genialidad y la sensibilidad de todos los niños. Los beneficios no solo serán para la etapa de la infancia y la adolescencia, sino que podrían llevar a los adultos a encontrar la verdadera felicidad.


22 de diciembre de 2022 - 14:07 CET

Fernando Alberca es una de los expertos mundiales en educación más reconocidos. Es autor de 20 libros, algunos tan conocidos como Todos los niños pueden ser Einstein, que han sido traducidos a varios idiomas, en los que ofrece una visión muy personal del ámbito educativo, llena de sentido común, conocimiento y valores. Su último libro se llama Geniales (Ed. Toromítico) y con él reivindica que el futuro de las personas está precisamente en su infancia. Basta con conservar la genialidad y la sensibilidad inherente a todo ser humano sano para ser más felices. Hemos hablado con él.

¿Qué entendemos por genialidad?

La genialidad es la chispa que tiene todo ser humano, creado como es, con independencia de lo que haga (no es un resultado ni producto), que le sirve para entender las circunstancias, enfrentarse a ellas y vivir humanamente como merece.

Todos los niños, niñas y adolescentes son geniales, solo hemos de procurar que no dejen de serlo. Todo ser humano es genial, por el mero hecho de ser humano. Es evidente en la infancia y en la primera adolescencia. Solo se oculta cuando avanza la adolescencia acallada por los prejuicios,  miedos a ser criticado y otras costumbres de adultos. No desaparece nunca, pero al crecer vamos apagándola, especialmente a partir de los 11 años, hasta que quede socialmente oculta.

¿Hay distintos tipos de genialidad en el niño?

No. Lo que hay es distintos problemas, obstáculos que requieren una aplicación inédita de la genialidad. El siglo XXI es el siglo de la unidad, es urgente huir de las clasificaciones y tipologías, propias del siglo XX, en todo. La genialidad es lo que es: única en cada persona irrepetida e irrepetible. Se aplica de modos infinitos, dependiendo de la variedad riquísima de cada persona y dentro de ella, de la variedad infinita de cada instante. Es genialidad, sin más: sorprendente siempre, conmovedora, emocionante y suficiente. Al alcance de todos.

El libro precisamente en cada capítulo pone ejemplos de cómo la han aplicado niños, niñas y adolescentes, en diferentes problemas, con los que podríamos encontrarnos todos, resolviéndolos ellos y ellas.

¿Qué características podríamos apreciar en un menor genial?

Todos los menores son geniales,  son filósofos a los cinco años y artistas desde los dos, son profundos, sensatos, ilimitados, sin prejuicios,  con ganas de aprender, de satisfacer, con sentido evidente, son ocurrentes, inteligentes, ingenuos por la inexperiencia, pero agudos, inspirados, perspicaces, observadores, imprevisibles, naturales, valientes, sagaces… Con mucho que aprender y necesidad de ser educados, apoyados y alentados en su personalidad, su sentido en la vida y en su genialidad.

Sostiene que la genialidad está muy relacionada con la sensibilidad, ¿cómo se retroalimentan ambas y cómo se manifiestan en el niño?

Todos los nacidos después de 1995, la generación Z, y las generaciones que le siguen a esta, la de 2010 y 2020, distintas entre sí, todas, en aumento tienen como  una de sus características la mayor sensibilidad,  con respecto a la que tiene sus padres, nacidos desde 1980 (generación Millenials) o mayor aún con respecto a la generación X, la de los nacidos desde 1960.

Así, los hijos e hijas y adolescentes son muy sensibles y esto hace que todo lo vivan “muy”: muy rápido, muy intensamente, y si están tristes, muy tristes; si tienen miedo, mucho miedo; si enfado, mucho enfado; pero también si están alegres, muy alegres. De ahí la importancia de enseñarles a ser felices.

El punto de intercesión, el elemento común que tienen la genialidad y la sensibilidad, es la necesidad de vivir eficazmente la vida real de cada uno, tal y como es, detectar cómo son también los demás, diferentes a cada uno, y sentir la atracción de beneficiarles en sus vidas con la propia aportación vital.

El libro es una llamada a detectar y proteger la genialidad de los niños, ¿por qué resulta tan invisible para los adultos?

Porque el lenguaje habitual de los niños es la genialidad y el de los adultos, la convención social, lo aceptado por los demás, la pertenencia por encima de uno mismo: la vulgaridad, la mediocridad.

A los 11 años, el niño siente una mayor atracción a ser aceptado por los demás, a pertenecer a un grupo, más que ser ellos y ellas mismas. Es cuando necesitan que los adultos les reconozcan más en su singularidad y genialidad. El mundo requiere de la genialidad de los niños, si quiere sobrevivir inteligentemente y feliz.

Comenta en su obra que la genialidad se pierde desde los seis o siete años, por el qué dirán. ¿Qué podemos hacer los padres para proteger ese don en nuestros hijos?

En efecto, a esa edad, a los seis años comienza su cambio de niño a adolescente, una adolescencia que hoy abarca en sus distintas etapas, desde los 9 años a los 40, porque no es ya biológica, sino afectiva y social.  Los padres entonces, a partir de los seis y siete años, hemos de estar atentos a preguntarle su opinión  (aunque sea solo para conocerla y valorarla, no para seguirla), preguntar por qué hace lo que haga, demostrarle admiración por sus reflexiones, ocurrencias, naturalidad, bondad, generosidad, conocimientos, facilitar su descubrimiento, su experimentación, su espíritu crítico, la bondad y personalidad que exige obedecer por cariño, lo mucho que vale ya, con independencia de sus resultados, su constancia, su paciencia, su propuesta de soluciones.

¿Cuáles son los beneficios que la sociedad obtiene de valorar y potenciar esa genialidad genuina en los niños?

La genialidad revitaliza la sociedad: renueva su alimentación, su progreso, limpia las hojas secas, hierbas muertas, riega y añade sustrato a la raíz y renueva la tierra donde crece el ser humano y la sociedad conjunta.

La genialidad ayuda a salir de los momentos de crisis, personales y sociales. El futuro está en la infancia, planteándose los problemas de futuro con el modo de ver del niño o niña que se fue, con la sabiduría adquirida al crecer, más que con la experiencia y modos, que suele estar contaminados por el qué dirán. Se hallarán mejores resultados, más limpios, claros y acertados, eficaces y sensatos. El futuro está en volver a ser como niños y niñas, libres de mentiras. Teniendo en cuenta todo lo que somos en la realidad y a la vez.

“Todos deberíamos aprender a valorar lo imperfecto”, subraya en el libro. Se tiende a identificar la genialidad con la alta capacidad intelectual, pero defiende que no es así. ¿Cómo se relacionan la imperfección y la genialidad?

La vida imperfecta es la perfecta. La felicidad se da junto a la imperfección o no se da en la realidad, porque la realidad siempre es imperfecta: las personas lo somos, las circunstancias también, las cosas: todo. Tenemos que descubrir lo extraordinario que se esconde en lo ordinario.

Los defectos de uno son donde queda en evidencia el amor que los demás nos tienen y cuando queremos a alguien, pese a conocer bien sus defectos, es cuando lo queremos de verdad.  Nada hay que pueda hacer un hijo o hija por lo que le queramos más, ni nada que pueda hacer por lo que quererle menos:  porque le queremos por ser él o ella, sin condiciones. Lo imperfecto no hace más que agrandar el cariño y la sensación de sentirse querido: es decir, la felicidad.

La función, el resultado, lo que hacemos no es lo más importante de las personas. Cómo somos tampoco, porque por encima de ello, lo importante es qué somos: personas. Libres, con capacidad de ser amados y amar, con capacidad de mejorar desde la imperfección, por amor.

La alta capacidad es una condición más de algunas personas, como la baja capacidad lo es de otras, o la capacidad media.  La inteligencia es mucho más que la capacidad de inteligencia.  Que el vaso sea grande no hace que esté lleno. Un vaso menor puede contener más agua (inteligencia) que uno mayor. Personas con alta capacidad pueden ser menos inteligentes que personas con capacidad media. Al cabo, la inteligencia es un medio para ser feliz: y resulta ser más inteligente quien más feliz logre ser.

Pero hay que tratar al de alta capacidad (y a todos y todas) como se merece, como es, no como a los demás. El libro da una pista en el último capítulo: Cómo trabajar a cualquier edad su genialidad y sensibilidad si, además, tiene alta capacidad intelectual. Lo mismo que merece ser tratado en su diversidad quien tiene alta capacidad emocional, alta capacidad deportiva o alta capacidad manual, artística o alta capacidad en humanidad.

Destaca que el bien más preciado es ser feliz, ¿para eso es necesario ser geniales o tener alguna cualidad en concreto?

La felicidad consiste en sentir dos hechos al mismo tiempo: sentirse más querido de lo que uno piensa que merece, al mismo tiempo que estar queriendo más de lo que creía que se podía querer. Si se dan, somos felices. No solo a ratos. A veces sí ocurre así, pero la felicidad puede ser creciente y contagiosa. Nadie es feliz solo.  Solo se puede ser feliz haciendo felices a otros al mismo tiempo, como nadie puede amarse solo a sí mismo, sin amar a otros. 

La genialidad, como las grandes cualidades del ser humano: la inteligencia, la amabilidad, la educación, la generosidad, la eficacia, la formación, el trabajo, la familia, la vida, etc., son solo instrumentos para ser feliz: para amar mucho y ser muy amados, por tanto. Resulta clave, junto a las demás cualidades. Con defectos. No estorban los defectos para ser feliz. La felicidad se puede dar en cualquier circunstancia. En la misma circunstancia hay quienes son felices y quienes infelices, porque no depende ella, sino de lo que se hace en ella.

La mayoría de personas, adultos y adolescentes, de nuestro país y Europa, son infelices, según las encuestas. Por eso es preciso aprender a ser feliz, y se aprende, aprendiendo a descubrir lo extraordinario que tiene lo ordinario, como dijimos, aprendiendo a salvar obstáculos, aprendiendo que todo tiene consecuencias (sobre todo, lo bueno: porque un hecho o pensamiento bueno pesa más que cien malos), aprendiendo a ser uno mismo, libre e inteligente y aprendiendo a querer de verdad, desinteresadamente, en el orden que se desprende de amar más a lo más amable de quien más nos ama. Esas son las claves.