Tendrían que pasar todavía siete años para que pudiesen presumir del título no oficial de 'realeza estadounidense', como se les apodó a raíz de su llegada a la Casa Blanca; pero en 1953 John F. Kennedy y Jacqueline Lee Bouvier ya acaparaban todas las miradas. Él tenía 36 años, acababa de iniciar su etapa como senador en Massachusetts y era considerado uno de los jóvenes políticos con mayor proyección del país. Ella procedía de una familia muy acomodada, tenía 24 años y trabajaba como fotógrafa y reportera. Su boda, celebrada el 12 de septiembre de aquel año, reunió dos mundos de un enorme peso: la dinastía política Kennedy con la alta sociedad de la Costa Este. Conexiones y poder.
El enlace tuvo lugar por la mañana, en la iglesia católica de St. Mary, en Newport, Rhode Island. Un templo de estilo neogótico que en la actualidad se encuentra abierto al público —aquella boda sigue siendo un potente reclamo turístico— y que albergó a 800 invitados, aunque más tarde se sumarían otros 400 para la celebración.
Se trataba de un 'sí, quiero' de una enorme exposición mediática que llegó a ser portada de The New York Times, contó con un importante despliegue fotográfico exclusivo de la revista Time y congregó a miles de curiosos en las inmediaciones de la iglesia. No era para menos, pues aquella boda deliberadamente pública perfectamente podía competir con la de las grandes monarquías: el arzobispo Richard Cushing, amigo de los Kennedy, se encargó de oficiarla; se leyó una bendición papal de Pío XII, asistieron otros cuatro sacerdotes y la novia caminó hacia el altar —del brazo de su padrastro, Hugh D. Auchincloss— mientras sonaba el solemne Ave María, interpretado por el tenor Luigi Vena.
La recepción posterior se celebró en Hammersmith Farm, la propiedad del padrastro de Jackie. Una enorme finca victoriana con impresionantes vistas al mar que haría más tarde de residencia de verano de John F. Kennedy y su esposa, una vez convertidos en presidente y primera dama. 1.200 invitados disfrutraron bajo una enorme carpa de un menú que incluía platos como pollo a la crema con hojaldre, helado de vainilla o la tarta nupcial, una impresionante creación de cinco pisos rellena de mermelada de frambuesa.
El vestido de Jackie Kennedy guardó durante años un secreto
Aunque Europa todavía dejaba atrás las restricciones y la escasez de tejidos impuestas durante la Segunda Guerra Mundial, la moda había comenzado ya a recuperar el gusto por el volumen y la sofisticación. El vestido de Jackie era una perfecta expresión de aquella nueva opulencia, especialmente de la que se esperaba contemplar en una boda de la alta sociedad estadounidense.
Convertido en uno de los diseños nupciales más reconocibles del siglo XX, presentaba una silueta de princesa, un amplio escote y cuerpo drapeado. Había sido confeccionado con tafetán de seda, y solo para la falda, se emplearon más de 50 metros. La novia llevó sobre el cabello un velo de encaje rose point que había pertenecido a su abuela, sujeto con una tiara y flores de azahar, asociadas tradicionalmente a la pureza, la fertilidad y la prosperidad del matrimonio.
Completó el estilismo con una gargantilla de perlas y una pulsera de diamantes que había sido regalo de John F. Kennedy, además de un ramo compuesto por pequeñas orquídeas rosas y blancas y gardenias. Todo parecía perfectamente calculado para aquella boda, aunque detrás del impecable resultado hubo un contratiempo de última hora: semanas antes del enlace, una inundación en el taller destruyó el vestido y varias de las piezas destinadas a las damas de honor, obligando a rehacerlas a contrarreloj.
Lo más sorprendente, sin embargo, es que durante años no se supo quién había creado aquel diseño. La responsable era Ann Lowe, una modista afroamericana que ya vestía a mujeres de la jet set y que había llegado hasta Jackie a través de su madre. En su crónica, The New York Times ni siquiera mencionó su nombre y se limitó a señalar que el vestido había sido realizado por una "modista de color". No sería hasta años después cuando Lowe empezó a recibir el reconocimiento por esta creación que pasó a la historia.










